Por: Ignacio Bugueño Vilches. Jefe Unidad Regional de Asuntos Internacionales del Gobierno de Santiago
El Mostrador. 16 agosto, 2026
La próxima frontera de la descentralización en Chile no consiste únicamente en pelear por un mayor porcentaje del presupuesto nacional, sino en tener la audacia institucional para generar riqueza propia.
Hace unos días, nuestra capital fue sede de la SmartCity Expo, reuniendo a decenas de expositores internacionales en torno al desafío de hacer ciudad. El evento convocó a miles de profesionales, estudiantes y familias, en lo que para muchos es la principal vitrina tecnológica sobre electromovilidad, inteligencia artificial y gestión ambiental en el país. Pero por los mismos pasillos, en forma discreta, se vivía un anticipo de algo mucho más profundo: el capital global buscando directamente a las ciudades para invertir.
En Chile nos hemos acostumbrado a que la atracción de Inversión Extranjera Directa sea un monopolio del gobierno central. Agencias nacionales de primer nivel hacen un trabajo extraordinario atrayendo miles de millones de dólares, pero su mandato, por diseño, tiende a focalizarse en la macroeconomía: la gran minería, plantas de energía o las concesiones.
Esta concentración hace que importantes oportunidades de financiamiento en infraestructura urbana —el mayor mercado del siglo XXI— queden sin aprovechar. La Corporación Financiera Internacional (IFC) del Banco Mundial estima que las ciudades en mercados emergentes concentran una oportunidad de inversión de 29,4 billones de dólares hasta 2030 en áreas como electromovilidad, agua y edificios verdes.
¿Quién sale al mundo a buscar el capital para nuestros barrios? La respuesta incómoda es que estamos esperando que la inversión llegue por goteo desde el gobierno central.
En el Reino Unido, los alcaldes metropolitanos han comprendido esto a la perfección y han transformado la diplomacia urbana en una herramienta de crecimiento, liderando misiones comerciales para vender sus propios clusters tecnológicos o manufactureros al mundo, operando como “promotores económicos en jefe”. En nuestra región, ciudades como Buenos Aires o Bogotá llevan años trabajando con agencias de atracción de inversiones propias (InvestBA, Invest in Bogota), compitiendo agresivamente por ser el nodo tecnológico del continente.
Las multinacionales y los fondos ya no invierten en “países abstractos”, sino en ecosistemas locales. Buscan agilidad en los permisos territoriales, talento humano concentrado y una gobernanza dispuesta a colaborar.
Precisamente por esto, la crisis de permisología que hoy retrasa la inversión en Chile es también un problema de diseño del Estado. Los conflictos terminan en tribunales de justicia debido a que son enfrentados de forma aislada y sectorial, espantando al capital global.
Los Gobiernos Regionales son el único estamento del Estado con la capacidad de revisar el panorama completo de un territorio, en forma holística. Fue esa misma capacidad la que le permitió al Gobierno Regional Metropolitano recuperar la Alameda, articulando a municipios, ministerios y otros actores bajo una mirada común. Esa es prueba de que la institucionalidad subnacional tiene la musculatura para abordar la inversión extranjera, agilizando los procesos en todo nivel.
Es aquí donde los esfuerzos por articular nuestra economía local cobran una dimensión geopolítica. Iniciativas como la consolidación del Hub Metropolitano del Gobierno de Santiago —que busca vincular el talento, la innovación y el fomento productivo desde el territorio— son la infraestructura institucional que el capital extranjero exige para aterrizar.
Cuando una empresa internacional evalúa instalarse en el Cono Sur, un ecosistema ya integrado y un tejido productivo local robusto valen mil veces más que un folleto de buenas intenciones.
Y no todo depende del Congreso, hay trabajo que ya podemos hacer hoy. Mientras los gobiernos regionales aún enfrentan las barreras de un modelo que restringe su autonomía, existe un espacio para hacer política pública y enviar señales al mercado global: la asignación estratégica de nuestros recursos a través de los procesos de licitación y financiamiento local.
Esta estrategia también se hace decidiendo las bases y estándares técnicos de las obras que ejecutamos o que financiamos a los municipios. Si exigimos innovación urbana y resiliencia en nuestras licitaciones, atraemos a las empresas y fondos globales especializados en esas áreas.
Un esfuerzo contundente en esta línea permite a los territorios apostar por sus fortalezas para competir, no solo desatando una sana competencia interregional en Chile, sino elevando el estándar de nuestra infraestructura. El objetivo final es que, al exigir y ejecutar proyectos con criterios de clase mundial, el talento y el capital internacional elijan y deseen genuinamente instalarse en una región por sobre otra, y en Chile por sobre otros países.
La próxima frontera de la descentralización en Chile no consiste únicamente en pelear por un mayor porcentaje del presupuesto nacional, sino en tener la audacia institucional para generar riqueza propia.
Necesitamos consolidar ecosistemas de promoción subnacional que actúen como antenas comerciales en el mundo. Equipos que transformen la diplomacia en empleos, transferencia tecnológica directa a las comunas y resiliencia urbana financiada con capital global.
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