Por: Antonio Elizalde
El Clarín Chile. 17 septiembre, 2026
El diagnóstico es claro: la ultraderecha no irrumpe en un vacío, sino en un terreno subjetivo labrado por décadas de neoliberalismo. Individuos agotados, hiperconectados, pero profundamente solos, que buscan desesperadamente un lugar donde su malestar sea reconocido. Si la izquierda no entiende que la batalla se libra simultáneamente en la psique y en las condiciones materiales, seguirá perdiendo elecciones que, sobre el papel, debería ganar.
De Byung-Chul Han se desprende una conclusión incómoda: no basta con propuestas económicas si no se disputa el imaginario de la auto explotación y la domesticación algorítmica. El eje articulador de cualquier programa transformador debe ser reconstruir la dignidad y la pertenencia colectiva que la ultraderecha hoy capitaliza. Veamos cómo.
Disputar el relato digital: de espectadores a productores
La ultraderecha domina TikTok con un mensaje simple y emocional. La izquierda reacciona tarde, con formatos ajenos y un lenguaje que no conecta. Eso no es un problema de recursos, sino de estrategia. Una «tubería alt-left» que compita algorítmicamente exige formación en tecno política popular: escuelas de soberanía tecnológica, autodefensa digital y comunicación en redes libres. No se trata de adaptar el discurso de siempre a un formato nuevo, sino de producir contenido con lenguaje y formatos nativos, con códigos propios de cada plataforma.
Pero la disputa no es solo cultural: es también regulatoria. Exigir transparencia sobre cómo las plataformas amplifican el odio y limitan el contenido de izquierda no es censura, es higiene democrática. Si los algoritmos moldean la percepción de millones, su opacidad es un déficit democrático tan grave como el de cualquier institución del Estado.
Renta básica y reducción de jornada: desarmar la ética del rendimiento
La auto explotación se sostiene en una creencia profunda: que el valor personal depende de la productividad. Mientras esa creencia no se cuestione, cualquier política redistributiva será leída como caridad o como amenaza. Por eso la renta básica universal no es solo una medida económica: es un derecho material desvinculado del empleo que permite decir «no» a la precariedad. Y decir «no» es la condición de posibilidad de la libertad real.
La reducción de la jornada laboral —a 42 horas semanales y hacia las 40, sin pérdida salarial— apunta en la misma dirección: liberar tiempo de vida. No se trata solo de trabajar menos para descansar más, sino de desnaturalizar la idea de que la existencia entera debe organizarse alrededor del trabajo asalariado. Y la automatización plena, lejos de ser una amenaza, debe plantearse como horizonte utópico que rompa la falsa elección entre libertad y abundancia. La tecnología no tiene por qué ser un instrumento de explotación; puede ser la base material de una vida liberada.
Democracia económica: propiedad plural y control obrero
El sujeto auto explotado cree ser «empresario de sí mismo». Frente a esa ilusión, la izquierda debe recuperar el principio de propiedad común y construir un ecosistema de propiedad democrática: cooperativas, autogestión y control obrero sobre las decisiones que afectan la vida cotidiana. Esto no es solo economía. Es devolver el poder sobre el propio trabajo, rompiendo la ilusión de que el mercado asigna soberanamente. Quien decide sobre su trabajo decide sobre su vida; quien no decide, solo cree decidir.
Reconocimiento y dignidad: el terreno donde se libra la batalla
La ultraderecha gana porque convierte la precariedad y la frustración en identidad política. Ofrece un «nosotros» contra un «ellos», y restaura una dignidad perdida mediante la humillación de otro. La izquierda debe ofrecer un reconocimiento no reactivo: un «nosotros» basado en la solidaridad de clase, no en el odio al diferente.
Eso exige presencia territorial y vínculo cara a cara en los barrios, sindicatos y espacios de socialización, donde la desarticulación del lazo social es más aguda. Exige un discurso que nombre el dolor real —agotamiento, soledad, invisibilidad— sin culpar a los de abajo. Y exige proyectos de comunidad que reconstruyan el lazo social fragmentado por el neoliberalismo. No se trata de dar un enemigo, sino de ofrecer un lugar. La diferencia es decisiva: el odio moviliza, pero la pertenencia sostiene.
Una política que no sea «paliativa»
Hace mucho tiempo que la izquierda solo viene hablando de mejorar las condiciones materiales de la vida, pero dicho discurso es paliativo. Gestionar el malestar no es transformarlo. Un programa contrahegemónico debe disputar los significantes de libertad, éxito y mérito, y ofrecer un futuro deseable, no solo una gestión más humana del presente. La ultraderecha promete un pasado idealizado; la izquierda debe prometer un futuro que valga la pena desear.
Conclusión
Un programa para las izquierdas debe operar como psicopolítica inversa —sanar las heridas que el neoliberalismo inflige en la psique— y como política material —garantizar las condiciones para que esa sanación sea posible. La ultraderecha ofrece una salida falsa pero eficaz; la izquierda debe ofrecer una salida real, que no castigue al sujeto por su agotamiento, sino que lo libere de las estructuras que lo producen.
No basta con tener razón. Hay que disputar el deseo, el reconocimiento y la pertenencia. Ese es el terreno donde se decide la elección. Y en ese terreno, la izquierda lleva décadas ausente. Volver a habitarlo no es una opción: es la condición de su supervivencia.
Antonio Elizalde
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