LA CONCIENCIA NO SE DELEGA

Por : Rodrigo Moraga Guerrero Ex Director Electoral del PDC; ex Director de Asuntos de Gestión Presidencia de la República. Miembro del Directorio del Instituto Transpacífico de Inteligencia Artificial y Deep Tech.iD. – El Mostrador – 24 de septiembre 2026

Una interpelación fraterna a la Democracia Cristiana.

El miércoles 16 de septiembre pasado, en su Audiencia General, el Papa León XIV advirtió que corremos el riesgo de acostumbrarnos a “delegar en los algoritmos decisiones que solo competen a la conciencia humana”. Lo dijo comentando Gaudium et Spes y recordando aquel principio que nos formó a los democratacristianos: la persona humana es principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales. No fue una frase de circunstancia. Es el resumen más breve posible de la encíclica que promulgó el 15 de mayo, Magnifica Humanitas, “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.

Quien la lea completa no encontrará un documento tecnófobo ni nostálgico. Encontrará algo más incómodo: una teología política que nos deja sin excusas y una interpelación urgente como no veíamos desde Rerum Novarum. “La primera elección –escribe el Papa– no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino cómo cada uno de nosotros se para frente a ella: queremos construir Babel o reconstruir Jerusalén”.

Babel es la torre del lenguaje único, la uniformidad que aplana las diferencias, “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles”, la pretensión de traducirlo todo –incluso el misterio de la persona– en data y rendimientos. Jerusalén es Nehemías: convocar a las familias, confiar a cada una un tramo de muralla, escuchar los temores, coordinar los esfuerzos. No imponer soluciones desde lo alto.

Detengámonos ahí, porque eso no es solo una imagen bíblica. Es un método político. Es, palabra por palabra, el comunitarismo que aprendimos de Maritain y que Frei Montalva convirtió en gobierno: promoción popular, cuerpos intermedios, poder repartido. El Papa nos está devolviendo nuestra propia herramienta, afilada para un problema nuevo.

Lo que está realmente en juego

La encíclica no se queda en principios. Nombra el problema con una precisión que sorprende:

Sobre el poder: el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo “no es prerrogativa de los Estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos” con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Y advierte, sin eufemismos, que “más poderoso no significa necesariamente mejor”.

Sobre la dignidad humana: confiar a un algoritmo “el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión” no solo elimina la empatía –esa puede imitarse– sino la responsabilidad política, “porque el descarte de los débiles queda revestido de una neutralidad y una objetividad ante las cuales es imposible protestar”. Y entonces “la injusticia se realiza silenciosamente”. Que cada dirigente de nuestro partido lea esa frase pensando en una lista de espera de hospital, en una evaluación de riesgo crediticio, en una selección de personal, en un algoritmo que prioriza fiscalizaciones o asigna beneficios en el Registro Social de Hogares o en municipios.

Sobre la ética: “No podemos considerar a la IA como moralmente neutra”. Y el golpe más duro para quienes creen que basta con comités de buenas intenciones: “No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos”. Es decir, el código ético de las máquinas es materia política, deliberativa, democrática. No es un asunto de ingenieros ni de directorios.

La Democracia Cristiana ha sido en los últimos 50 años un referente para muchísimos chilenos, militantes o no, a la hora de orientar sus posturas respecto de diversos temas éticos de nuestra sociedad. De nuevo estamos en uno de esos momentos en que es necesario tener posiciones claras.

Sobre el trabajo –el corazón de nuestra doctrina–: la automatización “puede paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas”. El objetivo de mayores beneficios “no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio”. Y una advertencia que debiera ser el eje de nuestro próximo programa: una sociedad con progreso técnico y desempleo masivo sería “una paradoja de progreso material y regresión antropológica”.

Sobre la democracia: “El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo”.

Y sobre la guerra, con una claridad que ningún gobierno del mundo ha querido asumir: “No es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles”. La fuerza letal “no puede delegarse en procesos turbios o automatizados”.

El Papa acuña un verbo para todo esto: desarmar. “Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”. No basta regularla, dice; hay que hacerla discutible, refutable, habitable.

La pregunta que nos corresponde

Entonces, la pregunta es directa y la hago con afecto de compañero, no con ánimo de reproche: ¿dónde está la Democracia Cristiana chilena en este debate?

Nuestras bases doctrinarias declaran expresamente la adhesión a la Doctrina Social de la Iglesia. Es, literalmente, nuestra fuente. El Magisterio acaba de dedicar una encíclica entera –135 años después de Rerum Novarum– a la cuestión social de nuestro siglo. Y nosotros seguimos discutiendo cupos, alianzas y viejas heridas internas.

El espacio está vacante y a la vista. Una derecha que mira la IA principalmente como inversión, productividad, control y eficiencia estatal. Sectores de izquierda que la abordan casi exclusivamente desde la propiedad, la desigualdad y la redistribución.

Ambos enfoques tienen elementos legítimos, pero ninguno llega al fondo. Porque el fondo no es quién se queda con la renta del algoritmo: es qué es la persona humana cuando una máquina imita su lenguaje, su juicio, sus sentimientos y su compañía. Para los democratacristianos esa pregunta es nuestra. Ningún otro sector político la va a hacer.

Ya estuvimos en disyuntivas vitales una vez. Cuando Chile parecía obligado a elegir entre la vía marxista y el capitalismo liberal, no elegimos un punto intermedio ni una moderación tibia: propusimos un camino propio. La Revolución en Libertad no fue el centro entre dos extremos, fue una tercera afirmación –comunitaria, personalista, solidaria– que cambió el país.

Hoy se nos presenta la misma encrucijada, aunque con otro ropaje: ni el tecnoliberalismo rentista que entrega la vida común a plataformas que Chile no controla, ni el estatismo de vigilancia que centraliza el poder algorítmico en la burocracia. Una inteligencia artificial gobernada democráticamente y ordenada al desarrollo humano integral.

El riesgo real

Camaradas: el mayor peligro para nuestro partido no es equivocarse en una norma técnica sobre datos. El mayor peligro es llegar tarde. Llegar cuando el debate ya esté ordenado por otros, cuando las categorías ya estén fijadas, cuando a nosotros solo nos quede adherir a la versión ajena de un problema que nuestra doctrina estaba en condiciones de nombrar primero.

El Papa fue explícito: “No basta invocar genéricamente la ética; se necesitan marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea“. Esa última frase es una interpelación a nosotros. Somos un partido político y nuestra tarea es precisamente esa.

Que ningún chileno sea tratado como un dato, reemplazado sin protección, manipulado por un algoritmo ni excluido del progreso tecnológico. No es un eslogan: es la traducción política de la dignidad humana en el año 2026. Y es, otra vez, nuestra hora.

La conciencia no se delega. Tampoco la responsabilidad histórica.

* En la producción de esta columna de opinión se ha recurrido a documentos como las Encíclicas mencionadas y se han utilizado también herramientas de inteligencia artificial (Claude Sonet 5.0).


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