NO ERES CLASE MEDIA. ERES UN ROTO. Y ESO ES MÁS GRANDE.

Por: Marco V.

El Ciudadano. 27 Abr 2026.

¿Existe la clase media? Depende de a quién le preguntes. Para Marx es un mito. Para Weber es algo más que dinero. Y para millones de chilenos que viven de su sueldo, pero no tienen bienes, es una ilusión a punto de romperse. Lo que sigue es un ajuste de cuentas entre Marx y Weber, y una conclusión incómoda: el chileno que se cree clase media es en realidad otra cosa. Algo más antiguo. Algo más grande.

I. El espejo del minero

¿Existe la clase media?

Antes de responder, pensemos en alguien que podría serlo. Un minero de Antofagasta. Gana sobre dos millones de pesos mensuales. Se compró una camioneta. Un candidato presidencial dijo una vez, en un foro de minería, que los mineros merecían “enchular a la vieja”. La frase escandalizó a la prensa. Después el candidato se sacó los pillos diciendo que se refería a enchular a la vieja camioneta, pero el minero había entendido otra cosa: no era machismo barato, era orgullo popular. El orgullo de poder darle dignidad a los suyos después de años de sacrificio.

Ese minero tiene billete. Pero no tiene bienes. Si lo despiden mañana, la camioneta se la lleva el banco. Si se enferma, el seguro cubre hasta cierto tope. Bastan tres meses de cesantía para volver a la pobreza de la que salió.

Ahora miremos al lado. Un veterinario que ha invertido en especializarse. Un profesor de colegio municipal. Un feriante que madruga. Una dueña de casa que vende por internet. Un técnico en enfermería. Un abogado sin pituto. Ninguno se conoce. Quizás votan distinto. Pero comparten una misma verdad: viven de su sueldo, no tienen bienes, y están a un diagnóstico médico, a un despido, a una crisis de perder lo poco que construyeron.

Todos ellos se consideran clase media. Es lo que la élite y los medios les impusieron como única realidad posible. Y por si fuera poco, cuando la derecha demuestra que su único proyecto es aumentar las desigualdades, aparece la izquierda progresista con su “disfruten lo votado”, burlándose del facho pobre engañado por Kast. Como si cuando les tocó gobernar ellos no hubieran firmado el TPP-11, traicionando también a los que votaron por ellos. Como si no hubieran administrado el mismo fundo cuando les tocó. La burla no es resistencia: es la complicidad del que se siente superior.

II. Marx, Weber y Doña Florinda: la trampa perfecta

La clase media es un invento. No lo digo yo: lo dice la historia, la teoría y las cifras.

Para Karl Marx, las clases se definen por su relación con los medios de producción. O eres dueño de los medios o eres dueño de tu fuerza de trabajo. No hay tercera opción. La pequeña burguesía estaba condenada a ser absorbida por el proletariado. En lo económico, Marx tuvo razón: en Chile se fabricaban televisores, automóviles, zapatos. Las multitiendas y los tratados de libre comercio barrieron con todo.

Pero la clase no es solo economía. Max Weber lo vio con más claridad: es prestigio, honor, identidad. Es el respeto que te da tu comunidad, no el que te compras con una tarjeta de crédito. Ese minero no quiere ser millonario: quiere que sus hijos estén mejor, pero sin desarraigarse. Eso no es codicia: es arraigo. Y en ese plano, Weber supera a Marx, porque la explotación económica no basta para explicar la identidad de un pueblo.

El neoliberalismo hizo ambas cosas. Destruyó la base material —como predijo Marx— y suplantó la identidad —como advirtió Weber— con una aspiración vacía. Te dijo “eres clase media” para que no te juntes con el obrero, con el feriante, con esa chusma. Como Doña Florinda en la vecindad del Chavo: “Vámonos, tesoro. No te juntes con esta chusma”. Lo gritaba desde su propia miseria, pero se sentía superior porque su difunto esposo había sido capitán de barco. El síndrome de la vieja levantada de raja: se auto percibe de una clase a la que no pertenece, y desde esa fantasía desprecia a los suyos.

