HACE 56 AÑOS SALVADOR ALLENDE GOSSENS ASUMIÓ LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE CHILE

Por: Víctor Osorio. Periodista

Crónica Digital. 3 noviembre, 2026

El médico socialista Salvador Allende Gossens asumió como Presidente de la República de Chile el martes 3 de noviembre de 1970, luego de ganar las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de ese mismo año y ser ratificado por el Congreso Pleno el 24 de octubre. Era la primera vez en la historia que un marxista revolucionario, ajeno a las tradiciones de la socialdemocracia, llegaba al gobierno mediante el voto democrático y con una concepción de “vía chilena al socialismo” en los marcos de la democracia.

Allende había sido el candidato de la Unidad Popular, una coalición de izquierda formada en 1969 y que estaba integrada por los Partidos Comunista (PC), Socialista (PS) y Radical (PR), junto con el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), una escisión de la Democracia Cristiana (DC); y las colectividades socialdemócratas Acción Popular Independiente (API) y el Partido Social Demócrata (PSD), que luego se fusionó con el radicalismo. Más tarde, en 1971, se incorporarían a la coalición la Organización de Izquierda Cristiana y el Partido de Izquierda Radical, una facción centrista del PR.

LA ELECCION POPULAR Y EL CONGRESO PLENO  

En la elección presidencial realizada el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende logró el 36,3% (1.070.334 votos); el candidato de la derecha, el empresario Jorge Alessandri un 34,9 por ciento (1.036.278 votos); y el abanderado de la DC, Radomiro Tomic, 27,8% (824.849 votos).

Como ninguno obtuvo mayoría absoluta, conforme a las normas constitucionales el Congreso Pleno debió pronunciarse entre las dos primeras mayorías relativas. El 24 de octubre, se desarrolló la votación del Congreso Pleno, dirigido por el presidente del Senado Tomás Pablo Elorza (DC). Sufragaron 195 parlamentarios: Allende obtuvo 153 votos contra 35 de Jorge Alessandri y siete en blanco. En consecuencia, el Congreso proclamó a Salvador Allende como nuevo Presidente.

El pronunciamiento del Congreso Pleno ha provocado que los extremistas de derecha y los conservadores, incluyendo el hoy Presidente José Antonio Kast, hayan reiterado que Allende no fue electo por el pueblo sino por la definición del Parlamento. Una idea que la dictadura instaló poco después del Golpe de Estado en su “Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile”. Por cierto, faltan a la verdad.

El procedimiento que establecía la Constitución de 1925 vigente entonces para dar curso a la expresión de la soberanía popular en la elección del Primer Mandatario era que asumiría quien lograra la mayoría absoluta y que si ello no ocurría debería haber una decisión por parte del Congreso Pleno. Así había ocurrido con las elecciones de Gabriel González Videla (1946), Carlos Ibáñez del Campo (1952) y del propio Jorge Alessandri en 1958, que logró una votación menor a la obtenida por Allende (31,5%), sin que nadie ratificara la legitimidad de origen de sus mandatos. En todos esos casos, el Congreso Pleno ratificó la primera mayoría relativa en las urnas.

No es todo. Previo a las elecciones de 1970, desde la Democracia Cristiana se levantó una propuesta de reforma constitucional para establecer una segunda vuelta, mecanismo que, como se sabe, hoy está vigente. La derecha se opuso entonces en forma intransigente a este cambio y durante la campaña insistieron que debería asumir como Presidente quien lograse la primera mayoría relativa, aunque fuera por un voto.

Ello explica que los partidarios de Alessandri se irritaron cuando, en una entrevista de “El Mercurio”, se le preguntó al Comandante en Jefe del Ejército, General René Schneider, por la actitud de los militares si ninguno de los candidatos obtenía mayoría absoluta. Schneider señaló que debería responder el Congreso Pleno, según lo establecido en la Constitución, y que el Ejército se apegaría totalmente a los postulados de la carta fundamental.

