Omar Cid. Escritor, teólogo y analista. «El Siglo». 13/10/2026.
La religión como factor geopolítico y estratégico tendrá que ser una constante en cualquier planificación que pretenda lograr cambios significativos en la sociedad chilena y la región; la lección está resultando arrolladora y se hace necesario meditarla.
La neocolonización es la imagen que puede resumir el momento histórico del continente. Un proyecto de sumisión económica, militar, política y, por cierto, de las espiritualidades. El paquete tiene pretensión de totalidad y su interrelación es de tal envergadura que resulta imposible separar sus partes, pues responden a una racionalidad de dominación y supremacismo tan antigua como los orígenes mismos del «destino manifiesto» que define su esfera de influencia desde la Doctrina Monroe; hoy actualizada, no por casualidad, bajo un giro lingüístico que bien podríamos calificar como la «Doctrina Donroe». El objetivo de este artículo es entregar algunos elementos para entender el factor religioso y su esfera de influencia en este momento crítico de la región.
Bajo la perspectiva geopolítica, y particularmente a la luz de Carl Schmitt (1888-1985), podemos encontrar claves fundamentales. Este teórico político alemán, cuya reflexión excede los horizontes de la disciplina nacida en el siglo XIX, atraviesa el debate de «moros y cristianos» porque sus categorías siguen vigentes para descifrar nuestro tiempo histórico. Un primer concepto esencial en el pensador alemán es el de enemigo, cuya noción no debe ser entendida en su acepción privada o personal, sino pública: se trata de un enemigo existencial que amenaza la convivencia y la existencia de la comunidad. Un segundo elemento a considerar es que la soberanía no se mide en el uso cotidiano de la ley, sino que se decide en la capacidad de ejercer el estado de excepción durante una crisis; es decir, para asegurar la sobrevivencia del Estado. Su traducción en el ámbito de las relaciones geopolíticas es que una potencia, o un bloque de ellas, puede establecer estados de excepción en sus zonas de influencia para reorientar o redefinir su espacio de dominación. ¿Les suena?
Un tercer elemento que aporta este intelectual germano es la irrupción de actores religiosos en las políticas internas de los Estados y en la geopolítica. Esto no debe ser entendido como una «anomalía» o un «retroceso» a épocas pretéritas. Schmitt demuestra que los conceptos políticos modernos (como el Estado, la soberanía o la ley) son en realidad conceptos teológicos que han sido «secularizados» (disfrazados de laicismo). Por lo tanto, cuando un movimiento religioso —como las corrientes conservadoras del catolicismo que impulsaron un proyecto restaurador bajo la conducción de Juan Pablo II, contemporáneo a Reagan y Thatcher— o la irrupción de las corrientes evangélicas pentecostales en América Latina, que pasan de ser comunidades cerradas a ejercer el poder político activándose en la escena pública, estamos lejos de presenciar una especie de «contaminación» del espacio laico. Lo que se está revelando es la naturaleza teológica que siempre ha contenido el poder.
Algunos antecedentes necesarios a modo de genealogía deben tenerse en consideración. La identificación del factor religioso como clave en la reconfiguración política del continente se puede rastrear desde el Informe Rockefeller (1969). En él, se identifica a los nacionalismos, a las corrientes marxistas y a la Iglesia Católica posconciliar (tras el Concilio Vaticano II y el documento de Medellín) como cómplices de esa enemistad con el proyecto norteamericano para el continente: es decir, como enemigos. En ese documento se traza una estrategia clara: apoyar a los grupos religiosos conservadores y, en particular, a las corrientes protestantes y evangélicas, con el objetivo de generar una corriente «estabilizadora». En la medida en que promovían el individualismo y la ética del trabajo sin cuestionamiento a las estructuras opresivas, además de desconfiar de las organizaciones colectivas como sindicatos y partidos políticos, este fue un momento detonante para que la religión comenzara a jugar un papel selecto como contrapeso geopolítico.
En 1980, el documento Santa Fe I, elaborado por la Heritage Foundation para la administración Reagan, establece que el enemigo a combatir es la Teología de la Liberación, al considerarla una herramienta de subversión y una amenaza directa a la seguridad de Estados Unidos. Entre sus propuestas se encontraba la «renovación moral» y el apoyo a movimientos conservadores como el Opus Dei al interior de Iglesia Católica. A esto se sumó el fomento activo y pertinaz de las corrientes evangélicas y pentecostales por las razones esbozadas en el informe Rockefeller, pero añadiendo un componente clave: su obediencia a la autoridad y su esperanza en el «más allá» operando como un elemento desmovilizador en la sociedad.
