Por Óscar Contardo – La Tercera - 25 de julio 2026
Fue un amigo escritor argentino ya fallecido quien me contó la historia de la familia del cacique Incayal, un grupo de 12 hombres y mujeres mapuches llevados en 1880 desde el sur argentino al museo de la ciudad de La Plata. Allí los mantuvieron cautivos en el subsuelo y los sacaban sólo para ser examinados por antropólogos. Era una historia de la que poco se hablaba del otro lado de la cordillera, en donde la centralidad cultural en torno a la ciudad de Buenos Aires tiende a negar la existencia de los pueblos indígenas, como ha insistido la cineasta Lucrecia Martel, quien en su magnífica película La Ciénaga dispone a la población colla del noroeste transandino viviendo en un universo paralelo al de una burguesía provinciana de ascendencia europea en decadencia. Cuando todos los integrantes del grupo familiar mapuche cautivo en el museo de La Plata fueron muriendo, sus cuerpos no fueron enterrados, sino preparados para ser exhibidos. A esas alturas, las llamadas campañas del desierto -expediciones de exterminio de indígenas- habían concluido y la inmigración europea masiva comenzaba a cambiar la composición demográfica de Argentina. Leopoldo Brizuela, mi amigo escritor, me contó esa historia porque había leído un libro mío que desmenuza con humor negro el clasismo y el racismo chileno, un ejercicio de autocrítica sobre dos vicios universales que cambian de forma y de intensidad según el país: distintos grados de negación, de justificación, y fórmulas más o menos aceptadas de expresarlo. No creo que el cariño por lo propio consista en negar los defectos, sino en mostrarlos como advertencia de un peligro inminente para nuestra propia convivencia. Algo más interesante que el nacionalismo patriotero, que se apoya en los relatos que justifican injusticias y en la idea de una excepcionalidad que distingue de manera esencial a un pueblo de otro vecino.
El 2 de abril de 1982 una muchedumbre colmó la Plaza de Mayo de Buenos Aires para celebrar que la dictadura transandina encabezada por Leopoldo Galtieri decidiera enviar tropas a las islas Malvinas, iniciando una guerra con Reino Unido. Galtieri sonreía desde el balcón de la Casa Rosada, el pueblo lo ovacionaba mientras miles de soldados sin entrenamiento ni equipamiento adecuados eran enviados a un destino horroroso. El hecho ocurría cuatro años después que la dictadura encabezada por Jorge Videla amenazara con una operación similar sobre las islas Picton, Lennox y Nueva, en el extremo sur de Chile. Los cánticos de apoyo de la multitud ese 2 de abril de 1982, registrados por la televisión argentina, eran en contra de los ingleses y también contra los chilenos; la muchedumbre exaltada advertía que serían (seríamos) los próximos. El final de la historia es conocido: la dictadura chilena auxilió a los ingleses, porque todo indicaba que los militares transandinos planeaban seguir en el canal Beagle lo que habían iniciado en las Malvinas. Con el tiempo, aquella historia fue adaptada de un modo tal en Argentina que todos los chilenos seríamos considerados “traidores”.
El fútbol es un fenómeno ineludible para cualquier sociedad latinoamericana: permea, impregna y se funde con identidades nacionales. Lo que suelen gritar las hinchadas transandinas en contra de los chilenos es “mapuches”, como si fuera insulto, y “traidores”. También suelen acudir a la posibilidad de que un terremoto borre nuestro “pasillo” del mapa. Es parte del folclore del fútbol, explican. La burla como forma de entretenimiento es tan intensamente cultivada por ellos que incluso han acuñado verbos como “bardear” y “cancherear”, que se repiten en paneles de radio, televisión y formatos audiovisuales en donde quien más insulta, humilla y delira en contra de un adversario, puede incluso llegar a ser elegido presidente. “Mi país ya era potencia agrícola mientras ustedes recién aprendían a comer”, fue la frase con la que debutó en 2024 el actual embajador argentino en Santiago, continuando en esa la línea. Ustedes no nos entienden ni nunca nos van a entender, es la excusa habitual para justificar una fórmula de convivencia que desde fuera luce agresiva, como si el mecanismo para despreciar al prójimo se tratara de una ingeniería social tan fina y compleja que resulta inaccesible a los extraños. Cuando se trata de selecciones de fútbol, los “brazuca” son monos; los “chilotas”, traidores; los “bolitas” y mexicanos, indios que no merecen respeto, y los franceses en realidad no lo son, porque lucen muy africanos. Pero ojo: nada de eso debe confundirse con racismo o xenofobia, porque en Argentina no hay negros de verdad, solo cabezas negras del conurbano o del interior.
El triunfo de España en la copa mundial fue impecable. El resultado, sin embargo, pasó a segundo plano, porque el equipo perdedor decidió que el ganador no merecía su respeto ni reconocimiento, y que el mundo entero, salvo excepciones, había caído en una trampa conspirativa tejida por algoritmos de redes sociales. Quien hubiera apoyado a los peninsulares debían ser castigados -Rosalía, Patti Smith-, y los pueblos latinoamericanos que se hartaron de los cánticos agresivos, pasaron a ser considerados desleales “cipayos” que se rinden a la corona española.
Hace una semana un equipo perdió un partido de fútbol, y un país decidió hacer de una derrota circunstancial una especie de causa nacional, obligando al mundo a contemplar la peor versión de una nación que está en condiciones de emprender mejores causas que rendirse al chovinismo y abandonar la oportunidad de aplaudir a los campeones demostrando civilidad en lugar de barbarie. La ocasión para dejar de perderse en su propio reflejo inventado, uno que a nadie más le interesa mirar, porque está roto, porque las ofensas cansan, la fanfarronería envenena, y la prepotencia nubla la posibilidad de admirar los talentos y lo valioso que existe más allá de la cultura del improperio.
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