Marcelo Mella Polanco – Docente de la USACH - 14 de Abril 2026
En abril de 2026, el tablero internacional ha sufrido cambios que redefinirán las lealtades en el hemisferio occidental. Lo que en el pasado representaba una simbiosis ideológica entre Donald Trump y la derecha radical europea ha mutado en una fase de distanciamiento pragmático y aislacionismo unilateralista. El tránsito del eslogan “MAGA” (Make America Great Again) al “MEGA” (Make Europe Great Again) -adoptado formalmente en 2024 por la alianza Patriotas por Europa- prometía una red global de soberanismo coordinado.
El gobierno de Hungría, liderado por el primer ministro Viktor Orbán, lo adoptó como lema oficial de la presidencia rotatoria húngara del Consejo de la Unión Europea (que empezó el 1 de julio de 2024) y fue popularizado con un video en X y un logotipo inspirado en el cubo de Rubik (invento húngaro).
Sin embargo, este alineamiento se ha visto fracturado por la guerra de la administración Trump contra Irán. El rechazo de los aliados de la OTAN a desplegar activos navales en el estrecho de Ormuz, seguido por la amenaza de Trump de una retirada estadounidense de la alianza atlántica, ha forzado a los líderes populistas a una elección existencial. Hoy, el afecto personal se ha disuelto ante la cruda realidad de la autarquía estratégica impulsada por Trump: para los líderes europeos, la lealtad ciega a Washington ha pasado de ser un activo ideológico a representar un riesgo inminente de “suicidio político” ante sus respectivos electorados.
Para los países europeos la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán y su consecuencia inmediata con el cierre del estrecho de Ormuz genera una compleja combinación de consecuencias: energía cara, crecimiento débil, inflación persistente y mayor fragilidad política.
Las potencias del sur de Europa perciben el conflicto iraní no solo como un error de cálculo diplomático, sino como un catalizador de inestabilidad interna y una transgresión del orden legal internacional. En esta región, la proximidad a los focos de conflicto y la fragilidad de los equilibrios internos han priorizado la supervivencia nacional sobre la retórica transatlántica.
La primera ministra Giorgia Meloni, otrora la aliada más sólida de Trump en el Mediterráneo, ha ejecutado un viraje estratégico. Su gobierno negó recientemente el uso de las bases aéreas en Sicilia para incursiones estadounidenses en Oriente Medio, un acto de soberanía que busca mitigar el profundo sentimiento antimilitarista de la sociedad italiana. Este distanciamiento no es casual: Meloni se encuentra en una posición de vulnerabilidad política tras su derrota en el referéndum sobre las reformas judiciales, lo que la obliga a blindar su flanco interno. Al cuestionar la legalidad internacional de la guerra, busca despojarse de la etiqueta de “subordinada” a Washington. Deborah Bergamini, portavoz de asuntos exteriores de Forza Italia, sintetizó esta postura con una contundencia quirúrgica: “Italia no está en guerra y no tiene intención de entrar en ella”.
Por su parte, Marine Le Pen ha adoptado una postura de condena frontal hacia los “objetivos bélicos erráticos” de la Casa Blanca. A pesar de que Trump la respaldó públicamente durante sus recientes crisis judiciales, Le Pen ha priorizado la estabilidad doméstica. Su crítica se centra en la ejecución de ataques “a ciegas” que han disparado la volatilidad de los mercados de crudo, afectando directamente los precios del combustible, el termómetro electoral más sensible para su base de apoyo en la Agrupación Nacional (RN). Para Le Pen, la intervención externa es un modelo agotado que amenaza la cohesión económica de Francia.
Alemania, núcleo logístico de las tropas estadounidenses en Europa, vive una ruptura crítica. La deriva de Alternativa para Alemania (AfD) representa el colapso del apoyo en el epicentro del movimiento MEGA. La relación entre Alice Weidel y la administración Trump-Vance —que alcanzó su cénit con entrevistas promocionadas por Elon Musk y reuniones con el vicepresidente Vance— ha entrado en una fase de hostilidad abierta.
