Por Apolo Olivares – Para Ute-Noticias – 10 de junio 2026
Las sociedades suelen quedar atrapadas en las urgencias de su tiempo. Discuten presupuestos, reformas, crisis económicas, elecciones y conflictos coyunturales. Sin embargo, los grandes momentos de la historia no son definidos por la forma en que los países administran sus problemas cotidianos, sino por la capacidad que tienen para responder una pregunta mucho más profunda: ¿qué futuro desean construir?
Chile parece haber llegado a uno de esos momentos.
Durante las últimas décadas el país experimentó transformaciones importantes. La pobreza disminuyó, la infraestructura mejoró, el acceso a la educación se expandió y la economía alcanzó niveles de estabilidad desconocidos en gran parte de América Latina. Sin embargo, junto a esos avances emergió una sensación persistente de insuficiencia. El crecimiento económico no logró traducirse plenamente en bienestar compartido, movilidad social ni en una percepción colectiva de progreso.
La paradoja chilena consiste precisamente en eso: un país que avanzó considerablemente, pero que sigue sintiendo que no llega a destino.
La explicación no puede encontrarse únicamente en las cifras económicas. Tampoco en los éxitos o fracasos de un gobierno particular. La raíz del problema parece ser más profunda y tiene relación con la manera en que hemos concebido el desarrollo.
Durante años predominó la idea de que el crecimiento económico era el objetivo principal y que, una vez alcanzado, los demás beneficios llegarían naturalmente. La experiencia internacional demuestra que las cosas rara vez funcionan de esa manera. El crecimiento es una condición necesaria para el desarrollo, pero nunca ha sido suficiente.
Las naciones que lograron transformaciones históricas comprendieron algo fundamental: la riqueza de un país no depende exclusivamente de lo que posee, sino de lo que es capaz de crear.
Corea del Sur comprendió esta lección después de una guerra devastadora. Singapur la entendió cuando descubrió que no tenía recursos naturales significativos. Finlandia la aprendió enfrentando profundas dificultades económicas. Todos estos países llegaron a una conclusión similar: el recurso más valioso de una nación es la inteligencia, creatividad y capacidad de innovación de su gente.
Por esa razón apostaron por la educación, la ciencia y el conocimiento como pilares estratégicos de largo plazo.
No se trató simplemente de construir más escuelas o abrir más universidades. Se trató de construir capacidades nacionales.
La educación dejó de ser vista únicamente como una herramienta de movilidad individual para transformarse en una inversión colectiva. Cada estudiante formado representaba una contribución futura al desarrollo de la sociedad. Cada investigador constituía una posibilidad de generar nuevo conocimiento. Cada avance científico podía transformarse en productividad, innovación y bienestar.
Chile también avanzó en educación, pero muchas veces lo hizo desde una lógica distinta.
La expansión de la educación superior fue presentada como un camino hacia la igualdad de oportunidades. Miles de jóvenes que históricamente habían estado excluidos accedieron por primera vez a universidades e institutos profesionales. Sin embargo, en lugar de integrarse a una estrategia nacional de desarrollo basada en el conocimiento, gran parte de este proceso quedó subordinado a una lógica de mercado.
El Crédito con Aval del Estado simboliza esa contradicción.
Su creación respondió a una necesidad real: ampliar el acceso a la educación superior. Pero su diseño reflejó una determinada concepción de la educación. El estudiante pasó a ser considerado principalmente como un inversionista de sí mismo. El financiamiento de los estudios descansó en el endeudamiento individual bajo la promesa de que el mercado laboral recompensaría posteriormente ese esfuerzo.
Para muchos jóvenes aquello funcionó. Para otros, la promesa resultó incompleta. El acceso a la educación no siempre garantizó empleos de calidad, ingresos suficientes o movilidad social ascendente. La consecuencia fue que una parte importante de la población comenzó a percibir la educación no solo como una oportunidad, sino también como una carga financiera.
El debate sobre el CAE no es, por lo tanto, una simple discusión sobre deudas. Es una discusión sobre el significado mismo de la educación en una sociedad democrática.
¿Es la educación una responsabilidad individual o una inversión estratégica de la comunidad?
La experiencia internacional ofrece respuestas interesantes. Modelos como el australiano han buscado equilibrar responsabilidad individual y compromiso colectivo. El Estado financia los estudios y los egresados contribuyen posteriormente según su capacidad económica efectiva. No se trata de gratuidad absoluta ni de endeudamiento permanente, sino de reconocer que el beneficio de la educación es simultáneamente individual y social.
