LOS DOS TERCIOS VAN HACIENDO SU TRABAJO: PONER LA PELOTA EN EL PISO
Por Patricio Fernández -  27 Febrero, 2022 – El Mostrador El Proceso Constituyente sigue su curso. Se equivocan quienes creen cuidarlo rechazando las voces críticas. Nuestra deliberación requiere de todas ellas. Pero también aquellos que quisieran ponerle una lápida. Vivimos días determinantes en los que todo se halla en juego, y así como hay buenas …

Por Patricio Fernández -  27 Febrero, 2022 – El Mostrador

El Proceso Constituyente sigue su curso. Se equivocan quienes creen cuidarlo rechazando las voces críticas. Nuestra deliberación requiere de todas ellas. Pero también aquellos que quisieran ponerle una lápida. Vivimos días determinantes en los que todo se halla en juego, y así como hay buenas razones para preocuparse, también las hay para tener esperanzas. Esta historia da sorpresas estimulantes en los precisos momentos en que la inquietud se apodera de muchos. Falta, y es deber de todos los demócratas poner lo mejor de sí para que arribe a buen puerto y consigamos ese nuevo acuerdo comunitario que muchos aguardan, en el que todos nos sintamos vistos y reconocidos, y donde las diferencias no sean motivo de desprecio ni desconfianza, sino parte de una inteligencia colectiva en la que nadie sobra.

Hay días que empezamos a sesionar a las 9.30 horas y terminamos pasada medianoche. Muchos de esos días, antes de llegar al edificio del Congreso, los convencionales tenemos encuentros vía zoom con organizaciones que piden audiencias o entrevistas con medios de comunicación de todo tipo.

Esta semana, en la comisión de Derechos Fundamentales, votamos casi 800 indicaciones, una tras otra, con pausas que no alcanzan para ir al baño. Si alguien tiene la necesidad, debe correr con el teléfono en la mano por si no alcanza a regresar antes de que el secretario comience a leer el primer apellido de cada uno de los rezagados: “Grandón, Cantuarias, Fernández, Celedón…” Votamos a través de un sistema instalado en nuestros celulares.

Estamos trabajando a un ritmo no solo agotador, sino incesante. Apenas tenemos tiempo para reaccionar ante lo inmediato. Por lo general, nuestros equipos de asesores deben pensar por nosotros, porque entre una votación y otra, una presentación y la siguiente, un pleno y una comisión, casi no queda espacio para reflexionar. Rara vez tenemos un fin de semana desocupado. Ayer sábado, en mi comisión, votamos desde las 10 horas hasta las 18 horas., parando entre las 2 y las 3 para almorzar. En realidad, no queda espacio para nada.

A este ritmo, es prácticamente imposible ver más allá de lo inminente. Como en esas playas repletas de olas, no alcanzamos a levantar la cabeza de una cuando llega la otra. A veces descubrimos el error de una norma propuesta justo antes de apretar el botón para aprobarla, y rectificamos. Otras veces se nos pasan. Felizmente, las instancias de corrección todavía existen, pero hay noches en que dan ganas de levantar los brazos y llamar a un salvavidas.

No hay espacio para saber lo que sucede en la comisión de al lado. Las reuniones de los colectivos para compartir la información son cada vez menos frecuentes y es muy raro que puedan llegar todos. Suele haber unos cuantos que a la misma hora deben participar de otra inexcusable. Es frecuente que nos enteremos de lo que está sucediendo en otros ámbitos de la Convención leyendo la prensa o escuchando noticiarios de trasnoche, justo antes de dormirnos, luego de programar los minutos para que el televisor se apague solo.

“¿Cómo vamos convencional XXX?” “Muerto” contestan unos. “Muerta” contestan otras. “Ayer te veías demacrado. ¡Dabas pena!”, me dijeron quienes repararon en mi cara después de una tarde en que participé por vía remota. “Hay que tener cuidado con el zoom”, me advirtió Ossandon, “realza los defectos. Viera, en todo caso, está peor que tú”. Un día antes, Ossandón había participado de manera telemática sin sacarse el casco de la motocicleta. Al parecer, venía escuchando la discusión en curso y, al sentirse agredido por uno que acusó a los derechistas de recibir dinero de las grandes empresas para sus campañas, detuvo la moto y, sin bajarse, le respondió indignado con los cachetes empaquetados y la visera a media altura.

Se ven ojeras, arrugas y encorvamientos que al comenzar no existían. Siluetas medio fantasmales que deambulan lento y con las mechas desordenadas. Varios están teniendo problemas con sus parejas y los que han sido padres durante el proceso escuchan recriminaciones con frecuencia. Las madres se lamentan del abandono en que tienen a sus niños. No faltan quienes se han enfermado y supe de uno que cuando volaba a su región escuchó por los parlantes que, por problemas de clima, el avión volvería al punto de partida, y no pudo contener el llanto.  No encontró las fuerzas para soportar el dato de que esa noche nuevamente dormiría poco y sin los suyos.

