DIANA PEY: LA PIANISTA DEL WINNIPEG QUE CHILE OLVIDÓ

Por: El Clarín de Chile.  22 julio, 2026

Por décadas, las partituras, cartas, fotografías y programas de concierto de Diana Pey Casado permanecieron cuidadosamente guardados por la familia. Eran mucho más que documentos familiares: constituían el rastro de una vida atravesada por dos guerras, dos exilios y dos dictaduras. En marzo de este año, ese archivo emprendió un último viaje. Cruzó nuevamente el Atlántico para quedar bajo custodia de la Biblioteca Nacional de España, donde será preservado como parte del patrimonio del exilio republicano. Paradójicamente, fue España —el país del que Diana huyó para salvar su vida— el que terminó rescatando su memoria. Chile, donde desarrolló la mayor parte de su carrera artística y académica, nunca realizó un reconocimiento semejante.

«No nos pareció apropiado pensar en Chile», dice su hija Mara Colli Pey al recordar la decisión de donar el archivo a la Biblioteca Nacional de España. «Nunca hubo ningún signo de interés al respecto». En esa frase, pronunciada con serenidad, se condensa una historia que trasciende la trayectoria de una destacada pianista y pedagoga musical. Es también la historia de una generación de artistas cuya vida quedó marcada por la violencia política del siglo XX.

Una infancia atravesada por la guerra

Para Mara, antes que la concertista y la profesora universitaria, Diana Pey fue una madre cuya presencia estaba marcada por una extraordinaria vitalidad.

«Su calidez era la sensación más dominante», recuerda. «Emprendía todas las tareas, domésticas, familiares o profesionales, con entusiasmo y energía. No recuerdo haberla visto aburrida o desganada».

Pero bajo esa energía persistía una herida que nunca terminó de cerrarse.

La Guerra Civil Española permaneció presente durante toda su vida. Al principio, sus recuerdos aparecían con frecuencia. Con los años fueron haciéndose más escasos, aunque nunca desaparecieron. La guerra había moldeado profundamente su manera de entender la familia, la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás.

Su preocupación constante por sus seres queridos —sus hijos, su marido, su madre, sus hermanos y, más tarde, sus nietas— tenía raíces profundas. Mara cree haber comprendido ese rasgo con el paso del tiempo. Al revisar antiguas cartas que su madre escribió siendo adolescente, descubrió que aquella entrega hacia los otros ya existía mucho antes del exilio, aunque las experiencias vividas terminaron por intensificarla.

También esas cartas revelaban otra vocación temprana: la música.

Desde niña, el piano ocupó el centro de su existencia.

El camino hacia el Winnipeg

En enero de 1939, cuando Barcelona estaba a punto de caer en manos de las tropas franquistas, Diana era apenas una joven recién casada.

Su marido había sido movilizado para trabajar en una fábrica de material de guerra. Sus hermanos también se encontraban lejos de la ciudad. Ella permanecía en Barcelona junto a su madre.

La víspera de la caída de la ciudad acudió a un local de la masonería, organización a la que pertenecía. Allí supo que un camión partiría rumbo a la frontera francesa. Regresó a buscar a su madre. No había transporte. La ciudad era un caos. Salieron prácticamente con lo puesto.

El resto pertenece a la memoria colectiva del exilio republicano.

Bombardeos sobre la carretera, caminatas interminables bajo el invierno, miles de personas cruzando los Pirineos, noches frías con un viento de hielo, hasta, finalmente, cruzar a Francia.

Su marido y sus hermanos vivieron una odisea paralela. Fueron detenidos e internados en el campo de concentración de Le Boulou antes de ser trasladados a otro recinto cercano a Perpiñán. Solo una cadena de solidaridades y un encuentro fortuito permitió reunir nuevamente a la familia.

Esos gestos de ayuda recibidos en Francia serían recordados durante toda la vida.

Pocos meses más tarde llegaría una nueva oportunidad: el Winnipeg.

A bordo del viejo barco de carga acondicionado para transportar a más de dos mil refugiados, Diana volvió a hacer lo único que nunca dejó de hacer: tocar el piano.

Durante la travesía ofrecía pequeños recitales para los pasajeros y, junto con otras jóvenes, entretenía a los numerosos niños que viajaban hacia un destino desconocido. Mientras Europa se aproximaba a una nueva guerra mundial, la música ayudaba a sostener la esperanza.

Cuando el barco divisó las luces de Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939, muchos sintieron que comenzaba otra vida. Y para la familia Pey fue exactamente eso.

Una vida construida en Chile

Chile no fue un lugar de paso: fue el país donde Diana desarrolló plenamente su talento.

