Por Capitán Cianuro – El Desconcierto - 27 de septiembre de 2026
De Viena a Santiago: cómo una teoría económica necesitó una dictadura para volverse "milagro".
Escribo esto desde Viena, ciudad natal de Milton Friedman, el economista que más marcó el pensamiento neoliberal del siglo pasado. Su obra se forjó lejos de aquí, en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, desde donde sus tesis sobre el libre mercado y el rol mínimo del Estado viajaron hasta un país sudamericano que se convertiría en su experimento más extremo: Chile.
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Hay una contradicción difícil de ignorar. Un proyecto que hablaba de libertad económica solo pudo aplicarse plenamente en ausencia total de libertades. Un grupo de jóvenes chilenos, formados en Chicago bajo la tutela de Friedman y de Arnold Harberger, a quien apodaban "Alito", volvió convertido en discípulo de esa doctrina.
Entre ellos destacó Sergio de Castro, líder indiscutido del grupo junto a Pablo Baraona. Tras el golpe de 1973, ambos ocuparon los ministerios de Economía y Hacienda y condujeron la reestructuración del país, mientras Pinochet suprimía derechos, perseguía disidentes y encarcelaba, torturaba y asesinaba opositores. En 1975, Friedman viajó a Santiago, se reunió con Pinochet y recomendó un ajuste de shock para la inflación, así Chile pasó a ser terreno de prueba.
Sin Congreso ni oposición capaces de frenar nada, avanzaron sin obstáculos las privatizaciones, la apertura de mercados y el achicamiento del Estado social. No hubo debate democrático: hubo una dictadura empujando una agenda económica sin límites.
Con los años se construyó un relato oficial: el famoso "milagro chileno". Vale la pena detenerse ahí, porque tiene mucho de maquillaje. No todos los Chicago Boys se sumaron sin reparos: Ricardo Ffrench-Davis, formado en la misma escuela, se volvió uno de los críticos más agudos del modelo, al que describió como una economía inestable y profundamente desigual.
Hubo, sí, ciclos de expansión y modernización. Negarlo sería deshonesto. Pero la pobreza no bajó durante esos años: subió hasta cifras cercanas al 40% al término del régimen, y solo empezó a descender de forma sostenida ya en democracia. Ese dato, tantas veces invertido en el relato oficial, es clave: crecer no es lo mismo que distribuir.
Mientras un sector reducido acumulaba capital, la mayoría enfrentaba sueldos bajos, inestabilidad y una protección social entregada al mercado. Salud, educación y pensiones empezaron a funcionar bajo una regla simple: quien tenía dinero accedía a más; quien no, se quedaba con lo mínimo.
El experimento no solo dejó una economía de mercado. Dejó una sociedad desigual, presentada luego como efecto natural del progreso. Ahí está una de las trampas centrales del relato neoliberal: hacer pasar la libertad del capital por libertad humana.
Durante años, Chile fue exhibido como el alumno modelo de América Latina. Pero detrás de los indicadores convivía otra realidad: familias endeudadas para pagar servicios básicos convertidos en negocios y una concentración de riqueza vuelta estructural.
El relato aguantó bastante. Hasta que la sociedad chilena empezó a desarmarlo. El estallido de 2019 no surgió de un día para otro: fue la explosión de un malestar acumulado durante décadas.
Hoy se repite una paradoja distinta. Mientras varios países buscan corregir los excesos de aquel modelo, una nueva derecha radicalizada propone lo opuesto: profundizar la misma receta. Menos Estado, más mercado. Como si los daños de un exceso de mercado se curaran con una dosis todavía mayor. Hablan de libertad, pero suelen referirse a la del capital para moverse sin freno. Hablan de mérito, olvidando que no todos arrancan desde el mismo punto.
Desde Viena resulta imposible mirar esta historia con neutralidad. Aquí se gestó parte del andamiaje intelectual que viajó hasta Chicago y de ahí hasta Santiago, donde encontró lo que ninguna teoría debería necesitar para probarse: una dictadura dispuesta a imponerla por la fuerza.
Ahora sus herederos intentan revivir la misma fórmula con otro empaque, como si se pudiera vender un cadáver disfrazado de futuro. El neoliberalismo nunca desapareció del todo: sigue latente bajo capas de deuda, precariedad y desigualdad. Cada intento de repintarlo deja más a la vista sus fisuras.
Porque cuando un modelo necesita una dictadura para instalarse y una campaña de imagen para parecer exitoso, tal vez el error nunca estuvo en quienes lo cuestionaron. Tal vez estuvo en el modelo mismo.
Y si pretenden servirnos el mismo plato otra vez, digámoslo sin rodeos: no buscan salvar el futuro, buscan resucitar el pasado. Solo que ahora intentan convencer a los mismos de siempre de que las cadenas que cargan se llaman libertad.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
