LA ENFERMEDAD DE CHILE

Por Daniel Matamala – La Tercera -  30 de Mayo 2026

En mayo y septiembre de 2019, en dos columnas en este mismo diario, hablábamos de los múltiples informes y advertencias internacionales sobre el mar de fondo que explicaba por qué Chile estaba atrapado en la mediocridad.

Citábamos al economista Ricardo Hausmann, fundador y director del Growth Lab de Harvard, quien de visita en nuestro país nos decía que “Chile ha aprendido a hacer muy pocas cosas. Ni de minería Chile sabe”, y advertía que, como venía diciendo desde 2012, la falta de complejidad de nuestra economía nos condenaba a una década de estancamiento.

Mostrábamos también los datos del Informe Mundial de Competitividad IMD, en que Chile sumaba ya una década de continuo deterioro, debido a pésimas cifras en ámbitos como patentes de alta tecnología, exportación de tecnología, inversión en investigación y desarrollo, investigadores per cápita, infraestructura científica y habilidades de lenguaje.

Y contábamos como, informe tras informe, la OCDE, el Banco Mundial y el Foro Económico Mundial nos repiten que nuestro problema es que no innovamos, no invertimos en investigación, y no educamos a nuestros trabajadores para la economía del conocimiento.

Desde septiembre de 2019, en Chile pasó de todo: estallido, pandemia, dos procesos constituyentes, dos elecciones polarizadas y gobiernos que se mueven entre derecha e izquierda como una montaña rusa enloquecida.

Pero en el fondo no ha pasado nada.

Mientras la superficie se embravece con siete años de tormenta, al mar de fondo ninguna corriente lo remueve: sigue plácido, inmóvil y estancado.

En gobiernos de izquierda o de derecha, seguimos haciendo lo mismo: explotamos recursos naturales y los exportamos sin procesar. Invertimos poco y nada en investigación y desarrollo. No generamos nuevas habilidades. No aprendemos a hacer cosas nuevas. Despreciamos la ciencia como un lujo de países ricos.

En 2026, Hausmann volvió a Chile y nos advirtió que todo sigue igual que en 2012 y 2019. En entrevista en el podcast Lo Que Importa, me dijo que seguimos siendo un país estancado en los ingresos medios, porque “para llegar a ser un país rico les falta un motor fundamental: la capacidad de absorber tecnología, adaptarla al contexto e innovar en nuevos productos, en nuevos procesos, en nuevas formas de hacer cosas, que representen nuevas soluciones para el mundo”.

Esa incapacidad para aprender nuevas cosas es lo que llama “la enfermedad de Chile”.

Somos un país demasiado simple, que sabe hacer muy pocas cosas. El Growth Lab lo mide a través del Índice de Complejidad Económica. Si en 2012 estábamos en el lugar 70, ahora estamos en el 85.

Una economía más compleja tenderá a crecer más, mientras una más simple se irá hundiendo en la modorra. Y eso hace que el Growth Lab vea en nuestro horizonte otra década de estancamiento, con 1,92% de crecimiento anual.

Veamos el IMD. En 2005 estábamos en el lugar 19 del mundo. Con Bachelet 1, bajamos al 25. Con Piñera 1, al 30. Con Bachelet 2, seguimos bajando, al 35. Con Piñera 2, caímos al 44. Y con Boric nos estabilizamos en un mediocre 42, el mismo lugar que teníamos en 2019.

En complejidad económica, es la misma historia. 71 con Piñera 1, 74 con Bachelet, 83 con Piñera 2, 85 con Boric.

La receta política para este problema complejo es simple: basta con bajar impuestos, destrabar permisos y reducir el Estado.

El mundo menea la cabeza; estas reformas y contrarreformas, estos volantazos a izquierda y derecha podrán desatar tormentas en la superficie, pero no mueven en nada el mar de fondo.

¿Es nuestro Estado ineficiente, monstruoso, el problema? Tampoco. De hecho, nuestra mejor nota de las cuatro áreas que mide el IMD es “Eficiencia del gobierno” con el puesto 22. Mucho peor estamos en “Eficiencia de los negocios”, en el 40.

¿Entonces, bajar impuestos y agilizar permisos será la solución? “Con eso no van a ir muy lejos”, advierte Hausmann. El problema es de otra magnitud: “tienes que saber más, tienes que añadir nuevas capacidades a tus capacidades”.

Así lo hicieron países que era muy pobres, como ayer Corea, Finlandia o Singapur. Y, hoy, Vietnam, en cuya canasta exportadora los productos nuevos ya son el 36%.

¿En Chile? Menos del 1%.

Las recomendaciones son siempre las mismas. La lista del IMD es taxativa: aumentar el valor agregado de las exportaciones y diversificar los destinos; aumentar la productividad laboral, potenciando el entrenamiento en nuevas tecnologías; mejorar la seguridad pública, fortaleciendo y apoyando el trabajo de las policías; aumentar la calidad y pertinencia de la educación, aprovechando la inteligencia artificial, y aumentar investigación y desarrollo, en conjunto entre universidades, empresas y sector público.

Salvo la seguridad, ninguno de esos puntos está en la agenda. Una y otra vez, el mundo nos pide peras y nosotros respondemos con manzanas. Lean los informes.

Año tras año, década tras década, nos sacamos buenas notas en que somos un país estable, democrático, con buena institucionalidad, un estado razonable, y un banco central de excelencia.

Y nos sacamos nota roja en que seguimos exportando lo mismo de siempre, no complejizamos nuestra economía, no innovamos, no invertimos en investigación, y no educamos a nuestros trabajadores para la economía del conocimiento.

En 1999, un convenio con el Banco Mundial proponía pasar de una I+D del 0,55% del PIB, a 2,3% en 2021. Estamos en 2026 y nuestra I+D ha bajado al 0,4%. En el Índice Global de Innovación también vamos en caída libre: penúltimos de la OCDE.

Y al mundo político le da lo mismo. En vez de avanzar, retrocedemos: hoy le estamos cortando fondos a la ciencia, eliminando becas a investigadores y poniendo todos los huevos en la misma canasta de siempre: más facilidades y regalías para seguir haciendo más de lo mismo.

En los 90s, cuando éramos un país pobre, bastaba con eso. Hoy, cuando queremos salir de la trampa de los ingresos medios, no.

“Chile tiene que aprender más”, concluye Hausmann. Y eso se logra invirtiendo en educación para el futuro, investigación y desarrollo, ciencia e innovación.

Ese es el camino que todos han seguido. Esa es la corriente que remueve el fondo. Y es la cura para la enfermedad de Chile, la misma que se arrastra por dos décadas, mientras los matasanos del turno siguen administrando placebos que desatan tormentas en la superficie, pero no mueven en nada nuestro estancado mar de fondo.


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