III. La fábrica de obedientes

Guy Standing lo bautizó como precariado: personas con alta instrucción pero sin seguridad laboral, sin identidad profesional, sin horizonte. Zygmunt Bauman habló de “modernidad líquida”: el trabajo ya no es un ancla, sino un salvavidas que se desinfla cada pocos años. Ambos describen lo mismo: la vieja clase media se funde con el proletariado, pero sin la conciencia de clase del obrero del siglo XX.

Pero el neoliberalismo logró algo peor: que te sintieras libre mientras te hundías. Byung-Chul Han lo explica con una imagen brutal: ya no vivimos en la sociedad del panóptico, donde un vigilante te castiga. Vivimos en la sociedad del rendimiento, donde el vigilante está dentro de tu cabeza. Tú mismo te exiges, te explotas, te dices “yo puedo más”. Y te sientes libre mientras lo haces.

Ese vigilante no siempre estuvo adentro. Antes era de carne, hueso y pistola. En la hacienda colonial, un capataz. En la fábrica industrial, un supervisor. Siempre hubo alguien que administraba, vigilaba y, si era necesario, castigaba. Hoy el capataz se metió en tu cabeza. Ya no necesitas que nadie te amenace: tú mismo lo haces. Y cuando hay mano de obra de sobra, ni siquiera hace falta el grito. El peón al borde del camino era el verdadero capataz. El inquilino callaba porque sabía que al lado siempre había otro dispuesto a ocupar su lugar. Hoy callas porque siempre hay alguien más necesitado que tú. La élite lo sabe. Siempre lo supo.

Esa es la trampa del falso emprendedor. Monta un negocio, trabaja doce horas, no puede enfermarse. Se cree capitalista porque es “su propio jefe”. Pero no tiene empleados, no tiene capital, no tiene rentas. Tiene un autoempleo precarizado. Si cierra un día, no come. Si cierra un mes, se va a la calle. Han lo resume: “El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo hasta quedar destruido”. No hace falta un patrón que te eche. Basta con que te creas culpable de tu propio fracaso.

Sobre eso se monta la mentalidad de tiburón. Levántate a las cinco. Sé tu propio jefe. El pobre es pobre porque quiere. La meritocracia es una teología laica: el éxito es virtud, el fracaso es pecado. Los datos la desmienten con crueldad: el 90% de los que nacen pobres mueren pobres, y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, sin importar el esfuerzo¹. Las excepciones —el hijo del obrero que llega a la universidad, la pobladora que levanta un negocio— son exactamente eso: anécdotas que confirman la regla. Pero a la élite le conviene que creas lo contrario. Si te convenzo de que tu precariedad es culpa tuya, jamás mirarás hacia arriba. Jamás preguntarás por qué el 1% concentra casi la mitad de la riqueza². Jamás te unirás al feriante, al obrero, al cesante.

Las cifras lo confirman. El 10% más rico se lleva la mitad del ingreso nacional. La clasificación ABC1, C2, C3 es una herramienta de marketing de 1987³. No clasifica ciudadanos: clasifica consumidores.

La trampa del ingreso medio es invisible. Ganas demasiado para el subsidio de vivienda, demasiado poco para un crédito. Condenado al arriendo de por vida. Cuando llegue la jubilación, una pensión que no alcanza ni para el arriendo te espera. No es un accidente: es el Estado subsidiario de Jaime Guzmán, donde el derecho no se garantiza, se compra. Y si no puedes comprarlo, no existes.

Pero todavía te queda la salud. Isapre con topes que te quiebran cuando te enfermas de verdad. Fonasa colapsado. La gente firma un cheque en blanco para entrar a una clínica: prefiere endeudarse a morir en una lista de espera. Eres el punto dulce del sistema: lo bastante rico para pagar, lo bastante pobre para callarte. Lo bastante digno para trabajar. Lo bastante frágil para protestar.

Esa élite canta el himno, baila cueca, aplaude en el rodeo. Pero es profundamente antipatria. Durante la bonanza del cobre, en vez de subir salarios, importó mano de obra barata. La teoría del chorreo es la mentira más rentable del neoliberalismo: dice que si los ricos se vuelven más ricos, algo goteará hacia abajo. Pero llovió cobre durante décadas y abajo no goteó nada. No hubo chorreo: hubo saqueo.