El informe de Santa Fe II (1988) vino a consolidar el sistema-mundo neoliberal. Bajo ese escenario, el enemigo a combatir serían las corrientes socialistas, el progresismo y la llamada «ideología de género». Para ello, se intensificó la alianza con las corrientes neopentecostales, promoviendo la teología de la prosperidad. Esta espiritualidad funciona como el sustento moral del neoliberalismo, pues dicta que el individuo es el único responsable de su pobreza y de su fracaso. Es más, bajo la premisa de que Dios bendice la riqueza y condena lo que atenta contra «las familias tradicionales» y los derechos reproductivos de las mujeres, se busca quebrar los consensos sociales en el mundo de los marginados y excluidos, generando trabas culturales que fracturan el ingreso de corrientes progresistas y de izquierda en el mundo popular.
En la era Trump (en sus dos versiones), no existe un documento unificado al estilo de los anteriores, pero lo que se puede rastrear es un conjunto de elementos dispersos que apuntan a proponer una estrategia que vincula el sionismo evangélico con el proyecto hegemónico estadounidense en América Latina. Su modus operandi se articula a través de una arquitectura documental pública y coordinada. Esta se materializa en la exportación de marcos programáticos como el Project 2025 de la Heritage Foundation, que busca explícitamente alinear a América Latina con el nacionalismo cristiano y el apoyo incondicional a Israel. Esta línea, continuidad de su primera administración mediante la Declaración de Consenso de Ginebra (2020), es un instrumento diplomático diseñado para forjar un eje geopolítico conservador en la región, uniendo a gobiernos latinoamericanos bajo una agenda «pro-vida» y proisraelí como contrapeso a los organismos multilaterales progresistas. Es así como la teología del sionismo cristiano deja de ser una creencia privada para convertirse en un vector de política exterior y control ideológico en el hemisferio. Obsérvense las cuatro columnas de articulación donde aparecen figuras como Netanyahu, Milei, Zelenski y el actual candidato conservador brasileño, Flavio Bolsonaro.
Como es de público conocimiento, la propuesta estructurada desde 1969 ha generado frutos. De hecho, ha ido construyendo una arquitectura continental con resultados favorables en el Cono Sur. En Brasil, por ejemplo, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), el 26,9 % de la población se reconoce como evangélica. En una votación estrecha, este núcleo de influencia y poder puede jugar un rol decisivo en los destinos del país; no es el único, por cierto, sin embargo, el foco por ahora está puesto allí. Un tema que requiere una evaluación más profunda es la evolución de ese voto, que en las primeras elecciones apoyó a Lula y hoy se ha desplazado hacia la familia Bolsonaro. ¿Qué razones explican ese transitar? ¿Cómo se fue generando una distancia entre ese mundo y la propuesta del PT y sus aliados? ¿Tendrá algo que ver la agenda de ciertos actores globalistas y su espacio de influencia en la colonización cultural del progresismo —y su logro mayor, la construcción de una izquierda ad hoc o compatible con estos intereses? ¿Será que el proceso de distanciamiento social de las izquierdas es más amplio y sostenido de lo que pensamos? En todo caso, la diferencia es corta; Lula es un liderazgo poderoso, pero lo preocupante es que la coalición que lo acompaña no obtuvo el respaldo necesario y la amenaza de un retroceso histórico está sobre la mesa. La fusión entre el neopentecostalismo, el agronegocio y el militarismo tiene su símbolo en la familia Bolsonaro. En ese escenario, la «bancada evangélica» seguirá actuando como el yugo moral y geopolítico de la derecha; su política exterior se alineará con el sionismo cristiano estadounidense, sumándose a la guerra cultural desatada contra los seguidores en el continente de modelos progresistas globalistas. La guerra declarada contra los derechos de las mujeres y las minorías sexuales, así como contra las izquierdas, será inevitable. Salvo que se dé la paradoja de un triunfo de Bolsonaro y una derrota estrepitosa de Trump en noviembre… veremos.
