PERSISTIR, CORREGIR Y CAMBIAR: PISTAS PARA LA SEGUNDA VUELTA

Por: Álvaro Ramis. Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital

Crónica Digital 12 noviembre, 2025

La izquierda llega a la segunda vuelta entre el desgaste y la incertidumbre. Pero aún tiene margen para reconstruir confianza si distingue con claridad en qué debe persistir, qué debe corregir y qué debe cambiar de raíz.

El ciclo político actual plantea un panorama desafiante para la izquierda chilena. El gobierno del Presidente Gabriel Boric entra en su recta final en medio del desgaste y la crítica de amplios sectores ciudadanos, mientras la derecha radical gana terreno capitalizando el malestar. Al mismo tiempo, se percibe un cierto vacío de horizonte programático y una ansiedad que nubla el juicio. En este contexto, lo peor sería dejarse arrastrar por el pánico o la mera reactividad. De cara a la segunda vuelta, el primer deber es pensar estratégicamente; el segundo —y quizás más difícil— es distinguir con claridad en qué persistir, qué corregir y qué cambiar de raíz.

La ansiedad es una pésima consejera. Empuja a abandonar convicciones en nombre del pragmatismo o, por el contrario, a aferrarse a dogmas desconectados de la realidad. Frente a un adversario que simplifica y polariza, la tentación de esconder las banderas o de agitarlas con mayor vehemencia es grande. Ambas conducen al fracaso. Lo que se necesita es una lectura serena, pero valiente, de los errores y aciertos, propios y ajenos.

En ese ejercicio, hay principios en los que la izquierda debe persistir sin titubeos: la lucha por una distribución justa de la riqueza, el acceso universal a bienes públicos de calidad, la defensa de los derechos laborales y el derecho efectivo a una salud, educación y vivienda dignas. Esa es la dimensión material de la igualdad, la que incide directamente en las condiciones de vida de la mayoría. En tiempos de incertidumbre económica, estas banderas no pierden vigencia: se vuelven más urgentes. Renunciar a ellas sería traicionar la esencia misma del proyecto progresista.

También hay causas que deben mantenerse, pero que requieren corrección. Las luchas por el reconocimiento y la dignidad —de los pueblos originarios, de las mujeres, de las diversidades sexuales y de las personas migrantes— son justas y necesarias. El problema no ha estado en el fondo, sino en la forma: un lenguaje muchas veces percibido como distante, moralizante o demasiado académico, que facilitó a la derecha caricaturizar estas causas como “agendas elitistas”. La tarea es construir una narrativa más integradora, que explique con sencillez que la dignidad de cada persona es la base de una sociedad más justa, y que los derechos de unos no se oponen a los de otros, sino que se entrelazan en la misma trama democrática.

Por último, hay aspectos que la izquierda debe cambiar de manera decidida y dar señales concretas de enmienda. Varias experiencias latinoamericanas recientes muestran que no hay futuro en la concentración del poder ni en la tolerancia con la corrupción. La izquierda chilena debe desmarcarse sin ambigüedades de esos vicios. Es hora de reivindicar la institucionalidad democrática, fortalecer los contrapesos y erradicar el clientelismo disfrazado de política social. El uso instrumental del gasto público no solo erosiona la confianza en el Estado, sino que alimenta el desencanto y deja el terreno fértil para el avance del autoritarismo.

El desafío, entonces, es construir una síntesis integradora: una izquierda que hable con la misma pasión de un salario digno y del respeto a la diversidad; que defienda las instituciones con la misma fuerza con que combate la desigualdad. Persistir en lo esencial, corregir lo que se comunica mal y cambiar lo que se hizo mal no es señal de debilidad, sino de madurez política. Solo así podrá ofrecer una alternativa creíble y esperanzadora.

La segunda vuelta no debería ser el final de un ciclo, sino la oportunidad de un nuevo comienzo. Si la izquierda logra unir convicción con autocrítica, y esperanza con realismo, puede volver a hablarle al país completo. Persistir, corregir y cambiar no es un eslogan: es la ruta para reconstruir la confianza y abrir un horizonte de futuro compartido.

Álvaro Ramis

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