CUANDO GOBERNAR DURA MENOS QUE LA PACIENCIA DE LOS VOTANTES

Por: Julián Kanarek. Consultor político e investigador sobre tecnología y democracia.

El Mostrador. 27 junio, 2026

La caída de Keir Starmer, la derrota del oficialismo en Colombia y la incertidumbre electoral en Perú reflejan una misma tendencia: la política comienza a someterse a la lógica de la economía de la atención, donde la paciencia ciudadana dura cada vez menos y gobernar exige más tiempo del que estamos

En menos de una semana, el Reino Unido, Colombia y Perú confirmaron lo que empezamos a sospechar hace más de tres años: gobernamos y votamos con la misma ansiedad con la que cambiamos de pantalla.

Hace casi tres años empecé a darle vueltas a una sospecha incómoda, y mi mayor miedo no era equivocarme, sino algo más mundano: que envejeciera antes de que terminara de ordenarla. Que los oficialismos del mundo encontraran el rumbo, aprendieran a retener el poder y la dejaran convertida en una curiosidad.

Pensar la cultura de los tres segundos lleva, paradójicamente, su tiempo: tardé más de tres años. Y para cuando el argumento estuvo redondo, el mundo no solo no me había desmentido. Se había acelerado.

Esta semana lo dejó por escrito en tres idiomas distintos.

El lunes, Keir Starmer anunció su renuncia. Hace apenas dos años había ganado las elecciones con la mayoría laborista más holgada en décadas, un resultado que la prensa británica describió como histórico. Veinticuatro meses después se va: tras perder más de mil concejales en una sola elección local, tras la renuncia de ministros, tras una carta de sus propios diputados que ya consideraban su posición “insostenible”.

El Reino Unido habrá cambiado de primer ministro media docena de veces en una década, casi al ritmo en que las plataformas renuevan la temporada de una serie. Y no es que Starmer no haya intentado contentar a su gente. Dio marcha atrás con el recorte del subsidio de calefacción a los jubilados, una de las medidas más impopulares de su gestión; reculó con los recortes a las pensiones por discapacidad cuando sus propios diputados se rebelaron. Concesión tras concesión, giro tras giro. No alcanzó. Las disculpas y las correcciones son, en la economía de la atención, contenido que ya scrolleamos.

Mientras tanto, en Colombia, el domingo ganó la oposición. Según el preconteo —que el escrutinio oficial de los jueces todavía está verificando, con la declaratoria final del Consejo Nacional Electoral prevista para esta misma semana—, Abelardo de la Espriella se impuso por menos de un punto a Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico, es decir, la continuidad de Gustavo Petro.

Que demos por electo a un presidente cuyos votos todavía se están contando dice bastante sobre la época. Pero lo interesante no es solo quién ganó, sino contra qué perdió el oficialismo.

Según las cifras oficiales, el gobierno saliente redujo la pobreza monetaria al 28%, el nivel más bajo desde que existen registros comparables; la pobreza extrema cayó al 9,6%, la menor del siglo; el salario mínimo subió casi un 38% en tres años, y más de un millón y medio de personas dejaron atrás la pobreza en un solo año. Y aun así, la continuidad perdió.

Si los resultados bastaran, esto no habría ocurrido. Pero hace rato que la política no se juzga por lo que se hizo, sino por las ganas de cambiar de canal, contenido, o reel.

Y está Perú, el más ansioso de la clase. El país que en la última década tuvo más presidentes que mandatos completos, votó su balotaje el 7 de junio. Tres semanas después, nadie sabe oficialmente quién ganó: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez están separados por unos cuarenta mil votos y la proclamación sigue en suspenso. Un país que cambiaba de presidente con la velocidad de un swipe ahora tarda más en contar los votos que lo que tardaba en arrepentirse de ellos.

Tres países, tres sistemas distintos, una misma semana. En 2017, después de estudiar a millones de usuarios que adelantaban el video para saltarse la presentación de sus series, Netflix lanzó el botón “Omitir intro”. Hoy se aprieta más de 136 millones de veces por día y es uno de los más usados de toda la interfaz.

Lo que venimos sospechando es incómodo y sigue siéndolo: esa misma pulsión —la de saltarse lo que aburre, la de cambiar de contenido antes de que termine— se filtró en la manera en que elegimos y descartamos gobiernos. No es que la gente se haya vuelto más volátil porque sí. Es que aprendimos a consumir el mundo en clave de tres segundos, y la política es parte de ese mundo.

Sé lo que se me puede objetar, porque me lo objeté yo mismo más de una vez. Que Perú se explica por sus pugnas eternas entre el Ejecutivo y el Congreso; que el laborismo se hundió por errores propios y por una economía que no terminó de crecer; que Colombia votó por miedo, por seguridad, por mil razones locales que nada tienen que ver con TikTok.

Todo eso es cierto, y conviene decirlo: la velocidad de internet no explica cada elección, y pretenderlo sería tan ingenuo como peligroso. Pero el patrón —la dirección— se mantiene tozudo: a mayor aceleración digital, más difícil resulta retener el poder.

Hasta hace poco más de un año, en quince de las últimas veintiuna elecciones presidenciales latinoamericanas habían ganado las oposiciones. Desde entonces, la lista no hizo más que engrosarse: de las cinco presidenciales que la región resolvió después, la oposición ganó cuatro. En Bolivia cayó el MAS tras veinte años en el poder; en Honduras el oficialismo terminó tercero; en Chile la continuidad de Gabriel Boric perdió por casi veinte puntos frente a José Antonio Kast; en Colombia acaba de pasar lo mismo. La única excepción fue Costa Rica, donde ganó la continuidad del presidente Rodrigo Chaves.

La regla dejó de ser la alternancia. La rareza, hoy, es terminar un mandato con la gente conforme. O directamente terminarlo.

Hace tres años, ese diagnóstico parecía urgente. Hoy parece, sobre todo, lento. El mundo es más acelerado que el mundo ya acelerado que creía estar describiendo. Starmer renunció el mismo día en que escribo esto. Colombia votó hace cuarenta y ocho horas. Perú lleva tres semanas sin desempatar. Cualquier diagnóstico envejece mientras se escribe.

Al mismo tiempo la inteligencia artificial se le suma a las redes como dispositivo de aceleración de expectativas y abre nuevas interrogantes sobre las capacidades institucionales de la democracia para contener esta nueva forma de socialización así como su velocidad.

Quizá el verdadero problema no sea que cambiemos de gobierno, sino que ya no toleramos las introducciones: ese tramo aburrido y necesario en el que un gobierno explica, construye, se equivoca y corrige antes de mostrar resultados.

Gobernar, como casi todo lo que vale la pena, exige un rato de tedio. Y nosotros, con el dedo apoyado en la pantalla, hace rato que aprendimos a saltárnoslo. La pregunta que queda no es cuántos gobiernos más vamos a omitir. Es si todavía sabemos quedarnos a ver una historia hasta el final.

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