IV. El espejo antiguo

En la hacienda colonial, la pirámide era perfecta. El hacendado, dueño del suelo, del agua y del ritmo de las estaciones. Debajo, el capataz: poder cotidiano, obsecuencia al patrón, desprecio a los de abajo. Debajo, el inquilino: un mestizo que trabajaba al patrón a cambio de un retazo de tierra y una ración de comida. Técnicamente libre, pero ¿adónde iba a ir, si debía al patrón, si sus hijos habían nacido ahí, si otro hacendado no aceptaba a un hombre endeudado? Lo más cruel no era la pobreza: era el disfraz de voluntariedad. La libertad negativa: nadie te obliga, pero si no obedeces, te mueres de hambre. Más abajo, el peón, que llegaba en las cosechas y desaparecía. Sin tierra, sin ración, sin nombre. Más abajo aún, el vagabundo, que ni siquiera entraba al sistema.

Esa pirámide nunca se rompió. Hoy el patrón es el dueño del fundo corporativo. El capataz es un ejecutivo con Isapre. El inquilino es un profesional con título y tarjeta de crédito. El peón es un trabajador de app sin contrato. Y el vagabundo sigue sin existir para el Estado.

Esto no es teoría. En Ser niño “huacho” en la historia de Chile, Gabriel Salazar lo clavó: el huacho es el abandonado a su suerte, el que crece sin más protección que su propio ingenio. Y aquí entra Óscar Fuentes, analista político e historiador que lleva años estudiando la identidad chilena desde su canal de YouTube, con cientos de capítulos de varias horas dedicados a una sola pregunta: ¿qué es Chile? Fuentes lo lleva más lejos: el roto no es solo huacho de padre, es un huacho político. Sin filiación institucional, sin reconocimiento como soberano, invocado en cada elección, pero excluido del poder real. Y sin embargo, ese desamparo no es carencia: es potencia. El pueblo huacho, abandonado por las instituciones, puede reaparecer como sujeto fundante de una nueva soberanía. No necesita pedir permiso. Ya estuvo solo antes. Ya sabe cómo sobrevivir.

Y el mismo Fuentes lo resume con una parábola: somos Venancio. Un “roto de trabajo” que no agacha el moño. Cuando Don Guille, el administrador del fundo y padre de Rosa, le prohíbe casarse con ella porque “una señorita no puede andar con un peón”, Venancio responde: “Yo no veo la diferencia entre empleado y patrón”. Y se la roba. Forman familia, progresan, crían hijos.

Pero la canción tiene una segunda parte. Años después, Don Guille regresa. Cena en su mesa, ve a sus nietos, y sin mediar palabra lo mata de un balazo. No hubo discusión. No hubo juicio. Solo la certeza del padre de que el destino de los suyos no se negocia con peones.

Don Guille no es el dueño del fundo. Es el capataz. Pero se cree élite y desprecia a los suyos con más saña que el patrón. Como Stephen, el mayordomo de Django, que se gana la confianza del amo traicionando a los suyos y odiando más al negro libre que al blanco que lo encadena. Como Doña Florinda gritando “no te juntes con esta chusma” desde su propia miseria. Como el gerente de la AFP que se siente intocable hasta que el patrón lo despide con la misma frialdad con que te negó un bono. Viejas levantadas de raja. Arribistas. Desclasados que, por autopercepción y fantasía, desprecian a los suyos.

“Chile está lleno de Venancios”, dice Fuentes. “Somos Venancios”. El inquilino nunca deja de ser inquilino. La clase media chilena es un Venancio con título universitario, con Isapre y tarjeta de crédito. Un Venancio que se cree dueño de algo, pero que sigue siendo inquilino en su propia tierra.

V. El despertar del roto

¿Qué se hace con esto?

Durante décadas la respuesta fue militar en un partido, votar por el mal menor. Pero la izquierda se volvió woke. La derecha se volvió kakista. Una te desprecia. La otra te usa. Y cuando se apagan las cámaras, cenan juntas.

