PERIODISTAS EN LA LÍNEA DE FUEGO: LA FALSA TREGUA DE 2026 Y LA GEOPOLÍTICA DE LA IMPUNIDAD

Por: Elena Rusca. Periodista, corresponsal en Ginebra

El Clarín Chile. 21 julio, 2026

La estadística parece, por fin, ofrecer un respiro: durante los primeros seis meses de 2026, 39 periodistas fueron asesinados, frente a los 85 registrados en el mismo periodo de 2025. Una caída del 54%, celebrada por la Press Emblem Campaign (PEC) como un signo de mejora tras tres años consecutivos de cifras récord. Pero en el mundo del periodismo en zonas de conflicto, las cifras rara vez cuentan toda la historia. Y esta aparente disminución no es necesariamente una señal de seguridad, sino un síntoma de un ecosistema global donde la violencia contra la prensa se redistribuye, se transforma y se normaliza.

La PEC, con sede en Ginebra, subraya que el Medio Oriente sigue siendo la región más mortífera, seguida por América Latina. La geografía de la violencia no cambia: solo fluctúa. Y detrás de cada número hay una estructura de poder, una lógica militar, una economía criminal o una estrategia estatal que convierte a los periodistas en objetivos.

El Medio Oriente: la guerra como rutina y la prensa como daño colateral — o blanco directo

En los primeros seis meses de 2026, 19 periodistas murieron en el Medio Oriente. Nueve de ellos en el Líbano, durante operaciones militares israelíes; siete en Gaza; uno en Siria; uno en Irán; uno en Yemen. La región sigue siendo el epicentro de la violencia contra la prensa, no por azar, sino por la naturaleza de los conflictos que la atraviesan: guerras prolongadas, actores armados múltiples, operaciones transfronterizas y una lógica militar donde la distinción entre combatiente y civil se diluye.

Desde el 7 de octubre de 2023, la PEC ha contabilizado 228 periodistas palestinos asesinados en Gaza. La cifra es brutal y revela una tendencia inquietante: la muerte de periodistas se ha convertido en un indicador de la intensidad del conflicto. La PEC insiste en que la afiliación de algunos periodistas a Hamas no justifica su eliminación, salvo que participaran directamente en combates. Es una afirmación que apunta al corazón del debate sobre el derecho internacional humanitario: incluso en guerra, la prensa debe ser protegida.

La violencia contra periodistas en el Líbano durante operaciones israelíes muestra otra dimensión: la expansión del conflicto más allá de Gaza y la creciente vulnerabilidad de quienes cubren zonas donde la línea del frente se mueve con rapidez y sin previsibilidad.

América Latina: la violencia estructural que no necesita guerra

La segunda región más mortífera es América Latina, con 12 periodistas asesinados. México encabeza la lista, con cinco víctimas, seguido por Colombia, Haití y Venezuela (dos cada uno), y Guatemala (una). A diferencia del Medio Oriente, aquí la violencia no proviene de ejércitos regulares ni de bombardeos: es una violencia criminal, política y territorial, donde los periodistas se convierten en objetivos por investigar redes de narcotráfico, corrupción, economías ilícitas o alianzas entre actores estatales y grupos armados.

La PEC señala que en México la impunidad es casi total, debido a las relaciones ambiguas entre redes criminales y autoridades locales. En otras palabras: los periodistas mueren porque el sistema permite que mueran. Y porque quienes los asesinan saben que no serán perseguidos.

La violencia en América Latina no es episódica: es estructural. Y la disminución global de asesinatos no altera esta realidad.

Asia y África: violencia dispersa, riesgos constantes

En Asia, seis periodistas fueron asesinados: tres en Filipinas, uno en Bangladesh, uno en India y uno en Pakistán. En África, dos: uno en Somalia y uno en Uganda. Son cifras menores en comparación con otras regiones, pero revelan un patrón: los periodistas siguen siendo vulnerables en contextos donde la violencia política, la inseguridad y la debilidad institucional son constantes.

En Filipinas, la violencia contra la prensa es un fenómeno histórico, vinculado tanto a actores criminales como a estructuras políticas locales. En Somalia, los periodistas enfrentan amenazas de grupos armados y riesgos derivados de la fragilidad estatal. En Uganda, la violencia política y la represión contra la prensa independiente siguen siendo factores determinantes.

Europa: la excepción que confirma la regla

La PEC destaca un hecho notable: ningún periodista fue asesinado en Europa durante los primeros seis meses de 2026, a pesar de la guerra entre Rusia y Ucrania. La organización interpreta este dato como prueba de que es posible tomar medidas de protección eficaces para evitar muertes en zonas de conflicto.

Pero esta lectura tiene matices: Europa cuenta con recursos, estructuras militares más profesionalizadas, mecanismos de protección y redes de apoyo que no existen en otras regiones. La ausencia de muertes no significa ausencia de riesgos: significa que los riesgos se gestionan de manera distinta.

La impunidad: el verdadero enemigo

La PEC es clara: no hay avances en la lucha contra la impunidad. En el Medio Oriente, la impunidad de militares israelíes responsables de asesinatos deliberados es casi total. En México, las investigaciones se bloquean por la connivencia entre actores criminales y autoridades. En otros países, la falta de independencia judicial, la corrupción o la debilidad institucional impiden cualquier forma de justicia.

La impunidad no es solo un problema jurídico: es un mensaje político. Dice a los periodistas que su vida vale menos. Dice a los perpetradores que pueden seguir actuando. Dice a las sociedades que la verdad es un riesgo.

Una disminución que no es victoria

La caída del 54% en asesinatos de periodistas durante la primera mitad de 2026 es una cifra que puede generar alivio. Pero no es una victoria. Es una fluctuación en un sistema global donde la violencia contra la prensa es estructural, persistente y, en muchos casos, deliberada.

La PEC insiste en que los mecanismos internacionales deben intervenir cuando los sistemas nacionales fallan. Pero la realidad es que estos mecanismos —comisiones de investigación, relatorías, tribunales internacionales— tienen límites políticos y operativos.

La pregunta que atraviesa el comunicado es simple: ¿cuánto vale la vida de un periodista en un mundo donde la verdad es cada vez más peligrosa?

La respuesta, por ahora, sigue siendo inquietante

Elena Rusca.

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