Tino Chrupalla, colíder de la AfD, ha calificado a Trump como el “presidente de la guerra”, exigiendo la retirada total de las fuerzas estadounidenses del suelo alemán. El punto de inflexión moral se produjo tras el ataque en Minab, donde el uso de misiles Tomahawk resultó en la muerte de 175 civiles en una escuela, un evento que la AfD ha etiquetado sin ambages como “crimen de guerra”. Sin embargo, el factor determinante es el pragmatismo económico: el bloqueo del estrecho de Ormuz ha disparado los costes energéticos, alienando a una derecha alemana que ya no ve en el trumpismo un modelo de estabilidad, sino una fuente de caos sistémico. A esto se suma el resentimiento acumulado por las pretensiones de Trump sobre Groenlandia y las amenazas a la soberanía danesa, factores que, según Anders Vistisen (Partido Popular Danés), han convencido a los “partidos patrióticos” de que Washington practica un soberanismo transgresor que ignora los intereses europeos.
La cohesión interna de los Patriotas por Europa se pone a prueba ante la diversidad de intereses nacionales. Mientras en España el líder de Vox, Santiago Abascal, ha pasado del apoyo entusiasta inicial a un silencio sepulcral, en el flanco oriental la respuesta es de una cautela quirúrgica.
En Polonia y Hungría, la “ambigüedad estudiada” de Viktor Orbán refleja su dilema. Hasta ahora ha sido el aliado más cercano de Trump, pero la sensibilidad extrema de Hungría a los precios de la energía le impide avalar públicamente la escalada militar. Más aún, con la derrota en las elecciones parlamentarias de este 12 de abril, Orban ha pagado un alto costo por la proximidad con Trump, estableciendo un poderoso precedente de los efectos de las lealtades ciegas para otros gobernantes y líderes de la derecha radical.
Simultáneamente, el entorno del presidente polaco Karol Nawrocki ha expresado su malestar por la falta de consulta estratégica de EE. UU. con sus aliados más cercanos en Europa La excepción notable es Geert Wilders en los Países Bajos, cuya retórica pro-Israel y anti-Islam lo mantiene como el único líder de peso que celebra los ataques contra Teherán, posicionándose como una anomalía dentro del consenso de cautela europeo.
Por su parte en Latinoamérica los presidentes Javier Milei y J.A. Kast parecen estar dispuestos a asumir la tesis de las áreas de influencia bajo Trump y los gigantescos costos derivados de sus errores estratégicos. Políticamente, Milei está en una fase de sobreidentificación internacional con Trump, mientras que Kast está en un momento de vulnerabilidad doméstica por el contagio económico. Si el frente iraní sigue deteriorándose y el petróleo permanece arriba de los US$100 por barril, el daño para Kast vendrá por inflación, transporte y protesta. Para Milei, además de eso, vendrá por reputación internacional y por aparecer asociado a una apuesta geopolítica fallida. Reuters reportó que el Brent volvió a subir por encima de US$100 tras el fracaso de las conversaciones en Islamabad y el posterior anuncio del bloqueo por parte de Trump.
La guerra de Irán ha marcado el límite de la influencia global del trumpismo, transformando una alianza de creencias en una lealtad transaccional con límites. El modelo de populismo transatlántico que subyace en el ecosistema neorreaccionario, se encamina hacia una desconexión con Washington difícil de revertir, dando paso a un nacionalismo europeo que prioriza autonomía y estabilidad continental. En definitiva, la política exterior de Donald Trump ha dejado de ser el faro que guiaba a la derecha europea para convertirse en su mayor amenaza electoral.
El sueño del “MEGA” coordinado se ha fragmentado, revelando que, en el nuevo orden populista de la derecha radical europea, la soberanía nacional hasta hoy prevalece sobre la identificación incondicional. Sin embargo, en Latinoamérica aún quedan un par de excepciones de lealtad o subordinación inquebrantable a Trump que prefieren hipotecar su supervivencia política a salir de este ecosistema cada vez más deteriorado. Esto, incluso cuando esta lealtad colisione con creencias fundamentales de la tradición occidental y de sus propios espacios políticos.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