Es frecuente que para ponerle paños fríos a las discusiones que estallan tras horas de presentaciones y sufragios, aparezca quien intenta calmar los ánimos recordando que estamos cansados: “Un esfuerzo más, nos falta menos”. Quienes trabajan con y para nosotros experimentan la misma suerte. Sorprende el compromiso de la inmensa mayoría. La conciencia de que es mucho lo que se juega aquí es compartida por funcionarios y convencionales.

Es cierto que la presión por cumplir un plazo fuerza resultados que de otro modo podrían eternizarse, pero aquí la calidad de la entrega no da lo mismo.

Se trata de una carrera contra el tiempo. En principio, si no entregamos el texto terminado el día 4 de julio, no tendremos nueva Constitución y seguirá rigiendo la del 80. Cunde la convicción de que la ciudadanía vería con pésimos ojos una demanda por extender los plazos. El encargado de concederlo, para peor, es el Parlamento y por los pasillos se repite que no estaría dispuesto, mucho menos ahora que ronda la idea de terminar con la institución del Senado tal como la conocemos, cosa que los tiene furiosos.

Con todo, nos vendría bien una pausa. Un par de días de análisis conjunto para poner las cosas en perspectiva, tener diálogos políticos que nos permitan afinar la puntería, escucharnos sin la obligación de concluir inmediatamente, avanzar entre todos y todas hacia una idea de conjunto, una idea de Constitución, de “casa común”. La imagen se ha repetido tanto que resulta aburridora, pero es verdad que, si los ladrillos que vamos pegando no responden a un plano general, arriesgamos terminar con una construcción inhabitable. Lo he conversado con muchos, de las más distintas posiciones ideológicas, y la inmensa mayoría comparte esta inquietud, pero a todos nos cuesta dar el paso. ¿Cómo hacerlo? “¿Concretamente, ¿qué propones?”, responden. Por ahí escuché que la universidad del CRUCH tenían una idea.

Los espíritus épicos responden “no es momento de pensar en nosotros”, “todo sacrificio es poco a la hora de cumplir con la responsabilidad que el pueblo puso sobre nuestros hombros”, “al menos nosotros estamos dispuestos a todo con tal de no fallarle”. Pero no se trata de eso. Dichas respuestas son evidentemente demagógicas. No hay más compromiso y dedicación en aquellos que se lo atribuyen a sí mismos con impudicia. Se trata de hacer nuestro trabajo bien, y no es para nada descartable que una pausa reflexiva nos permita ganar tiempo. Que saliendo de la avalancha descubramos caminos que cuesta ver inmersos en la rodada. Es cierto que la presión por cumplir un plazo fuerza resultados que de otro modo podrían eternizarse, pero aquí la calidad de la entrega no da lo mismo. Una nueva Constitución, así nos puede sacar de un embrollo como meter en otro.

Mientras tanto, los 2/3 cumplen su misión. Ha resultado ser una fórmula sorprendentemente estabilizadora. Cuando los primeros informes de las comisiones llegan al pleno y se ven expuestos a esta voluntad supra mayoritaria, aquello que se aleja del sentido común no consigue pasar la prueba. Ya lo han sufrido las comisiones de Sistema de Justicia, de Forma de Estado y a fines de esta semana, la de Sistemas de Conocimiento. El pleno consigue imponer esa mirada de conjunto que perdemos al encerrarnos, pero no creo que un mensaje dado a golpe de escrutinios sustituya esa reflexión calma que da el diálogo. Obliga, eso sí, a buscar los puntos comunes por sobre los particularismos y las propias obsesiones. Quien permanece preso de ellas, no llega con sus propuestas a la meta. Es cierto que avanzamos hacia un exceso de normas -algo de esto podría matizarse si ponemos en común la suma de inquietudes-, pero aquellas que se engolosinan con la posibilidad de detallar las respuestas, ven frustrados sus esfuerzos. Para reunir en torno suyo la aprobación de 103 constituyentes, una norma presentada al pleno debe cuidar cada palabra de más. Aquí, de manera terminante, los adjetivos, como decía Vicente Huidobro, “cuando no dan vida, matan”.

El Proceso Constituyente sigue su curso. Se equivocan quienes creen cuidarlo rechazando las voces críticas. Nuestra deliberación requiere de todas ellas. Pero también aquellos que quisieran ponerle una lápida. Vivimos días determinantes en los que todo se halla en juego, y así como hay buenas razones para preocuparse, también las hay para tener esperanzas. Esta historia da sorpresas estimulantes en los precisos momentos en que la inquietud se apodera de muchos. Falta, y es deber de todos los demócratas poner lo mejor de sí para que arribe a buen puerto y consigamos ese nuevo acuerdo comunitario que muchos aguardan, en el que todos nos sintamos vistos y reconocidos, y donde las diferencias no sean motivo de desprecio ni desconfianza, sino parte de una inteligencia colectiva en la que nadie sobra.

GENTILEZA DEL MOSTRADOR