Por Adolfo Estrella - El Desconcierto - 5 de mayo de 2026
Recientemente, la presidenta de la Corte Suprema de Chile, Gloria Ana Chevesich, recibió en audiencia a Jeannette Reyes, esposa del excomandante del Ejército, Julio Castañer, condenado como autor del homicidio calificado de Rodrigo Rojas de Negri y del homicidio frustrado de Carmen Gloria Quintana en el denominado “Caso Quemados” (1986), durante la dictadura cívico-militar de Pinochet.
Reyes es vocera de una exótica y oscura asociación: la Agrupación de Hijos y Nietos de Prisioneros del Pasado. Esta organización articula una estrategia de defensa de condenados por delitos de lesa humanidad y sus familiares, intentando redistribuir el protagonismo entre víctimas de violaciones de derechos humanos y familiares de victimarios. Un mundo éticamente al revés.
Esta audiencia constituye un hecho grave y un signo más de la ruptura del precario consenso moral de la llamada transición a la democracia, así como de la profunda debilidad ética de la sociedad chilena actual. Castañer y otros, como Krassnoff, representan el epítome de la barbarie pinochetista que sectores de la derecha, envalentonados por el triunfo de Kast, buscan blanquear e incluso reivindicar. La crueldad se normaliza y se vuelve impune, en parte por actos como esta audiencia improcedente, que otorgan una pátina de legitimidad a violadores de derechos humanos.
El consenso moral remite a un acuerdo social sobre principios y valores que permiten distinguir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo decible de lo indecible. Es inmoral torturar, relegar, hacer desaparecer, fusilar o mutilar a ciudadanos por pensar distinto. También lo es reivindicar a torturadores y asesinos o permitir que en el Parlamento coincidan víctimas de abusos y sus victimarios.
El consenso moral funciona como un límite civilizatorio mínimo para impedir la ley de la selva. En Chile, implicaba reconocer desapariciones, torturas, ejecuciones y exilios que afectaron a miles de personas, condenándolos como incompatibles con un Estado de derecho.
Sin embargo, este consenso nunca fue pleno. Las élites de derecha y sus bases, vinculadas al régimen pinochetista, participaron en este consenso de forma tibia y a regañadientes, buscando constantemente relativizar o justificar la violencia estatal. Fue más una norma pública, políticamente correcta, que una convicción ética compartida. La transición se construyó sobre el espejismo de una sociedad reconciliada, cuando en realidad el único consenso sólido ha sido en relación a un modelo económico extractivista, depredador y desigual.
Hoy, ese consenso moral está roto. La defensa de lo aberrante reaparece sin pudor. Las derechas dominantes rechazan asumir responsabilidades, minimizan las atrocidades y ridiculizan el dolor de las víctimas. Se profanan memoriales, se cuestionan informes oficiales y se proponen recortes a las políticas de reparación. Además, se legitima políticamente a violadores de derechos humanos, mientras desde hace años proliferan en los medios personajes y discursos que reivindican la dictadura de Pinochet.
El problema no es solo el avance de estos discursos, sino la incapacidad de construir una respuesta convocante. El progresismo permanece subordinado a marcos institucionales diseñados para contextos distintos, confiando en las herramientas clásicas de la democracia liberal. La historia no ofrece evidencia que respalde esa confianza.
El proyecto reaccionario hegemónico no está subordinado a los ciclos electorales, sino a la voluntad estratégica de un cambio de régimen político. Para ello se basan en un discurso y una práctica de shock, de tierra arrasada y de revisionismo moral.
No existe actualmente una fuerza política o social capaz de sostener una barrera ni social, ni política ni moral frente a esta regresión. Ni ninguna racionalidad ilustrada se opone a su irracionalidad oscurantista. La ofensiva reaccionaria avanza sin contrapeso, y no se vislumbra una respuesta articulada basada en una intolerancia democrática radical frente a los intolerantes, en una indignación inclaudicable y en la desobediencia de masas.
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