En Chile, la presencia evangélica, según los datos del censo de 2024, alcanza un 16,3 % de la población. Su presencia más significativa se da desde la Región del Maule hasta la Región de Los Lagos; en esas zonas, el apoyo a Kast en el proceso electoral fue relevante. Como sector, tienen seis diputados y dos senadores, repartidos en el abanico conservador. De hecho, ese voto, junto a las redes neopentecostales, ha sido una herramienta poderosa para fracturar los consensos progresistas —como se vio en el primer proceso constituyente, aunque la derrota conservadora del segundo nos habla de una crisis más profunda—. En ese aspecto, la «defensa de la familia tradicional» y un pánico a la caricaturizada «ideología de género» son ejes de la disputa cultural, en un país donde el 74,2 % de la población afirma tener una religión o credo. Bajo esa perspectiva, la intervención del pastor Héctor Montecinos en el Tedeum evangélico hay que analizarla con detenimiento; su sermón, usando la metáfora de Nehemías reconstruyendo los muros de Jerusalén, es de suyo significativo: «Con una mano trabajaban en la obra… con la otra tenían la espada… la espada es la justicia, la verdad, el Estado de Derecho, la firmeza de nuestros valores transversales, la seguridad comunitaria».
Nehemías dista mucho del paradigma liberador de Moisés; era el copero del rey persa Artajerjes, un alto funcionario del imperio que pidió permiso al rey para reconstruir los muros. El rey se los concedió porque una Jerusalén amurallada servía a los intereses geopolíticos de Persia: asegurar la frontera sur, controlar las rutas comerciales y crear un «estado tapón».
La teología de Montecinos es, en su estructura profunda, una teopolítica sustentadora de un protectorado: se pide permiso al imperio decadente (hoy Washington) para reconstruir los muros (hoy el Escudo de las Américas) y se empuña la espada (hoy la doctrina de seguridad hemisférica). El «templo» a reconstruir es el del orden imperial, occidental y cristiano, con enemigos claros y definidos, donde la seguridad de los que están adentro se garantiza con las armas del imperio y con un estado de excepción regional. En este caso, la espiritualidad ha dejado de ser un refugio para convertirse en un arma de disputa por la hegemonía del Estado de Chile. El 22 de septiembre, el sugestivo think tank llamado ONG Chile Cristiano declaró la teología profunda que trae consigo el Escudo de las Américas:
«Una doctrina fundamental de la teología cristiana detrás del ‘Escudo de las Américas’ es el sionismo cristiano; este sostiene que el apoyo irrestricto al Estado de Israel es un mandato bíblico ineludible: ‘Quien se oponga a Israel, se opone a Dios’. […] La ONG Chile Cristiano, que suscribe esta teología y propuesta, insta, exhorta y urge al presidente José Antonio Kast a incorporar plenamente a nuestro país al Tratado Hemisférico del ‘Escudo de las Américas'».
La genealogía expuesta es clara en sus objetivos. Su materialidad, desde esa mirada, no debiera sorprender, salvo por el papel que les cabe a los sectores progresistas y de izquierda en este tablero geopolítico, donde la religión nunca ha estado restringida a una experiencia personal e íntima, sino que tiene una proyección pública en la arquitectura política y en los destinos del Estado nación y del continente. La religión como factor geopolítico y estratégico tendrá que ser una constante en cualquier planificación que pretenda lograr cambios significativos en la sociedad chilena y la región; la lección está resultando arrolladora y se hace necesario meditarla.
Referencias
- Aránguiz, L. (2018). El apoyo público evangélico al Estado de Israel a partir del caso chileno. Sociedad y Religión, 28(49).
- Cid, O. (2026). Teología y protectorado en la era del «Escudo de las Américas». Crónica Digital.
- Heritage Foundation. (2025). Project 2025: Mandate for leadership. https://www.project2025.org/
- ONG Chile Cristiano. (s. f.). La teología cristiana detrás del Escudo de las Américas. Recuperado el 10 de octubre de 2026, de https://www.chilecristiano.cl/articulo/la-teologia-cristiana-detras-del-escudo-de-las-americas
- Parker G., C. (2025). Religiones en América Latina: La gran transformación. CLACSO; Ariadna Ediciones. https://doi.org/10.26448/ae9789566276586.138
- Pastor, M. L. (2018). El evangelismo en América Latina, un poder creciente: El caso de Brasil. Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE).
- Rockefeller, N. (1969). Report of the President’s Task Force on Latin America [Informe Rockefeller].
- Santa Fe Committee. (1980). A new strategy for Latin America [Informe Santa Fe I]. Heritage Foundation.
- Santa Fe Committee. (1988). Restoring the Americas: The 1990s strategy [Informe Santa Fe II]. Heritage Foundation.
- Schmitt, C. (2009). Teología política. Editorial Trotta.
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