Por: Gonzalo Andrés Pavez Sepúlveda
El Ciudadano. 16/06/2026
Durante años nos han hablado del valor de Las Salinas. Nos han dicho cuánto podría valer el terreno, cuánto empleo podría generar, cuánto crecería la ciudad y cuánto dinero podría ingresar a las arcas municipales. Pero existe una pregunta mucho más importante que nadie parece querer responder.
Porque antes de convertirse en una oportunidad inmobiliaria, Las Salinas fue durante más de un siglo uno de los principales focos petroquímicos del borde costero chileno.
Más de cien años de almacenamiento, procesamiento y manipulación de combustibles, lubricantes, solventes, pesticidas y sustancias tóxicas dejaron una huella que aún hoy continúa siendo objeto de controversia ambiental, sanitaria y judicial.
Sin embargo, mientras abundan los estudios que intentan proyectar ganancias futuras, prácticamente no existen esfuerzos equivalentes para valorar económicamente las pérdidas acumuladas por la ciudad y sus habitantes.
¿Vale cero la exposición ambiental de generaciones completas?
¿Vale cero la incertidumbre sanitaria que han debido soportar miles de familias?
¿Vale cero la pérdida de calidad de vida?
¿Vale cero el riesgo de cáncer, enfermedades neurológicas, cardiovasculares o trastornos del desarrollo asociados en la literatura científica a muchos de los contaminantes identificados históricamente en el lugar?
Nuestro trabajo durante los últimos años ha intentado abordar precisamente la mitad de la ecuación que nadie quiere calcular: la magnitud del daño ambiental.
En cualquier actividad económica seria, los activos y los pasivos forman parte de una misma contabilidad.
Lo que parece claro hoy es que este pasivo ambiental no pertenece únicamente al pasado. Por el contrario, continúa aumentando en la medida que avanzan las excavaciones, remociones de suelo y demás intervenciones desarrolladas por la inmobiliaria de Copec para materializar un megaproyecto inmobiliario sobre un terreno históricamente contaminado.
Cada nueva exposición ambiental potencial, cada episodio de movilización de material contaminado y cada incertidumbre sanitaria que recae sobre la comunidad forman parte de una deuda ambiental que sigue creciendo y cuya magnitud jamás ha sido cuantificada de manera integral.
Sin embargo, cuando se trata de contaminación, pareciera que sólo se contabilizan las ganancias.
Nuestro trabajo durante los últimos años ha intentado abordar precisamente la mitad de la ecuación que nadie quiere calcular: la magnitud del daño ambiental.
Aplicando metodologías de valoración utilizadas internacionalmente en conflictos ambientales complejos, los escenarios desarrollados para Las Salinas arrojan magnitudes que van desde cientos de millones hasta más de 1.600 millones de dólares, dependiendo de los criterios utilizados para cuantificar daños sanitarios, sociales e intergeneracionales.
Y tarde o temprano Viña del Mar deberá responder una pregunta incómoda: ¿Quién paga la deuda ambiental acumulada durante más de un siglo?
La cifra exacta podrá discutirse. Lo que ya no parece razonable es seguir fingiendo que el daño no existió o que vale cero.
Porque si una ciudad es capaz de calcular con precisión las utilidades futuras de un proyecto inmobiliario, también debería ser capaz de calcular el costo humano, sanitario y ambiental de más de cien años de contaminación petroquímica.
Las grandes preguntas de nuestro tiempo no son cuánto dinero puede generar un proyecto. La verdadera pregunta es cuánto daño estamos dispuestos a olvidar para que ese proyecto exista.
Y tarde o temprano Viña del Mar deberá responder una pregunta incómoda: ¿Quién paga la deuda ambiental acumulada durante más de un siglo?
Porque las utilidades pueden proyectarse hacia el futuro. Pero las consecuencias de la contaminación permanecen en las personas, las futuras generaciones, especialmente en el territorio y en la memoria de una ciudad víctima de una Zona de Sacrificio.
Gonzalo Andrés Pavez Sepúlveda
Movimiento Un Parque para Las Salinas de Viña del Mar Contacto: unparqueparalassalinas@gmail.com
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