Hay algo peor que ser explotado: ser despreciado. Y el desprecio, cuando ya no puede esconderse, despierta.

La cena en La Moneda —tartar de tomates, plateada al jugo, vino tinto para los amigos del presidente— mientras recortan la comida de los niños en las escuelas, es más que una anécdota. Es el dueño del fundo recordándote que tú no estás invitado a la mesa. Que la casa nunca fue tuya.

Pero el golpe enseña. La pedagogía del dolor. Cuando te das cuenta de que el orden prometido no era para ti, dejas de pedir permiso. Y empiezas a mirar hacia los lados. Y al mirar hacia los lados, ¿qué ves?

Ves al minero que vuelve al pueblito del interior. Al feriante que madruga. A la mamá luchona que cría sola. Al veterinario con veinte años de experiencia. Al profesor que hace clases con lo que tiene. Ves a Venancio, el que no agacha el moño, el que no ve la diferencia entre empleado y patrón, el que construye familia y progreso con las puras manos aunque el patrón le deba una bala.

Eso eres. Eso somos. No clase media. No categoría de consumo. No facho pobre ni proletario explotado. Rotos.

Y el roto tiene espíritu emprendedor. Lo que no tiene es espíritu de tiburón. Su ingenio no nace de la codicia, sino de la necesidad. Es el feriante que madruga, la mamá luchona que vende por internet, el contratista que se la juega. Un gran porcentaje de las pymes chilenas son rotos: expertos en supervivencia, no en especulación.

Roto no es un insulto. La oligarquía nos dijo así para humillarnos. Nosotros vamos a decirnos roto para honrarnos. Roto es el mestizo de frontera que sobrevivió al desierto, a la cordillera, al abandono. El que improvisa cuando no hay recursos. El que aparece primero en la catástrofe, cuando el Estado no llega, cuando los patrones se van a Miami. El que comparte el pan aunque no le sobre. Marx tenía razón en lo económico. Weber en lo identitario. Somos trabajadores en el bolsillo y rotos en el alma. Y eso es más grande que cualquier categoría sociológica.

El chileno ya lo intuye. Solo que no tiene palabras para nombrarlo. Ya defiende su tierra. Ya ayuda a su vecino. Ya sospecha de la élite. Ya sabe que la izquierda woke lo desprecia y que la derecha neoliberal lo usa. Ya siente que la patria importa, que el territorio importa, que la comunidad importa. Pero nadie le ha dicho que eso que ya siente tiene un nombre.

Soberanismo. No es una ideología. No es un partido. No es un líder. Es la idea simple y radical de que los pueblos tienen derecho a decidir su destino, a controlar sus recursos, a preservar su identidad. Es lo que el roto lleva haciendo siglos, sin pedir permiso, sin esperar a que baje un mesías. Defender su hogar, su tierra y su honor. Lo que debe hacer un hombre. Lo que debe hacer un pueblo.

No hace falta afiliarse a nada. Solo hace falta despertar. Mirar al lado y reconocer al otro roto como igual. Saber que el minero, el feriante, el profesor y el veterinario están en la misma trinchera.

Eso es lo que los dueños del fundo nunca te podrán quitar.

No eres clase media. Eres un roto. Y eso es más grande.

Notas

¹ Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, lo sentenció así: el 90% de los niños que nacen pobres mueren pobres, y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, sin importar el mérito o el esfuerzo. En Chile, la investigadora Florencia Torche demostró que la probabilidad de permanecer en la cima de la pirámide de ingresos supera el 50%, casi el doble que la de permanecer en la pobreza.

² Según el World Inequality Database, el 1% más rico de Chile concentra alrededor del 36-37% de la riqueza total. La Encuesta Financiera del Banco Central ha reportado cifras incluso superiores para el 10% más acaudalado.

³ La clasificación de grupos socioeconómicos ABC1, C2, C3, D y E fue establecida por la Asociación de Investigadores de Mercado (AIM) en 1987, con el objetivo de estandarizar criterios para la investigación de mercado y el consumo.

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