¿QUÉ MEMORIA QUEDA CUANDO LA CULTURA SE QUEDA SIN RECURSOS?
Facundo Ríos Velásquez – Integrante del Sitio de Memoria Ex Nido 18 – Para UTE-NOTICIAS -  18 de mayo 2026 La reciente modificación de las bases del Fondo Concursable 2026 para proyectos de Cultura y Sitios de Memoria, realizada por la Subsecretaría de Derechos Humanos, no puede ser leída únicamente como un ajuste administrativo o presupuestario. La decisión de reasignar la totalidad de los recursos exclusivamente a la línea “Sitios de Memoria”, dejando sin financiamiento la línea de Cultura, abre preguntas profundas sobre la manera en que el Estado comprende la memoria, la cultura y el rol que ambas cumplen en la construcción democrática del país. Quienes somos parte de sitios de memoria conocemos de cerca la precariedad en la que sobreviven estos espacios. Sabemos lo difícil que es sostener equipos de trabajo, abrir actividades a las comunidades, conservar archivos, generar procesos educativos o simplemente mantener vivos lugares que durante años el país intentó silenciar. La falta de financiamiento es una realidad permanente y, por supuesto, fortalecer los sitios de memoria es urgente y necesario. Pero precisamente por eso preocupa que se instale una falsa dicotomía entre memoria y cultura, como si fueran dimensiones separadas o incluso contrapuestas. Porque la cultura no es un elemento accesorio dentro de las políticas de derechos humanos. La cultura es una de las principales herramientas que permite narrar, transmitir, socializar y problematizar las memorias. Sin cultura, la memoria corre el riesgo de transformarse únicamente en archivo, en documento inmóvil o en conmemoración vacía. Desde los territorios sabemos que muchas verdades no emergen solamente desde los informes oficiales, los expedientes judiciales o los registros institucionales. Muchas veces aparecen desde el arte, el teatro, la literatura, los documentales, la música, los talleres comunitarios o las experiencias pedagógicas populares. Es ahí donde se abren grietas frente al silencio. Es ahí donde comienzan a reconstruirse relatos fragmentados, memorias afectivas y dimensiones humanas que los datos oficiales muchas veces no logran registrar. La cultura ha sido históricamente un espacio de resistencia frente al olvido. Ha permitido sistematizar experiencias, levantar archivos comunitarios, construir pedagogías críticas y producir lenguajes capaces de interpelar a nuevas generaciones. En tiempos donde los discursos negacionistas vuelven a encontrar espacio en la discusión pública, desfinanciar la cultura vinculada a derechos humanos también puede significar debilitar las herramientas que permiten disputar sentido en el presente. A ello se suma una preocupación profunda respecto a la forma en que esta modificación fue realizada. Porque más allá de la legalidad administrativa que pueda invocarse, cambiar las bases de un concurso una vez concluido el proceso de postulación y evaluación instala una señal de arbitrariedad que daña gravemente la confianza en la institucionalidad pública. Las organizaciones sociales, culturales y de memoria movilizan tiempo, equipos humanos, recursos económicos y afectivos para formular proyectos serios, muchas veces trabajando de manera voluntaria y en condiciones de enorme precariedad. Alterar las reglas del juego en medio del proceso no solo genera frustración; también constituye una falta de respeto hacia los esfuerzos colectivos y hacia la propia lógica de los procedimientos públicos. Cuando las instituciones relativizan sus propias bases, lo que se erosiona no es solamente un concurso: es la credibilidad de los mecanismos de participación y el vínculo de confianza entre el Estado y las organizaciones que sostienen, desde los territorios, gran parte del trabajo de memoria y derechos humanos en Chile. En nuestro caso, como Sitio de Memoria Ex Nido 18, esta decisión tiene además una dimensión profundamente concreta y dolorosa. Actualmente postulábamos a un proyecto de teatro documental itinerante que buscaba transformarse en una herramienta viva para levantar memorias, relatos y antecedentes sobre un espacio que estuvo en manos del Comando Conjunto y donde, hasta hoy, muchas de las certezas siguen siendo precarias, fragmentadas o insuficientemente reconocidas por las verdades oficiales. La propuesta buscaba recorrer territorios, encontrarse con comunidades, abrir conversaciones y estimular colectivamente la reconstrucción de un relato histórico que aún permanece disperso. Porque sabemos que las memorias no aparecen únicamente en los archivos institucionales. Muchas veces sobreviven en voces aisladas, en recuerdos familiares, en silencios compartidos o en testimonios que emergen recién cuando alguien habilita un espacio sensible para escuchar. El teatro documental, en ese sentido, no era solamente una actividad cultural. Era una metodología de memoria, una herramienta de investigación comunitaria y una forma de rescatar las verdades que transitaron por Ex Nido 18. Era una apuesta por construir colectivamente un relato capaz de devolver humanidad, contexto y sentido a historias que todavía permanecen incompletas. Aunque probablemente nunca lleguemos a saber si nuestro proyecto habría sido adjudicado o no bajo las condiciones originales del concurso, la desazón aparece igualmente. Porque esta modificación abrupta también nos priva de algo fundamental: la posibilidad de evaluar si el camino que estábamos construyendo era pertinente, si las metodologías propuestas dialogaban con las necesidades de las políticas públicas de memoria o si existía reconocimiento institucional hacia formas comunitarias y culturales de reconstrucción histórica. La sensación que queda es la de un desplazamiento forzado hacia la histórica lógica de la “autogestión”, esa que tantas veces ha sostenido el trabajo de memoria en Chile, pero también la que ha precarizado durante décadas a organizaciones, colectivos y espacios que terminan levantando tareas fundamentales sin garantías mínimas de estabilidad. Una vez más, pareciera que mantener vivas las hebras de verdad que sostienen la memoria depende exclusivamente del desgaste humano, afectivo y económico de quienes insisten en no dejar que el olvido avance. Por eso sentimos una profunda desazón frente a esta modificación. Porque más allá de las justificaciones presupuestarias, estas decisiones terminan frustrando procesos colectivos que intentan reconstruir aquello que el país todavía no logra mirar completamente de frente. Y porque también revelan una lógica persistente de abandono y subvaloración de aquellas verdades que duelen en Chile; verdades incómodas, fracturadas y muchas veces invisibilizadas, que requieren precisamente de la cultura para poder seguir siendo nombradas. La memoria no sobrevive únicamente conservando muros o instalando placas conmemorativas. La memoria sobrevive cuando logra dialogar con las comunidades, interpelar a nuevas generaciones y seguir produciendo preguntas sobre el presente. Y para eso, la cultura no es secundaria: es indispensable. Facundo Ríos Velásquez – Integrante del Sitio de Memoria Ex Nido 18