SI SUEÑAS CON ASUNCIÓN Y BUDAPEST

Por Daniel Matamala – La Tercera – 11 de julio 2026

En Chile siempre hemos soñado, como ironiza la canción, “con Nueva York y con Europa”. Con buscar modelos, ejemplos e ideas en lugares que parecen ir más adelante que nosotros.

Entrar a la OCDE y sus rankings puede ser un ejercicio de masoquismo; estamos condenados a aparecer entre los peores. Pero también es un desafío de optimismo; la única manera de mejorar es medirnos con los mejores, tal como un atleta sabe que estar en el sprint más rápido lo ayuda a bajar sus tiempos, aunque salga último en la carrera.

Por décadas, nos entusiasmamos con el modelo laboral de Dinamarca; miramos a Finlandia con interés en su educación y sofisticación económica; a Corea del Sur, por la complejidad de sus exportaciones; a Portugal, por engancharse al carro de las economías desarrolladas; a Nueva Zelanda, como un país con similitudes con el nuestro que ha logrado desarrollarse…

Pero en el último año la tendencia se invirtió; comenzamos a tomar como modelos, ya no a la OCDE y a las economías más avanzadas del planeta, sino a países que van más rezagados.

En reforma del Estado, la élite política y económica se enamoró de la fórmula de Argentina. Apenas fue electo, el presidente Kast viajó a Buenos Aires y se fotografió con la motosierra de Milei. En los foros empresariales se habla con admiración de sus recetas radicales, y el actual gobierno ha prometido un gigantesco machetazo de 6 mil millones de dólares al gasto público.

Toda la evidencia muestra que Chile no tiene nada que aprender de Argentina en ese ámbito. Su Estado, gigantesco y devorado por el clientelismo, no tiene nada que ver con el nuestro. Chile no necesita una motosierra que destruya al Estado, sino un bisturí que separe el músculo de la grasa. Pero la élite está encandilada con un ejemplo absurdo.

Lo mismo pasó con El Salvador. Los políticos chilenos peregrinan para sacarse la foto con la escenografía humana de pandilleros rapados con que Bukele agasaja a sus invitados. Es un país cuyos problemas de seguridad no tienen nada que ver con los nuestros: ellos combaten pandillas barriales; nosotros enfrentamos criminalidad transnacional. Ecuador ya proclamó copiar la receta de El Salvador, con resultados desastrosos, que lo han convertido en el país más violento de la zona.

Cuando mira a Europa, el Presidente Kast admira a Hungría, que, bajo el régimen de su mentor Orban, destacó por su corrupción y estancamiento económico, pese a aplicar la fórmula de bajar fuertemente el impuesto a las empresas.

Y ahora Paraguay. En campaña, Kast alabó el ejemplo paraguayo una y otra vez, y ahora lo presentó como el modelo a seguir en Asunción. Frente a sus colegas del Mercosur, habló mal de Chile (“tenemos una enfermedad económica”) y con admiración de Paraguay (“es un ejemplo para toda la región”), al que consideró “un modelo a evaluar y a analizar porque bajando impuestos han crecido”. Ante el Congreso paraguayo, Kast repitió el elogio: “han demostrado al mundo que bajando impuestos han logrado crecer”.

Paula Estévez, subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, repitió la verdad oficial: “Paraguay bajó los impuestos y crece al 6%. Ese es el desafío de Chile para ser competitivos”.

La relación causa-efecto es falsa. Paraguay tiene una tasa del 10% en IVA, impuesto a la renta y a las empresas desde 2004. El único cambio reciente fue la reforma de 2019, que no bajó las tasas, sino que aumentó la base imponible y combatió la evasión con “novedades” como la factura electrónica. Según el economista experto en impuestos Claudio Agostini, esta reforma aumentó la recaudación tributaria en unos dos puntos del PIB.

¿Entonces, si Paraguay creció 6,6% el año pasado, es por una reforma tributaria de hace 22 años? Además, Paraguay tiene impuestos bajos, pero no “bajó” sus impuestos. Hasta 2004, no tenía impuesto a la renta (el dictador Stroessner consideraba que eso era “comunismo”), había numerosas exenciones de IVA, y el tributo a las empresas, si bien en teoría era de 30%, en la práctica apenas se pagaba debido a la extendida informalidad.

La reforma de 2004 ordenó el sistema y aumentó la recaudación. Este es el dato clave: en 2002, antes de la reforma, Paraguay recaudaba en impuestos el 9,5% del PIB; en 2023, había subido al 14,5%.

La reforma de 2004 no bajó los impuestos; al revés, subió la recaudación tributaria, que había sido ínfima por décadas.

El modelo no cierra por ningún lado. Si los bajos impuestos garantizaran crecimiento, Paraguay, que por más de medio siglo ha tenido las recaudaciones más bajas, debería ser el jaguar de América Latina. Como sabemos, es todo lo contrario. En Índice de Desarrollo Humano está 13° en la región, bajo Cuba y apenas sobre Bolivia (Chile es primero). Es una economía corrupta, desigual y con una producción básica, cuyo crecimiento oscila dependiendo de las alzas y bajas de los precios de los productos agrícolas y la energía hidroeléctrica.

¿Por qué, entonces, levantarlo como ejemplo para nosotros? Una primera razón es el ideologismo exacerbado. Una mirada que no analiza al mundo con curiosidad para descubrir la realidad, sino solo busca confirmar prejuicios.

Así, un eslogan prediseñado sirve para todo. Y si la evidencia contradice el prejuicio, ¡ay por la evidencia! La verdad ya está revelada por las sagradas escrituras de Friedman y Guzmán: menos Estado, menos impuestos.

La mayoría de los países que miramos como ejemplo no son así. No tienen estados mínimos, ni cobran bajos impuestos.

El prejuicio ideológico es que los bajos impuestos son la receta para el desarrollo. ¿Lo desmiente la OCDE? Entonces busquemos un caso, limemos sus aspectos incómodos, y resumamos todo en una fórmula machacona y simple de vender.

Paraguay crece porque bajó impuestos. Fin de la historia.

Es una mirada ideológica y además catastrofista sobre nuestro país. Llevamos tiempo escuchándolo: Chile se cae a pedazos, está quebrado, vive una crisis espantosa en todos los ámbitos que obliga a un gobierno de emergencia.

De tanto repetirlo, se lo terminaron creyendo. Y entonces, lejos de poder soñar con acercarnos a Dinamarca, Finlandia, Corea, Portugal o Nueva Zelanda, terminamos resignados a mirar con admiración las motosierras de Argentina, las cárceles de El Salvador, el autoritarismo de Hungría y el desarrollo de Paraguay.

Es un enorme retroceso mental. Una mirada tuerta sobre el mundo que nos invita a resignarnos con una economía mediocre y una sociedad injusta.


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