Tras continuar su formación en el Conservatorio Nacional de Música, inició una carrera que combinó la interpretación, la composición y, sobre todo, la enseñanza.

Según recuerda Mara, aquellas tres dimensiones nunca estuvieron separadas.

«La interpretación, la composición y especialmente la pedagogía musical formaban parte de un mismo proyecto de vida impulsado por una fuerte vocación.»

Durante los primeros años predominó la actividad concertística y la creación musical. Más tarde, la pedagogía en educación musical fue ocupando un lugar central.

No era un trabajo para subsistir.

Era una forma de entender la música.

Su labor en el Conservatorio Nacional de Música y posteriormente en la Facultad de Ciencias y Artes Musicales de la Universidad de Chile contribuyó decisivamente al de la educación musical. Participó en actividades académicas y de extensión, representó a la universidad en distintos países latinoamericanos y ayudó a formar generaciones de profesores de música.

Hasta 1973, ese reconocimiento se reflejaba en la diversidad de responsabilidades que desempeñaba dentro de la Universidad de Chile.

Su nombre circulaba naturalmente entre quienes construían uno de los períodos más fecundos de la vida musical chilena.

El segundo exilio

La historia volvió a repetirse.

El 11 de septiembre de 1973 Diana Pey se encontraba fuera de Chile.

Como miles de académicos y funcionarios identificados con el gobierno de la Unidad Popular, un decreto puso término a todos sus cargos universitarios.

No hubo juicio.

No hubo defensa.

Simplemente dejó de pertenecer a la institución donde había trabajado durante años.

Mientras su hermano Víctor Pey lograba asilarse en la Embajada de Venezuela antes de partir al exilio, Diana centró toda su atención en ayudar a familiares y amigos perseguidos por la dictadura.

Viajó a Caracas para esperar la llegada de Víctor.

En aquellos meses, recuerda Mara, no existía espacio para lamentar las pérdidas personales.

La magnitud de la tragedia chilena desplazaba cualquier otra preocupación.

«Ante la gravedad de lo que acontecía, no había espacio para pensar acerca del impacto profesional o personal que había significado el golpe», explica. «Para muchas personas supuso una división en la vida, pero esa división abarcaba un ámbito mucho más amplio que lo meramente personal.»

Instalada posteriormente en Estados Unidos, Diana continuó vinculada a la música y participando en iniciativas de solidaridad con Chile.

Nunca dejó de seguir los acontecimientos de su país de adopción.

Tampoco dejó de pensar en él.

Pero ya no regresaría para reconstruir la vida que la dictadura había interrumpido.

Murió en Miami en 1988.

La memoria recuperada

A fines de 2022, el músico e investigador Samuel Diz contactó a Mara Colli Pey.

Buscaba reconstruir la historia de las creadoras republicanas exiliadas.

Durante dos semanas, Diz y la gestora cultural Beatriz Fontán revisaron cuidadosamente las partituras, manuscritos, fotografías, programas de concierto y documentos personales que Mara había conservado durante décadas.

Fue un trabajo de investigación, pero también de memoria.

«Fue para mí un intenso período donde muchas emociones y recuerdos afloraron», recuerda.

La pregunta inevitable apareció entonces.

¿Dónde debía preservarse ese legado?

La respuesta no fue sencilla.

Chile nunca había mostrado interés por rescatar la obra de Diana Pey.

«Nunca hubo ningún signo de interés al respecto», dice Mara. «Con el paso de los años y la consolidación de esta limitada democracia, la opacidad se integró a todos los aspectos de la vida.»

Finalmente, la Biblioteca Nacional de España aceptó custodiar el archivo.

Allí permanecerán cerca de ciento cincuenta manuscritos musicales, partituras, borradores, correspondencia, fotografías y documentos que permiten reconstruir la vida de una de las figuras más importantes del exilio musical republicano.

Para Mara, esa decisión produjo una mezcla de alivio y reparación.

«El reconocimiento por parte de esta destacada institución y la materialización de los objetivos que buscábamos son para mí un motivo de profunda satisfacción y me generan la sensación de que una necesidad pendiente ha sido realizada.»

Una deuda de la memoria chilena

La historia de Diana Pey termina donde, de alguna manera, había comenzado.

La joven que escapó de Barcelona bajo los bombardeos, que cruzó los Pirineos, tocó el piano en el Winnipeg, desarrolló una brillante carrera musical en Chile y fue expulsada de la universidad por la dictadura, encontró finalmente un lugar para su memoria en España.

No ocurrió en el país que la acogió cuando era refugiada ni en aquel donde dedicó décadas a formar músicos y profesores.

