Por Antu - Para UTE-NOTICIAS - 24 de diciembre 2025
El Premio Nobel de la Paz nació con una intención clara y profundamente ética. Alfred Nobel, marcado por el uso destructivo de sus propias invenciones, quiso dejar un legado que honrara a quienes trabajaran por la fraternidad entre las naciones, la reducción de los ejércitos y la resolución pacífica de los conflictos. La paz, para Nobel, no era un eslogan: era un principio moral y político.
Sin embargo, en las últimas décadas, ese principio ha sido progresivamente vaciado de contenido.
El caso de la Premio Nobel de la Paz Carolina Machado —quien ha sostenido públicamente la necesidad de una intervención extranjera, incluso militar, en su propio país, arrastrándolo a una guerra de consecuencias imprevisibles— representa una de las contradicciones más graves en la historia del galardón. ¿Cómo puede llamarse “premio de la paz” a un reconocimiento otorgado a quien legitima la violencia, la invasión o la destrucción de su propia sociedad en nombre de una causa supuestamente superior?
Promover la guerra no es un acto de valentía moral. Invocar ejércitos extranjeros, sanciones devastadoras o conflictos armados no es defender a un pueblo: es convertirlo en campo de batalla de intereses ajenos. La historia de América Latina, de Medio Oriente y de África está llena de ejemplos trágicos de lo que ocurre cuando la “ayuda humanitaria” llega en forma de bombas.
Cuando una persona laureada con el Nobel de la Paz llama a la intervención, se produce una inversión perversa del sentido original del premio. La paz deja de ser un fin y pasa a ser un pretexto. El diálogo es reemplazado por la fuerza. La soberanía popular, por la tutela externa. La vida de millones, por una abstracción geopolítica.
Alfred Nobel no concibió este premio para premiar alineamientos con las potencias dominantes, ni para legitimar proyectos de guerra “justa”, “preventiva” o “humanitaria”. Lo pensó como un reconocimiento a quienes reducen el sufrimiento humano, no a quienes lo administran desde un podio moral.
Hoy, el Premio Nobel de la Paz corre el riesgo de convertirse en un instrumento político más, funcional a un orden internacional que habla de derechos mientras practica la guerra, que invoca la paz mientras siembra destrucción. Cuando esto ocurre, no es el premiado quien engrandece al Nobel: es el Nobel el que se degrada.
Recuperar el espíritu de Alfred Nobel implica una tarea urgente: decir con claridad que no hay paz sin soberanía, que no hay derechos humanos bajo las bombas, y que ninguna causa justifica empujar a un país entero hacia la guerra.
La paz no se impone. La paz no se invade . la paz se construye.
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