“FACHOS POBRES”: EL ERROR DE INSULTAR LO QUE NO SE ENTIENDE

Por Antu – Ex dirigente de la UTE -  Para UTE NOTICIAS – 05 de Abril 2026

“Fachos pobres” no es un concepto político. Es, más bien, una confesión de fracaso.

Cada vez que se utiliza, no se está explicando un fenómeno: se está evitando pensarlo. Es más fácil insultar que comprender, más cómodo descalificar que preguntarse por qué una persona que vive con dificultades económicas decide votar por opciones que no mejoran, o incluso empeoran su situación.

En Chile, se ha instalado un término tan extendido como inútil: “fachos pobres”. Se usa para describir a personas de sectores populares que votan por alternativas políticas que, en apariencia, perjudican sus propios intereses económicos. El concepto pretende ser crítico, pero en realidad simplifica un fenómeno complejo hasta volverlo irrelevante.

Porque el problema no es que esas personas sean ignorantes o incapaces de pensar. El problema es mucho más incómodo, es que su conducta tiene lógica, aunque no nos guste.

Llamarlos “fachos pobres” no explica nada. Es una descarga emocional disfrazada de análisis. Y peor aún, es profundamente funcional al mismo sistema que se dice criticar, porque evita hacerse la pregunta clave: ¿por qué ese voto tiene sentido para quienes lo emiten?

Las personas no votan en el vacío. Piensan dentro de un sentido común construido históricamente, que no eligen libremente, sino que heredan y reproducen. Y ese sentido común en Chile no surgió por accidente: fue construido.

Se vota desde la experiencia, desde la frustración, desde la desconfianza y desde el miedo. Se vota desde un país donde muchas veces el Estado llegó tarde, mal o nunca; donde la política prometió más de lo que cumplió; donde la incertidumbre cotidiana pesa más que cualquier teoría.

Se ha instalado la idea de que el esfuerzo individual vale más que lo colectivo, que el Estado es ineficiente, que lo público falla. Cuando esas ideas se convierten en sentido común, dejan de discutirse: se transforman en verdades asumidas. Entonces, el voto que desde fuera parece absurdo, desde dentro puede ser perfectamente coherente.

Las decisiones no se toman en un entorno neutro. Se toman dentro de marcos informativos definidos por otros, donde ciertos temas se amplifican y otros se invisibilizan. No es que las personas “no piensen”: piensan con las herramientas disponibles, dentro de límites estrechos. Y esas herramientas, y esos límites, no son iguales para todos.

Pero hay algo aún más incómodo. El uso del término “fachos pobres” revela una forma de elitismo disfrazado de progresismo. Supone que existe una manera “correcta” de votar y que quien no la sigue lo hace por ignorancia. Esa postura no solo es arrogante, sino también profundamente ineficaz.

Porque nadie cambia de opinión desde el desprecio.

Las personas no buscan solo verdad: buscan certezas, seguridad, sentido. Y si una opción política ofrece eso, tendrá siempre ventaja sobre quien responde con burla o superioridad moral.

El resultado es una paradoja: quienes aspiran a transformar la realidad muchas veces terminan alejando precisamente a quienes necesitan convencer. El insulto reemplaza al análisis, la superioridad moral sustituye a la estrategia y la frustración ocupa el lugar de la política.

Si realmente se quiere disputar ese voto, el camino no pasa por ridiculizarlo, sino por entenderlo. No por repetir consignas, sino por conectar con experiencias reales. No por asumir ignorancia, sino por reconocer que hay razones —equivocadas o no— detrás de cada decisión.

Porque el problema de fondo no es que existan “fachos pobres”. El problema es una sociedad donde amplios sectores han aprendido a desconfiar, a adaptarse y a elegir dentro de márgenes estrechos, mientras otros, desde una supuesta superioridad intelectual, prefieren insultar antes que comprender.

Y en ese cruce, entre desconfianza y desprecio, el cambio se vuelve imposible. Porque el desprecio genera distancia, la distancia genera desconfianza, y la desconfianza refuerza exactamente las decisiones que se dicen criticar.

Hay, además, una incomodidad que muchos prefieren evitar: llamar “facho pobre” a alguien implica asumir que existe una forma correcta de votar. Desde ahí, la crítica deja de ser política y se transforma en moral. Ya no se discuten ideas: se juzga a las personas.

Eso no construye mayorías. No convence. No transforma.

Por eso, cada vez que alguien dice “fachos pobres”, no está señalando un problema: está mostrando su incapacidad para comprenderlo. Y en política, no hay error más costoso que ese.

Porque un país no cambia cuando una parte se siente intelectualmente superior a la otra. Cambia cuando es capaz de entenderla lo suficiente como para disputarla.

ANTU


LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.