Sin embargo, incluso esta discusión resulta insuficiente si no se conecta con una pregunta más amplia: ¿para qué estamos educando?
Aquí aparece uno de los mayores desafíos de Chile.
Mientras los países más exitosos del mundo incrementaron sistemáticamente sus inversiones en investigación, desarrollo tecnológico e innovación, Chile continuó dependiendo en gran medida de la exportación de recursos naturales. El cobre, el litio, la celulosa, la pesca y la agricultura han permitido generar riqueza, pero no necesariamente construir una economía basada en el conocimiento.
La diferencia es crucial.
Extraer recursos genera ingresos. Generar conocimiento crea futuro.
Los países que hoy lideran los indicadores de bienestar comprendieron que las universidades, los laboratorios, los centros de investigación y la formación avanzada de inteligencia humana constituyen infraestructuras tan importantes como las carreteras, los puertos o los aeropuertos.
Cada investigador que abandona un país por falta de oportunidades representa una pérdida de capacidades estratégicas. Cada proyecto científico que no se financia implica una oportunidad de innovación que desaparece. Cada reducción en los recursos destinados a ciencia y tecnología envía una señal preocupante sobre las prioridades nacionales.
Resulta difícil imaginar una economía del conocimiento cuando la investigación científica es tratada como un gasto prescindible y no como una inversión de largo plazo.
La paradoja es evidente. Chile posee algunas de las mejores condiciones del mundo para la astronomía, un liderazgo creciente en energías renovables, una posición privilegiada en la minería global y una biodiversidad extraordinaria. Sin embargo, todavía exporta principalmente materias primas mientras importa gran parte de las tecnologías asociadas a ellas.
Esta situación no responde a una falta de talento. Responde a una ausencia de visión estratégica.
Las sociedades desarrolladas no surgieron porque fueran más inteligentes o porque tuvieran más suerte. Surgieron porque fueron capaces de construir acuerdos duraderos respecto de sus prioridades fundamentales.
Ese es quizás el verdadero desafío chileno.
Más allá de las legítimas diferencias ideológicas, el país necesita discutir qué lugar ocuparán la educación, la ciencia, la innovación y el conocimiento en su proyecto de desarrollo. Necesita decidir si continuará entendiendo estos ámbitos como gastos sujetos a las restricciones de cada presupuesto anual o si comenzará a considerarlos inversiones esenciales para las próximas generaciones.
La historia demuestra que ninguna nación alcanza niveles elevados de desarrollo de manera espontánea. Detrás de cada transformación exitosa existe una visión de futuro, una estrategia persistente y una convicción compartida respecto de la importancia de desarrollar las capacidades humanas.
En última instancia, el debate sobre educación, CAE, universidades, investigación científica o innovación tecnológica no trata únicamente sobre políticas públicas. Trata sobre la idea que una sociedad tiene de sí misma.
Porque las naciones que prosperan no son aquellas que simplemente administran mejor sus recursos. Son aquellas que comprenden que su principal riqueza no se encuentra en el cobre, en el petróleo, en los bosques o en los mercados financieros.
Su principal riqueza se encuentra en las personas, en su conocimiento y en su capacidad para imaginar y construir el futuro.
La verdadera pregunta que enfrenta Chile no es cuánto puede crecer durante los próximos años. La verdadera pregunta es si tendrá la visión y la voluntad de transformar ese crecimiento en una sociedad basada en el conocimiento, la innovación y la dignidad de las oportunidades.
De la respuesta a esa pregunta dependerá gran parte de nuestro futuro como nación.
La tesis central es que el problema de Chile no es únicamente económico, sino una insuficiente apuesta histórica por convertir educación, ciencia y conocimiento en el núcleo de un proyecto nacional de desarrollo. Este recorrido intelectual es valioso porque permite construir argumentos más sólidos y menos dependientes de la contingencia política del momento.
Un país se desarrolla cuando deja de depender principalmente de lo que extrae de la naturaleza y comienza a depender cada vez más de lo que es capaz de crear mediante el conocimiento, cómo transformar recursos, crecimiento y estabilidad en conocimiento, innovación y oportunidades para las futuras generaciones. Es un debate que trasciende gobiernos, ciclos electorales e ideologías, porque se relaciona con el tipo de país que queremos construir en las próximas décadas.
Apolo Olivares: ex dirigente de la Universidad Técnica del Estado
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