Por: Germán Silva Cuadra. Psicólogo, académico y consultor
El Mostrador. 5 octubre, 2026
Tras el cierre de su candidatura a la ONU, Michelle Bachelet reapareció con fuerza en la escena nacional. Su regreso puede llenar el vacío de liderazgo en la centroizquierda y tensionar a un Gobierno que ya mostró incomodidad frente a su figura.
Ximena Ossandón (RN) dijo una de las frases que mejor refleja el sentir de varios parlamentarios de Chile Vamos: “Era mejor Bachelet en la ONU que en Chile”. Además de expresar un temor evidente, en un sector de la centroderecha existía cierta convicción –partiendo por Evelyn Matthei– de que la exmandataria representaba una figura “de Estado”, de la estatura de Aylwin, Lagos o Piñera. A la antigua: esa era marcada por los primeros 20 años desde el retorno a la democracia, cuando la política de los acuerdos transversales primaba por sobre el ciclo de polarización que vino después y que se prolonga hasta hoy.
Con la dignidad y la estampa que la han caracterizado siempre, Bachelet se encargó de cerrar el capítulo de la ONU utilizando una estrategia político-comunicacional impecable. Desplegó un relato en el que dejó claro que ciertas fuerzas se habían unido para boicotear su carrera y se puso al frente de un progresismo que hoy está abajo en el movimiento del péndulo político.
Fue un acto reivindicativo del multilateralismo, la agenda de género, los temas ambientales y la lucha contra la pobreza, en un ciclo en que predominan gobiernos de extrema derecha, partiendo por el peso evidente de Donald Trump y su influencia sobre figuras como Milei, Fujimori o Kast. El Escudo de las Américas es una de las mejores representaciones de esta tendencia.
Y si alguien tenía alguna duda sobre la brutal campaña desplegada para impedir que Michelle Bachelet llegara a la Secretaría General de la ONU, en los días posteriores a su renuncia se conocieron antecedentes sobre la estrategia de varias organizaciones que invirtieron importantes sumas para atacarla.
Entre ellas, CitizenGO y C-Fam, vinculadas a sectores conservadores, y UN Watch, cuyos representantes reconocieron públicamente que desarrollaron una campaña para bloquear su candidatura y que, para ello, contactaron a miembros del Consejo de Seguridad. Es decir, un lobby internacional de alto vuelo y miles de dólares destinados a ese objetivo.
Elaboraron videos, distribuyeron folletos y enviaron correos en los que calificaban a Bachelet como una “feminista radical”. Incluso aseguran haber reunido 300 mil firmas contra la exmandataria. Pero ¿quién estuvo detrás de esta campaña? ¿Quién la financió? En tiempos de transparencia, tarde o temprano lo sabremos. Aunque, por cierto, existen serias sospechas.
De más está decir que la falta de altura del Gobierno –que no logró dimensionar lo que significa para un país tener a una chilena dirigiendo el organismo internacional más importante del mundo– influyó de manera importante en la posición adoptada por los países alineados con Trump. Como confesó un líder de la centroderecha, “si se apoyaba a Bachelet, se cerraban las puertas de Estados Unidos”, un temor que parece estar capturando cada vez más a La Moneda.
Pero Bachelet, además de cerrar la etapa ONU de manera inteligente, dio de inmediato señales de que podría asumir un rol protagónico en la política nacional. En menos de una semana realizó dos apariciones públicas en las que comprobó el respaldo político transversal que despierta su figura y formuló una declaración crítica frente a la adhesión de Chile al Escudo de las Américas. Con un estilo simple, cercano y firme, la exmandataria aprovechó la oportunidad para notificar al país que volverá a involucrarse en la coyuntura nacional, desde sus convicciones en materia de género, desigualdad y libertades.
Y como si las señales y puestas en escena no bastaran, lanzó una frase que, aunque pareció improvisada, probablemente fue muy bien pensada y puede leerse como un aviso directo tanto para el Gobierno como para las actuales oposiciones: “¿Ustedes pensaban que después de esto me iba a ir a la casa? Les tengo una mala noticia: eso no va a pasar”… “Siempre van a poder contar conmigo”.
El acto en que el espectro completo de las oposiciones le rindió homenaje y le entregó su respaldo contó, además, con la presencia de un Boric que también está de vuelta, y con entusiasmo, en la agenda política nacional. Fue el segundo episodio que unió a los dos exmandatarios –el otro fue el Escudo de las Américas– y que despertó la sobrerreacción del Gobierno.
Nuevamente surge la pregunta: ¿quién define la pauta mediática del Ejecutivo? Pocas estrategias político-comunicacionales parecen más equivocadas que subirse al ring con un rival que te provoca. En términos simbólicos, lo que hace el Gobierno es elevar el perfil de ambos expresidentes y dejar en evidencia algo bastante obvio: que les teme.
Tengo la impresión de que Michelle Bachelet puede llegar a ocupar un espacio hoy vacío por falta de liderazgos claros en la centroizquierda. No necesariamente para conducir la oposición o perfilarse como opción presidencial –algo que probablemente les gustaría a muchos en el PS y el PPD–, sino para alinear posiciones e instalar un relato claro frente a temas clave, como el manejo económico del Gobierno o la nueva agenda de seguridad que tendrá que presentar Arrau.
Y, por supuesto, partiendo por la discusión presupuestaria, donde, entre otras cosas, el ministro Quiroz canceló “Yo elijo mi PC”, un programa lanzado… precisamente por Bachelet.
Para una oposición enredada y confundida, en un momento en que el Gobierno de Kast pierde fuertemente respaldo en las encuestas, carece de una vocería clara y comete errores no forzados de manera casi infantil, el regreso de las figuras de Bachelet y Boric no podría venirle mejor.
Especialmente el de la expresidenta, que representa un estilo de liderazgo acogedor y maternal, frente a la racionalidad y frialdad de un Gobierno –Quiroz especialmente– que se jacta de adoptar medidas duras pensando en un futuro lejano, mientras las personas enfrentan premuras hoy: un 9,6% de desempleo, una cifra cercana a los niveles de la pandemia.
También está demostrado que los liderazgos de tipo maternal, aquellos que acogen cuando se atraviesa un momento difícil, suelen prevalecer sobre la figura del padre estricto que, a la hora de la comida, explica que hay que apartar plata para lo imprescindible, atender primero lo urgente y dejar de gastar más de lo que se tiene, o dejar de ser “vivaracho” para acceder a los beneficios que entrega el Estado.
Ese relato termina leyéndose como un chiste algo cruel para millones de chilenos, considerando que el ingreso laboral promedio de 2025 alcanzó los $962.945 y el salario mínimo llega a $553.553.
Veremos si Bachelet ocupa ese espacio de liderazgo vacante en la oposición, aunque las primeras señales indican que podría ser así. Y, por supuesto, queda una frase que la expresidenta no dijo, pero que probablemente pasó por su cabeza cuando terminaba su discurso en La Pintana: la venganza es un plato que se sirve frío.
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