Los cálculos de la derecha, que explicaban su postura, era que Alessandri lograría la primera mayoría relativa y que para asumir la Presidencia bastaría con invocar la tradición en esta materia. En cambio, pensaban, si había segunda vuelta lo más probable es que los electores de la Democracia Cristiana se inclinarían por Salvador Allende. Ello, en primer lugar, porque la derecha se había opuesto ferozmente al Gobierno saliente de Eduardo Frei Montalva, por su reformismo de centro progresista, que implementó cambios estructurales tales como la Reforma Agraria y la Promoción Popular. Los conservadores lo apodaron “el Kerensky chileno”, en alusión al Primer Ministro de Rusia Aleksandr Kérenski, cuya gestión culminó en 1917 con la Revolución Bolchevique.

Lo más relevante es que en 1970 no escapaban a la derecha las coincidencias programáticas entre las candidaturas de Salvador Allende y Radomiro Tomic. No ignoraba, pues, que en la sociedad chilena existía una amplia mayoría partidaria de cambios profundos. Más tarde, intentaron explicar mañosamente su derrota por “la división de las fuerzas democráticas”, por la falta de un entendimiento entre el centro y la derecha, en circunstancias de que ese año aquello era completamente inviable.

UNA MAYORIA POR LOS CAMBIOS

Jorge Alessandri proponía en la campaña de 1970 un retorno al modelo liberal–conservador, propugnando austeridad fiscal, incentivo al libre mercado y a la inversión privada, un freno a las reformas de Frei y la restauración del orden tradicional. Esas ideas estaban en abierta contradicción con las definiciones programáticas de sus dos competidores.

Salvador Allende proponía una “vía chilena al socialismo”, que implicaba la construcción del socialismo en democracia y pluralismo, la nacionalización de la gran minería (cobre) y de la banca, la estatización de industrias estratégicas y la profundización de la Reforma Agraria. Por su parte, Radomiro Tomic hablaba de una “revolución democrática y popular”, que planteaba una radicalización de las reformas sociales de Frei Montalva, buscando también la nacionalización completa del cobre. Asimismo, abogaba por una “vía no capitalista de desarrollo” con un fuerte control estatal de la banca, el crédito y las industrias estratégicas.

Ambos programas ponían énfasis en la redistribución del ingreso, la participación de los trabajadores en las empresas y la ampliación masiva de los derechos en salud, vivienda y educación. Así las cosas, existían profundas convergencias que compartían las propuestas de la izquierda y el centro reformista en 1970. Ambos programas partían de un diagnóstico compartido: el capitalismo no resolvería las desigualdades sociales de Chile y se requerían transformaciones estructurales profundas y radicales.

Más aún, Tomic defendía que el desarrollo de Chile era imposible manteniendo separadas a las dos grandes fuerzas de cambio: el mundo demócrata cristiano (que agrupaba a una gran parte de la clase trabajadora urbana y campesina) y el mundo de la izquierda socialista. De hecho, fue el primero en señalar el horizonte de la “unidad política y social del pueblo”, idea que la izquierda recogió al nombrar su coalición como “Unidad Popular”.

No fue sorprendente que Radomiro Tomic visitara personalmente a Salvador Allende en su residencia de calle Guardia Vieja para felicitarlo y reconocer su victoria a primera hora de la mañana del sábado 5 de septiembre. Durante la noche del día anterior, apenas comenzaron a consolidarse los escrutinios oficiales, Tomic envió un telegrama de felicitaciones a Allende expresándole: “Salvador, felicitaciones por la victoria. Más honrosa mientras más dura y difícil. Ella le pertenece al pueblo, pero también es tuya”.

Tras la elección de septiembre de 1970, cuando la derecha intentó presionar a la DC para impedir que Allende llegara a la Presidencia, el sector de Tomic fue categórico en rechazar cualquier pacto con el bloque conservador, facilitando el entendimiento con la UP a través de un “Estatuto de Garantías Democráticas”, lo que permitió que los parlamentarios de la Democracia Cristiana respaldaran a Allende en el Congreso Pleno.

Incluso un influyente representante del sector conservador de la DC, el ex Vicepresidente y Ministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic, manifestó que era necesario ir más allá de ese acuerdo y que la colectividad debería integrarse al Gobierno de Allende.

Todo ello muestra que las fronteras entre el centro reformista y el socialismo democrático de 1970 eran sumamente porosas y colaborativas. A pesar de los afanes de la derecha, todos los vientos de la historia parecían soplar en Chile hacia el horizonte de cambios profundos, con contenido socialista y democrático.

