By Gonzalo Martner 5 mayo, 2026 – E Clarin Chile
El sociólogo y Premio Nacional de Humanidades Manuel Antonio Garretón (en la foto) se suma al discurso dominante según el cual el progresismo no tendría modelo ni proyecto político de futuro, porque seguiría anclado en una visión de sociedad que ya no existe. En realidad, las estructuras de dominación han cambiado, pero no han dejado de existir, postula el profesor, licenciado y master en economía Gonzalo Martner. Foto: facebook.com/magarretonm
Además de formular, como siempre, interpelaciones estimulantes, el sociólogo y Premio Nacional de Humanidades Manuel Antonio Garretón se suma en una reciente entrevista (La Tercera, domingo 3 de mayo, reproducida en Tiene que haber una transformación muy profunda de la izquierda) al discurso dominante según el cual el progresismo no tendría modelo ni proyecto político de futuro, porque seguiría anclado en una visión de sociedad que ya no existe, y que sin una “refundación” no hay destino para la izquierda.
De más está decir que las “refundaciones” son parte de una vieja tradición mesiánica y no de la práctica política de las izquierdas orientadas a gobernar y transformar las sociedades en el largo plazo. Otra cosa son las renovaciones, claro está, como la renovación socialista de la que Garretón fue un insigne partícipe.
Garretón repite ahora aquello que es frecuente en una parte de los intelectuales chilenos, que postulan que nadie está entendiendo al mundo actual: “estamos en presencia de algo enteramente distinto. Estamos en el comienzo de nuevas formas civilizatorias a las cuales todavía no estamos acostumbrados, porque todavía vivimos con los esquemas de la sociedad anterior que ya no existe como tal”. Se trataría de “una nueva sociedad, con patrones distintos, básicamente sin instituciones, con un componente de horizontalidad enorme, que hace que todo lo que sea principio de autoridad tienda a diluirse”.
¿En qué diagnóstico se apoya una afirmación de esta envergadura? Se puede sostener razonablemente, más bien, la hipótesis según la cuál en la sociedad chilena siguen prevaleciendo en lo principal jerarquías sociales y culturales, tradicionales y nuevas, pero que reproducen una dominación de clase y de género (ver por ejemplo Una aproximación a las brechas entre clases sociales y de género en Chile a partir de la Encuesta Suplementaria de Ingresos y La situación preocupante del empleo.
¿Tiene sentido sostener que “la izquierda todavía no ha asumido el hecho de que no estamos en la sociedad industrial, que estamos en otra sociedad”, o que ya “no es la sociedad capitalista industrial en la cual estaba claro el tema fundamental del trabajo, estaba claro el problema fundamental de las clases sociales, de las desigualdades”? La idea que eso cambia radicalmente la base de la acción política y de los movimientos sociales en Chile no considera que la sociedad y la economía han sido siempre heterogéneas y duales y que esos movimientos no se reducen en la historia al movimiento obrero y sindical articulado a partidos. En Chile nunca hubo una sociedad industrial ―la industrialización fue parcial y precaria y el rol de la minería y la agricultura permaneció siendo decisivo a lo largo del tiempo, en medio de una marginalidad social significativa y desestabilizadora― y, que se sepa, el capitalismo, las clases sociales y el trabajo asalariado siguen existiendo, lo que a lo largo de su entrevista Manuel Antonio Garretón, por lo demás, reconoce.
No podría ser de otra manera: los ingresos del capital superan persistentemente a los del trabajo asalariado (que suman solo un 37% del PIB), mientras por transformado que esté el trabajo asalariado ―en muchos sentidos es hoy más heterogéneo en las posiciones sociales y en sus imaginarios― en Chile representa el 76% de la ocupación, en contraste con el trabajo por cuenta propia que suma solo el 20% y el de los empleadores el 3%. A su vez, la tasa de ocupación ha aumentado: entre 2005 y 2025, la tasa de ocupación en Chile en la franja etaria de 15–64 años pasó de 54% a 64%, cerrando parte de la brecha con el promedio de la OCDE, que pasó de 65% a 70% en el mismo período. La casi totalidad se explica por el cambio en la tasa de ocupación femenina, que pasó de 37% a 57% de las mujeres de 15–64 años, según los datos de FRED-OCDE, lo que va en el sentido de una sociedad crecientemente asalariada.
