EL CONTENIDO QUE NADIE NOMBRA

Martina Alarcón Salvatierra - Estudiante de Administración Pública y Ciencia Política, Universidad de Talca. – El Desconcierto – 04-02-2026

El eufemismo "creadora de contenido" no describe una actividad; encubre un pacto de silencio colectivo. Que 2.5 millones de chilenos paguen por algo que el 74% considera equivalente a prostitución sugiere que la pregunta relevante no es si el trabajo sexual debe existir, sino por qué seguimos fingiendo que no sabemos de qué hablamos.

Cuando Arsmate comenzó en Chile, su gerenta comercial lo explicó sin rodeos: "Nadie pagaba por ver contenido artístico”. La plataforma, creada originalmente para artistas, encontró su modelo de negocio en otro rubro. En cuatro años pasó de 500 a 99.000 creadoras -un crecimiento de 19.700%- con ventas estimadas de $20 mil millones para 2024. El 96% son mujeres. El Servicio de Impuestos Internos (SII) lo confirmó indirectamente: de los influencers fiscalizados en 2024, el 96% operaba en Arsmate. Así las “creadoras de contenido”, han acaparado la palestra pública.

Para clarificar conceptos, es importante precisar que los creadores de contenido producen material original sobre temas específicos en diversos formatos, el cual comparten con su audiencia mediante distintas estrategias. Se distinguen de los influencers, quienes poseen grandes comunidades, pero no se dedican exclusivamente a promocionar productos. Muchos influencers comenzaron como un hobby, cuando las redes sociales no rendían ingresos.

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De todas maneras, puede existir una intersección entre ambas figuras: un influencer consolidado puede dedicarse también a crear contenido publicitario. No obstante, estos conceptos son informales y poseen límites difusos. La frontera aún es borrosa entre ambos conceptos, aunque los usuarios frecuentes de internet suelen identificarlos con cierta facilidad.

Esta ambigüedad ha dejado espacio para incluir una amplia gama de contenidos en la categoría. En este caso, el término “creadora de contenido” funciona como dispositivo de neutralización semántica, encubriendo la actividad de fondo que se realiza, que es el trabajo sexual a través de medios digitales. En Chile, según Cadem (febrero 2025), el 74% de la población considera que tener un perfil en estas plataformas (como Arsmate) equivale a ejercer la prostitución. El problema central de este fenómeno no es el espacio de imprecisión entre las categorías. El ocuparlo como un eufemismo permite que la conversación pública evite sistemáticamente una pregunta obvia: ¿qué contenido exactamente se crea?

La paradoja se vuelve más interesante cuando observamos el tratamiento diferenciado de los actores involucrados. El discurso dominante celebra a las creadoras como emprendedoras empoderadas -dueñas de su cuerpo, su tiempo, su negocio- mientras ridiculiza a los consumidores como simpsincels o solitarios patéticos. Pero el modelo de negocio tiene una verdad incómoda: requiere consumidores masculinos masivos. Arsmate reporta 2.5 millones de suscriptores en Chile. Alguien está pagando, aunque nadie lo admita. Esta asimetría revela la función social del eufemismo: opera simultáneamente en tres direcciones.

Para la creadora, permite evadir el estigma histórico del trabajo sexual, proyectando una imagen de empoderamiento e independencia. Para el consumidor, ofrece anonimato moral, ya que paga por "contenido", no por sexo, por lo tanto su comportamiento no deviene en un actuar abusivo, sino de consumo. Para el observador externo, habilita la abstención cómoda: si nadie nombra lo que ocurre, nadie opina al respecto, entonces, no hay un problema palpable que deba ser discutido.

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Las consecuencias, sin embargo, son asimétricas. Cuando se reveló que la periodista María Paz Arancibia tenía cuenta en Arsmate, perdió su trabajo en CHV. El estigma que el eufemismo pretende neutralizar reaparece cuando la identidad se expone. Este fenómeno se invisibiliza debido al intenso debate que trae consigo y la alta carga moral que se le atribuye, a pesar de esto, quienes se presentan como creadores de contenido para adultos, son juzgados de una u otra manera.

Los consumidores, en cambio, permanecen anónimos. Su vergüenza es privada y su demanda invisible, pero cuantificable en millones. Las externalidades negativas de esta industria son absorbidas sólo por quienes producen este tipo de contenido, el reproche social no alcanza a los consumidores porque son una masa sin rostro, a diferencia de quienes se presentan así mismos en estas plataformas.

Leticia Dolera formuló la pregunta incómoda: si esto es tan empoderante y lucrativo, ¿por qué no hay hombres haciéndolo en proporciones similares? La respuesta, que el mercado sexual sigue estructurado por la demanda masculina heterosexual, desarma tanto el discurso del empoderamiento como la crítica superficial a los consumidores. Es un sistema de interdependencia donde ambos polos se necesitan, pero solo uno es visible y solo uno es estigmatizado según convenga.

Nada de esto constituye un juicio moral sobre quienes participan del mercado. Es, más bien, un análisis de cómo opera el lenguaje cuando una sociedad consume masivamente algo que no puede nombrar. El eufemismo "creadora de contenido" no describe una actividad; encubre un pacto de silencio colectivo. Que 2.5 millones de chilenos paguen por algo que el 74% considera equivalente a prostitución sugiere que la pregunta relevante no es si el trabajo sexual debe existir, sino por qué seguimos fingiendo que no sabemos de qué hablamos.

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