Ocurrió en el país del que había debido huir para sobrevivir.

La paradoja resulta inevitable.

España, después de casi nueve décadas, decidió preservar el legado de una de sus creadoras exiliadas.

Chile, en cambio, nunca restituyó plenamente el lugar de una académica, compositora y pedagoga cuya trayectoria fue interrumpida por la violencia política de 1973.

El archivo que hoy descansa en la Biblioteca Nacional de España no solo rescata la obra de Diana Pey Casado. También recuerda que la memoria no depende únicamente del paso del tiempo. Depende, sobre todo, de la voluntad de una sociedad para reconocer a quienes ayudaron a construir su cultura y fueron luego condenados al silencio.

En ese sentido, el viaje final de Diana Pey no habla únicamente de una pianista olvidada. Habla también de una deuda que la democracia chilena todavía no termina de saldar.

Los hermanos Pey: del frente de batalla al Winnipeg

Cuando Barcelona cayó en enero de 1939, la familia Pey se dispersó en medio del caos.

Diana Pey y su madre huyeron casi con lo puesto. Gracias a un contacto de la masonería alcanzaron uno de los últimos camiones que salían hacia la frontera francesa. El resto del camino debieron hacerlo a pie, bajo los bombardeos de la aviación franquista y junto a miles de civiles que atravesaban los Pirineos en pleno invierno.

Al mismo tiempo, sus hermanos Víctor y Raúl, ingenieros de la Comisión de Industrias de Guerra de la Generalitat de Cataluña, intentaban evacuar las fábricas que abastecían al ejército republicano. La derrota hizo imposible aquella misión. Tras cruzar la frontera fueron internados, junto al esposo de Diana, Lorenzo Colli, en campos de concentración franceses.

El reencuentro de la familia ocurrió gracias a una cadena de solidaridades. Un masón de Perpiñán acogió primero a Diana y a su madre. Más tarde logró sacar del campo de concentración a Víctor, Raúl y Lorenzo, haciéndose personalmente responsable de ellos. Décadas después, Víctor Pey recordaría que el primer plato de fideos calientes que recibieron en aquella casa le pareció «un hotel de veinte estrellas», una imagen que nunca olvidó.

Instalados en Lyon, los hermanos comenzaron a buscar desesperadamente un país donde rehacer sus vidas. Víctor viajó clandestinamente a París y supo por la prensa que Pablo Neruda había llegado como cónsul especial para organizar la emigración de refugiados españoles hacia Chile.

Se presentó en el consulado chileno. La entrevista con Neruda fue breve. El poeta anotó su nombre, su profesión y la composición de su familia. Nada hacía pensar que aquella conversación cambiaría sus vidas. Semanas después recibió un telegrama autorizando el embarque en el Winnipeg. Sin embargo, faltaban dos nombres: su madre y su hermano Raúl.

Víctor viajó inmediatamente a Burdeos para hablar nuevamente con Neruda. La respuesta del poeta fue tan sencilla como decisiva:

—»Bueno, diles que vengan».

Su madre y Raúl alcanzaron el barco apenas unas horas antes del zarpe. Gracias a esa decisión, toda la familia pudo embarcar junta rumbo a Chile.

Durante la travesía cada uno encontró una manera distinta de sobrellevar el destierro. Víctor participaba en los debates políticos que se organizaban a bordo. Diana, en cambio, se sentaba frente al piano del Winnipeg. Ofrecía recitales para los pasajeros y daba clases a algunos niños durante el viaje, mientras Europa se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial.

Aquella familia que había escapado de la Guerra Civil reconstruyó su vida en Chile.

Víctor llegaría a convertirse en uno de los ingenieros más importantes del país y, décadas más tarde, en propietario del diario Clarín. Diana desarrollaría una destacada carrera como pianista, compositora y profesora del Conservatorio Nacional de Música. Pero en 1973 la historia volvió a repetirse: Víctor debió partir nuevamente al exilio y Diana fue expulsada de la Universidad de Chile por la dictadura militar.

¿Quién fue Diana Pey?

  • Pianista, compositora y pedagoga nacida en España.
  • Llegó a Chile en 1939 a bordo del Winnipeg como refugiada republicana.
  • Desarrolló una destacada carrera en el Conservatorio Nacional de Música de la Universidad de Chile.
  • Fue exonerada tras el golpe de Estado de 1973.
  • Se exilió en Estados Unidos, donde continuó vinculada a la música.
  • Su legado documental fue incorporado en 2026 a la Biblioteca Nacional de España gracias a la gestión de su hija Mara Colli Pey.

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