Por Óscar Contardo – La Tercera – 06 de Junio 2026
La razón para que en Chile el amplio ámbito de la cultura y las artes sea un área mayoritariamente hostil a la derecha política no es algo que le corresponda reflexionar a la izquierda. La derecha local, volcada a la economía y los negocios, tomó distancia de ese ámbito desde hace ya más de medio siglo y alimentó una mirada desconfiada o francamente adversa sobre todo lo que planteara miradas críticas o desafiantes a las convenciones, es decir, la actividad usual de cualquier artista. La dictadura, a través de la censura, la persecución de opositores y la violencia de Estado, terminó cavando un foso entre ambos mundos que luego, durante la transición, fue perdiendo lentamente hondura y sumando puentes entre orillas: surgieron espacios de acercamiento desde las instituciones públicas, la academia, desde determinados centros independientes a través iniciativas puntuales o por el solo efecto que tienen las obras que alcanzan relevancia.
La cultura -el arte, la literatura, el conocimiento- tiene la virtud de congregar a los distintos, ayuda a que personas que aparentemente no tendrían nada en común descubran que sí lo tienen gracias a que una obra, una exposición, una novela o un ensayo abren conversaciones y la oportunidad de compartir puntos de vista, anhelos, historias privadas o críticas públicas. Si bien como ciudadanos chilenos padecemos la desventaja de la segregación social que tiende a separarnos en guetos, tenemos el potencial poco explorado de haber cultivado durante siglos, como pueblo chileno, un sentido de pertenencia tan potente y peculiar que solemos darlo por sentado, una identidad tan presente en nuestro cotidiano -a veces liviana, otras espesa, otras afilada- que entre nosotros la usamos como una lengua franca colmada de códigos isleños que solo el extranjero percibe en su intensidad, porque a nosotros nos parece natural como el agua a los peces.
Ese período de aproximación sigilosa durante la transición entre la orilla del mundo cultural con la derecha política sufrió un quiebre mayor tras el estallido y la primera Convención Constitucional. Por las razones que fuere, esa fractura ocurrió, ha tenido muchas consecuencias para el llamado mundo de la cultura, efectos que no fueron subsanados durante el pasado gobierno. Todavía no ha habido una reflexión al respecto desde la izquierda, que es donde corresponde que ocurra. Aún peor, hay quienes ni siquiera se han dado cuenta de que esa reflexión franca es necesaria y está pendiente.
El foso heredado por la dictadura volvió a cobrar profundidad con los discursos de la nueva derecha que se impuso a la tradicional en las últimas elecciones: el lenguaje virulento, la burla en redes sociales no solo contra sus adversarios sino también con sus aliados y el anti-intelectualismo han sido elementos comunes en el ascenso político de Trump, Milei y Bolsonaro. Aunque durante la última campaña presidencial la llamada “batalla cultural”, bandera de la avanzada ultraderechista internacional, fue atenuada por el partido del Presidente José Antonio Kast, su espíritu se hace presente en el lenguaje, en las decisiones y en una manera de razonar -la frase del propio mandatario sobre libros que no dan trabajo, por ejemplo- que dispone el arte, el conocimiento y la actividad intelectual en el casillero burocrático destinado a las cosas inútiles. Quien asumiera el Ministerio de Cultura en este gobierno debía hacerlo acomodando esta carga a sus espaldas de no ser que su norte fuera el enfrentamiento como constante.
Personalmente, consideré la designación de Francisco Undurraga como un alivio, pese a no ser un político con experiencia en el tema. Frente a la posibilidad de que nombraran en el ministerio a alguien de los sectores más extremos del actual gobierno, Undurraga al menos es parte de una derecha liberal sin fobias a realidades que no son la suya. El problema es que ese rasgo diferenciador, hasta el momento, no se ha notado. Tal como el gobierno en general, el ministro solo ha tenido un repertorio: el de anunciar recortes y ofrecer declaraciones hablándole golpeado a la opinión pública como quien regaña a un alumno descarriado que llegó el momento de aleccionar. La mitad del tiempo refiriéndose a cifras de dinero que considera excesivas y la otra, quejándose de la inaptitud de las autoridades que dejaron el cargo. No hay más libreto. Tan poco que decir sobre cultura que no hubo mención al ítem en la primera cuenta pública del Presidente José Antonio Kast.
A falta de horizonte, sí hubo polémica.
Naturalmente, nadie se merece que lo insulten y abucheen en un teatro como le ocurrió al ministro Undurraga durante la tarde del sábado del Día del Patrimonio en la función de La pérgola de las flores, en Ceina. El ministro fue insultado a los gritos, él mantuvo la calma y quienes lo maltrataron groseramente deberían sentir vergüenza. El problema es que en tanto autoridad, el ministro Undurraga no puede decir, como lo dijo en radio Universo cuatro días más tarde, que se trató de una encerrona planificada y responsabilizar a una actriz, Amparo Noguera, del incidente con una liviandad pasmosa, uniendo puntos a la fuerza y revelando, de paso, que no entendía a lo que iba: ni quien dirigía el montaje, ni quien lo producía, ni a quien homenajeaba, ni cómo se repartieron las entradas, ni de qué se trataba la historia que La pérgola de las flores pone en escena. Acusar a una persona de controlar a un grupo de adultos de manera tal que actúe como hinchada, suponer que todo había sido premeditado y decirlo públicamente es irresponsable, dañino. Tan solo imaginar a una actriz con la trayectoria de Noguera haciendo preparativos para algo así resulta ridículo. Los únicos responsables del maltrato que sufrió Francisco Undurraga fueron quienes lo llevaron a cabo; apuntar a Noguera es un despropósito y, lejos de contribuir a un acercamiento con un mundo que resulta esquivo para el oficialismo, acaba como otra palada en un foso ya lo bastante ancho y profundo como para continuar cavando.
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