By Marcos Roitman Rosenmann – El Clarin Chile - 9 julio, 2026
FOTO: Abelardo de la Espriella, presidente electo en Colombia.
Tras los resultados electorales en Perú, Colombia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Honduras y Bolivia, podemos afirmar que las burguesías nacionales son una quimera. Si agregamos Argentina, Paraguay, El Salvador y Panamá, el panorama es desolador. Los países citados tienen en común gobiernos reaccionarios producto de la unión de las derechas mundiales bajo el paraguas de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), donde sobresale la Red Atlas, think tank que unifica la producción ideológica en su guerra cultural contra la democracia y las alternativas populares.
Entre elefantes, leones y tigres anda el juego. Los burros parecen seguir la estela. Los nuevos gobiernos cohesionan a los diferentes sectores de las clases dominantes en un solo objetivo, recuperar el poder formal y convertirse en neocolonias de Estados Unidos. Sus triunfos no serían posibles sin su intervencionismo explícito, además de contar con la administración Trump.
Allá por los años 60, las ciencias sociales del continente solían diferenciar entre las plutocracias ligadas al imperialismo y una burguesía nacional partícipe del desarrollo interno, promotora de la industrialización y, por si fuera poco, con tintes antiimperialistas. Economías de enclave o con control nacional de la producción. Así clasificaron Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, en Dependencia y desarrollo en América Latina, la distancia que separaban las oligarquías de las burguesías nacionalistas. Hoy, sin distinción, todos a una, piden la intervención extranjera para mantener sus privilegios de clase.
Tras la Segunda Guerra Mundial, junto a los proyectos modernizadores de las burguesías urbanas latinoamericanas, dio comienzo una nueva etapa de nacionalizaciones. Financiar la industrialización requería fondos. Juan Domingo Perón en Argentina, Víctor Paz Estenssoro en Bolivia, José María Velazco Ibarra en Ecuador, Carlos Ándres Pérez en Venezuela o Eduardo Frei en Chile con su “chilenización del cobre”, encontraron en la renegociación de la dependencia los dólares para sus proyectos. Su ideario refería una propuesta de integración regional. El Mercado Común Centroamericano, firmado en 1960, fue una primera tentativa, le seguirá en 1969, el Pacto Andino. Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Bolivia fueron sus promotores.
El ideario de las burguesías nacionalistas se resume en integración, democracia representativa y desarrollo. Para mostrar su compromiso, aún desde la oposición, en 1971, la derecha chilena votó favorablemente a la propuesta de nacionalización de la gran minería del cobre, defendida por Salvador Allende. Se aprobó por unanimidad. Un caso extraordinario y un arma de doble filo.
Las burguesías desarrollistas, así definidas, buscaron el apoyo de los sectores medios urbanos. Mejorar sus condiciones de vida y garantizar el ascenso social por la vía de la educación y la meritocracia. Promover la vivienda social, aumentar la cobertura sanitaria y un aumento salarial para las clases trabajadoras, figuraban en sus ofertas electorales. Pensaban en un Estado interventor, keynesiano, que pactara una alianza con las clases populares.
En resumen, anticomunistas, pero modernizadores. Antiimperialistas, pero aliados de Estados Unidos. Demócratas, pero no tanto. En algunos casos incorporaron una tímida reforma agraria en sus discursos. Buscaban contrarrestar la influencia de la revolución cubana y liderar el proceso de cambio socio-político.
Estados Unidos no discutió la vehemencia antiimperialista de sus socios. Era consciente de las reformas y apoyó a sus dirigentes, la mayoría democristianos. La Alianza para el Progreso y una “revolución en libertad” marcaron la coyuntura. John Kennedy lanzó una frase que sintetizó el periodo: “Aquellos que hacen imposible la revolución pacífica, harán inevitable la revolución violenta”.
Hoy, nada ha sobrevivido. Los partidos de la derecha latinoamericana, en sus versiones extrema, neoconservadora, democristiana, liberal, han renunciado a cualquier propuesta nacional. Han convertido el territorio, su población y sus riquezas en mercancías baratas para las trasnacionales. Sus dirigentes abrazan el trumpismo. Saludan la invasión a Venezuela, el secuestro de su presidente y compañera, solicitan el intervencionismo en México y se congratulan del bloqueo a Cuba. Ofrecen su territorio para el establecimiento de bases militares. Subordinan las políticas de lucha contra los cárteles de la droga a la DEA.
Asimismo, facilitan la entrada de los servicios de espionaje, contrainteligencia e información de Estados Unidos so pretexto de apoyar la lucha contra el tráfico ilegal de personas y la producción de fentanilo. Venden el país a las trasnacionales. Renuncian a cobrar impuestos a las grandes fortunas. Facilitan una sobrexplotación de sus clases populares promoviendo el despido libre, y garantizando sueldos de miseria para hacer rentables las empresas de maquila o las filiales de trasnacionales estadunidenses.
Se muestran condescendientes con el sionismo, permitiendo que sus capitales se apoderen, como sucede en Argentina y Chile, de vastos territorios en la Patagonia. Ahora podemos preguntarnos: ¿Dónde están las burguesías nacionalistas? No busque, hace décadas que han desaparecido, si alguna vez existieron.
Marcos Roitman Rosenmann
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