LOS COSTOS DEL MEMORÁNDUM DE VERSALLES

Marcelo Mella Polanco – Apuntes Políticos – 18 de Junio 2026

El memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán firmado el 17 de junio en Versalles, que establece un cese de las operaciones militares y reabre el estrecho de Ormuz, difícilmente podrá interpretarse como una victoria estratégica de Estados Unidos. Esta tregua operativa para posibilitar un acuerdo de paz, es una ratificación de que la guerra con Irán estimulada por Benjamín Netanyahu e iniciada por el gobierno de Donald Trump bajo el nombre de “Operación Furia Épica” el pasado 28 de febrero, no produjo el resultado esperado. No quebró al régimen iraní, no desmanteló sus capacidades regionales y terminó obligando a Washington a negociar bajo presión en un punto crítico de la economía mundial.

El estrecho de Ormuz es una arteria energética global por donde transitan cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo, alrededor de un quinto del consumo global, además de una proporción similar del comercio mundial de gas natural licuado. Cuando se cierra o se militariza, no solo sube el precio del petróleo, también se encarece el transporte, aumentan los seguros marítimos, se alteran las cadenas de suministro y se instala una sensación de vulnerabilidad en gobiernos que dependen de energía importada. Por eso, la reapertura del estrecho era indispensable. Pero el costo político del acuerdo es alto para la administración de Donald Trump. Después del memorándum Irán no aparece como un actor derrotado, sino como una potencia regional capaz de convertir su condición geoestratégica en un activo poderoso de negociación.

Para la política doméstica estadounidense la consecuencia más inmediata es la erosión del relato trumpista. Trump construyó parte importante de su identidad política sobre la idea de que sus adversarios cedían ante la presión. En este caso, la secuencia parece inversa, primero hubo escalada, luego desgaste y finalmente concesiones. El memorándum puede estabilizar los mercados, pero no estabilizará el liderazgo presidencial de Trump. Al contrario, refuerza la imagen de una administración que entró en una guerra sin salida clara y terminó administrando los costos de su propio error.

Este deterioro tiene efectos internos profundos y duraderos de cara a las elecciones intermedias de noviembre. La caída de popularidad de Trump debilita su capacidad de disciplinar al Partido Republicano y también clausura, en términos políticos, cualquier fantasía de prolongación personal del poder. El tercer mandato ya era jurídicamente inviable por la Enmienda 22, pero la política requiere algo más que imaginación constitucional, requiere respaldo social, apoyo partidario y legitimidad. Después de Irán, esas condiciones se reducen drásticamente.

Las cifras de opinión pública reflejan esta tendencia a la pérdida de poder de Trump. En la encuesta The Economist/YouGov mostró solo hace unos días que un 62% desaprobaba la conducción de Trump respecto de la situación iraní y un 67% consideraba que había sido ineficaz en la negociación. Más aún, un 68% de los encuestados decía que Estados Unidos debía buscar un acuerdo para terminar la guerra lo antes posible. La sociedad norteamericana no está premiando la dureza en la actualidad, sino está castigando la improvisación en política exterior.

La situación del Vice Presidente J.D. Vance es todavía más compleja. Durante la guerra intentó ubicarse en una zona cómoda: escéptico, pero leal; crítico de los excesos, pero sin romper con Trump. Esa posición buscaba proteger su futuro presidencial. Sin embargo, sus rivales internos parecen haberlo empujado a un lugar mucho más riesgoso convirtiéndolo en el rostro público del acuerdo. Al defender la reapertura de Ormuz, el calendario de negociación y un eventual fondo de reconstrucción iraní, Vance queda asociado al componente del acuerdo más difícil de aceptar para electorado estadounidense que consiste en la percepción de que Estados Unidos pagó para volver al punto de partida. Esto sin ganar nada relevante.

En política exterior, los acuerdos no se juzgan solo por sus cláusulas, sino por la historia que logran contar. Y aquí la historia es adversa para Washington. Irán podrá presentar el memorándum como prueba de resistencia; los aliados regionales de Estados Unidos lo leerán con desconfianza; Israel verá una señal de repliegue; y los halcones republicanos encontrarán una munición perfecta contra Vance. El vicepresidente queda atrapado entre dos acusaciones que constituirán dos flancos muy difíciles de manejar de acá a las próximas presidenciales; haber sido demasiado blando para los duros y demasiado duro para los blandos.

La reapertura de Ormuz, por tanto, puede ser una buena noticia para los mercados, pero sin duda representa una mala noticia para el trumpismo. Reduce el riesgo de una crisis energética global, pero deja al desnudo el fracaso de una guerra sin horizonte estratégico. En vez de producir una nueva arquitectura de seguridad regional, el acuerdo confirma que Trump no tiene diseño en política exterior, sino solamente su habitual comportamiento de “volatilidad calculada”, que en este caso fue contraproducente. El resultado de la “Operación Furia Épica” ha sido que Irán resistió y ganó poder a escala regional y global, mientras Trump retrocedió y de paso, le hereda a Vance el costo de explicar decisiones inexplicables.


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