LAS CONSPIRACIONES

Tras la victoria de Allende, la Casa Blanca (encabezada por Richard Nixon y Henry Kissinger), la CIA, sectores de la derecha y la ultraderecha chilena y mandos militares insurrectos articularon una conspiración multinivel para impedir su ratificación en el Congreso Pleno. La llamada “Doctrina Schneider”, postulada por el Comandante en Jefe del Ejército General René Schneider, que establecía el apego irrestricto de las Fuerzas Armadas a la Constitución y su neutralidad política, se convirtió en su principal obstáculo.

El Gobierno de Estados Unidos operó a través de dos vías paralelas. En primer lugar, el Track I o Vía Político–Electoral. Supervisada por el Embajador Edward Korry en Santiago, buscaba influir en el Congreso para evitar la votación en favor de Allende. Se trataba de convencer a los congresistas, en particular de la DC, de votar por Alessandri. Una vez electo, renunciaría para convocar a nuevas elecciones, permitiendo que Frei Montalva se presentara como candidato (impedido constitucionalmente de reelección inmediata) y derrotara a Allende. Ello se combinó con una campañas de desinformación y una fuga provocada de capitales para instalar un clima de caos económico antes de la ratificación.

Por otro lado, el Track II planteaba la vía a un Golpe Militar. Ordenada en secreto por Nixon al director de la CIA, Richard Helms, consistía en instigar un golpe antes de la toma de mando de Allende. Para ejecutarlo, la CIA contactó en Santiago con dos sectores complotados. El primero era el General (r) Roberto Viaux, líder del conato golpista del “tacnazo” de octubre de 1969, que había logrado articular una articulación de colectivos de ultraderecha y de la derecha radical, que incluían desde neonazis y neofascistas hasta sectores alessandristas, como el gremialismo formado por Jaime Guzmán en la Universidad Católica de Chile.

También tomaron contacto con el General Camilo Valenzuela, Jefe de la Plaza Militar de Santiago, quien mantenía vínculos con otros mandos de las Fuerzas Armadas.

Ambos grupos coincidían con la CIA en un diagnóstico: mientras el General René Schneider estuviera al mando del Ejército, no habría intervención militar. La CIA aprobó un plan para secuestrar a Schneider, declarar el estado de sitio, clausurar el Congreso y anular la elección presidencial.

Tras dos intentos fallidos de secuestro (los días 19 y 20 de octubre), el complot se ejecutó la mañana del 22 de octubre de 1970. Un comando vinculado a Viaux emboscó el vehículo oficial de Schneider en la intersección de las calles Martín de Zamora con Américo Vespucio. El General intentó repeler a los atacantes desenfundando su arma de servicio. Frente a la resistencia, los golpistas le dispararon a quemarropa. Gravemente herido, fue trasladado al Hospital Militar, donde falleció el 25 de octubre.

El jefe del comando era el viejo nacista Juan Diego Dávila. Según estableció la investigación judicial los disparos que provocaron la muerte de Schneider procedieron de jóvenes del movimiento gremialista.

Lejos de desencadenar el quiebre institucional, el atentado generó una conmoción pública y un rechazo transversal en el país. El Presidente Eduardo Frei Montalva decretó estado de sitio y nombró como nuevo Comandante en Jefe al General Carlos Prats, quien reafirmó la Doctrina Schneider y el apego a la Constitución. El Congreso Pleno sesionó el 24 de octubre, dos días después del atentado, y ratificó holgadamente a Salvador Allende.

Las conspiraciones también contaron con apoyo logístico, financiero y mediático de sectores de la elite económica y política. Empresarios y dirigentes vinculados con el Partido Nacional y la Democracia Radical, una fracción de derecha del radicalismo, así como los gremios empresariales, aportaron cobertura y recursos para la logística de la red golpista.

El magnicidio de Schneider fue el primer antecedente directo de la intervención encubierta de los Estados Unidos que culminaría con el Golpe de Estado de 1973. Tres años antes no pudieron impedir que el pueblo ingresara a La Moneda con Salvador Allende.

Víctor Osorio.

Crónica Digital.

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