Ya sabemos desde 1848 que en el capitalismo “todo se desvanece en el aire”. Pero ¿es esta “otra sociedad” distinta de una en la que relación social principal es la del capital y el trabajo asalariado, con una reforzada concentración económica y una aún amplia desigualdad de ingresos y discriminación de género? ¿Por qué razón las izquierdas debieran dejar de batallar primordialmente por los derechos laborales y de género, y también por los equilibrios ecológicos en beneficio del bienestar de las actuales y las nuevas generaciones? ¿Hay ahora un horizonte distinto que el de batallar por un Estado de bienestar que regule los mercados en función del interés general, financiado con impuestos progresivos que cubran pensiones, salud, desempleo e inserción laboral y un mayor rol del Estado en innovación para una economía más dinámica, diversificada y sostenible?
Hay cambios de enorme significación que están a la vista y deben ciertamente ser abordados: los tecnológicos con impacto en el empleo y también con impacto cultural en la comunicación interpersonal y la socialización de las nuevas generaciones; el derrumbe demográfico; el peso de los cuidados; la depredación de los ecosistemas y el desorden climático; el impacto del narcotráfico y de la delincuencia organizada; las violencias juveniles urbanas nihilistas, entre varios otros. Pero no tiene sentido que las izquierdas lo hagan desde un lugar distinto que la representación de los intereses de los que viven de su trabajo, del mundo de la cultura y de la emancipación de las mujeres. Esa sería su muerte política por descentramiento y abandono de su rol histórico, en nombre de la supuesta emergencia de una sociedad completamente distinta. En realidad, sus estructuras de dominación han cambiado, pero no han dejado de existir y determinar el curso de la evolución social y política, así como la lucha por modificarlas.
Tampoco es convincente el diagnóstico según el cual “lo que uno podría llamar el ecosistema cultural es, en el mundo y en Chile, de derecha”. Otra cosa es que las extremas derechas ganen electorado por el descontento socio-económico orientado al rechazo a la globalización y a la inmigración, lo que también ocurrió en etapas del siglo XX. Este diagnóstico perentorio es acompañado de la idea de introducir “valores nuevos en una sociedad que ya no quiere cosas codificadas, normalizadas, sino que prefiere la pasión de la subjetividad, de los intereses personales. Para eso, la izquierda no estaba preparada”.
¿Cuáles valores nuevos? ¿Se debe desechar aquellos que están en disputa secular con los conservadores? Es discutible, además, suponer que los años 1960 y posteriores no dejaron huellas en materia de “pasión por la subjetividad”. Y lo es aquello de que la izquierda no considera “la pasión por los intereses personales”, aunque otra cosa es que desde siempre los ponga en la perspectiva de los deberes sociales de los individuos y promueva los valores solidarios. ¿Debe acaso renunciar a ellos?
Tampoco tiene mucho asidero la afirmación según la cual “estamos en presencia de una derecha claramente distinta”, en circunstancias que más bien prevalece la continuidad de estilos autoritarios y políticas neoliberales en su seno.
No obstante, se puede coincidir ampliamente con Manuel Antonio Garretón en que “la cuestión central para las oposiciones es constituirse en un proyecto que plantee una crítica a las actuales cuestiones que se están haciendo desde la derecha, pero que, sobre todo, se proyecte”. Esa es la tarea (ver Lo que explica la derrota y lo que viene para el progresismo), ojalá sin diagnósticos en exceso subjetivos y siempre con la mayor consistencia y persistencia posibles.
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