Por: Guillermo Pickering. Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
El Mostrador. 19 junio, 2026
Chile, más que administradores del desencanto, necesita dirigentes, ciudadanos y comunidades capaces de volver a creer que el futuro no está escrito por el miedo, sino por la voluntad moral de quienes se atreven a imaginarlo.
El pesimismo es a la vida lo que el cáncer al cuerpo: una fuerza silenciosa que comienza ocupando un rincón del alma y termina devorando la esperanza, la voluntad y la energía creadora. No mata de un solo golpe. Avanza por infiltración. Primero se disfraza de falsa prudencia (no de aquella prudencia que es virtud, discernimiento y sabiduría práctica, sino de esa prudencia cobarde que aconseja no moverse para no incomodar a nadie), luego de realismo, más tarde de experiencia y, finalmente, se convierte en una coartada perfecta para intentar nada, arriesgar nada, no creer en nadie y esperar nada.
También las sociedades enferman de pesimismo. Cuando eso ocurre, dejan de soñar. Ya no imaginan grandes obras, ni reformas profundas, ni destinos comunes. Se contentan con administrar la decadencia, con sobrevivir al día siguiente, con reducir la política a un inventario de agravios y sospechas.
El pesimismo social devora los sueños colectivos, destruye las grandes ideas y erosiona esa energía positiva que viene inscrita en el ADN del ser humano: la capacidad de levantarse, construir, amar, asociarse, crear y trascender.
En política, el pesimismo rara vez se presenta con su verdadero rostro. No dice de sí mismo que es renuncia, cansancio moral o esterilidad espiritual. Prefiere revestirse de inteligencia superior, de mirada desencantada, de conocimiento profundo de las miserias humanas. Se expresa en fórmulas aparentemente razonables: que las instituciones ya no tienen remedio, que toda apelación al bien común es ingenua, que el adversario actúa siempre de mala fe, que la ciudadanía solo responde al miedo, que los acuerdos son claudicaciones y que toda esperanza pública es apenas una forma elegante de autoengaño.
Así, lentamente, se va instalando una cultura de la impotencia. Y una sociedad convencida de que nada puede cambiar termina entregándose, casi sin resistencia, a quienes le ofrecen rabia en lugar de proyecto, castigo en lugar de justicia y simplificación en lugar de verdad.
La historia política ofrece ejemplos abundantes. Hubo épocas en que abolir la esclavitud parecía imposible porque el mundo económico, jurídico y cultural estaba construido sobre esa infamia. Hubo quienes dijeron que era natural, inevitable, parte del orden de las cosas. Pero otros se negaron a aceptar que la historia estuviera clausurada. Sin esa rebeldía moral contra el pesimismo, millones de seres humanos habrían seguido siendo tratados como propiedad.
Algo semejante ocurrió con el voto de las mujeres. Durante siglos se sostuvo, con una seguridad hoy vergonzosa, que la participación política femenina era impracticable, inconveniente o contraria al orden social. El pesimismo de los privilegiados siempre ha tenido buena retórica: se viste de tradición, de estabilidad, de sentido común. Pero fueron las mujeres, y también algunos hombres capaces de mirar más allá de su tiempo, quienes demostraron que la democracia incompleta no era democracia plena, sino una promesa mutilada.
En Chile también conocemos el peso paralizante del pesimismo. Después de rupturas dolorosas, crisis institucionales y heridas históricas, muchas veces se dijo que era imposible reconstruir confianzas. Sin embargo, la recuperación democrática mostró que incluso después de la noche más oscura una comunidad puede volver a ponerse de pie. No fue perfecto, no fue puro, no fue suficiente. Pero fue infinitamente superior a la resignación.
La democracia chilena no nació de la ingenuidad, sino de una esperanza disciplinada, capaz de entender que la paz civil, los derechos humanos y la institucionalidad no se reconstruyen con odio, sino con convicción, paciencia y coraje.
También el proceso constitucional reciente deja una lección sobre el pesimismo. Chile quiso imaginar una nueva casa común, pero muchas veces terminó atrapado entre maximalismos, miedos, caricaturas y cálculos pequeños. Unos confundieron esperanza con refundación total; otros confundieron prudencia con bloqueo permanente. El resultado fue que la energía constituyente, que pudo haber sido una oportunidad de encuentro, terminó devorada por la desconfianza. Allí el pesimismo no apareció como tristeza, sino como sospecha: sospecha del adversario, sospecha de la buena fe, sospecha de toda grandeza.
Frente a esa enfermedad del ánimo colectivo, la comunidad aparece no como un adorno sentimental, sino como camino. Nadie derrota solo el pesimismo de una época. La esperanza necesita cuerpo social, vínculos, conversación, pertenencia, memoria compartida y responsabilidad recíproca. La comunidad es el lugar donde el individuo descubre que su cansancio no es destino, que su dolor puede ser acompañado y que sus sueños, cuando se encuentran con los sueños de otros, dejan de ser fantasías privadas para convertirse en posibilidad histórica. Por eso, toda política que renuncia a construir comunidad termina administrando soledades y toda sociedad que pierde el sentido de comunidad queda a merced del miedo, del resentimiento y de la resignación.
El pesimismo político tiene además una consecuencia moral: achica a los dirigentes. Les quita audacia. Les enseña a hablar solo para sus barras, a evitar riesgos, a calcular cada frase según la encuesta de la semana. Así mueren las grandes ideas. Nadie se atreve a defender al inmigrante si eso cuesta votos. Nadie se atreve a hablar de pobreza con hondura si eso no produce titulares. Nadie se atreve a convocar a una épica democrática si el ambiente premia el sarcasmo, la denuncia fácil y la guerrilla pequeña.
Pero una sociedad no puede vivir solo de diagnósticos sombríos. Necesita verdad, sí; pero también horizonte. Necesita crítica, pero también promesa. Necesita memoria, pero no puede quedarse encerrada en sus heridas. El realismo democrático no consiste en decir que todo está perdido, sino en mirar de frente las dificultades y decidir, precisamente por eso, que vale la pena actuar.
El pesimismo, cuando se vuelve cultura, termina siendo profundamente conservador, incluso cuando se disfraza de rabia revolucionaria. Porque paraliza. Porque reduce lo posible. Porque convierte la inteligencia en ironía estéril. Porque transforma la experiencia en cinismo. Porque enseña a los jóvenes que sus sueños son ingenuos antes de que puedan siquiera intentarlos.
La política, en cambio, nació para ensanchar lo posible. Para decir que la pobreza no es destino, que la desigualdad no es naturaleza, que la violencia no es normalidad, que la exclusión no es inevitable, que la democracia no es una ceremonia vacía, sino una forma siempre imperfecta de organizar la esperanza común.
No se trata de negar la crisis. Ser optimista no es cerrar los ojos ante la corrupción, la inseguridad, la desigualdad, la fragmentación social o la mediocridad de nuestras élites. Eso sería frivolidad. Se trata de algo más exigente: impedir que la crisis nos robe el alma. No aceptar que el desencanto sea la última palabra. No permitir que el miedo sea el arquitecto de nuestro futuro.
Porque el pesimismo devora la vida cuando logra convencernos de que nada merece ser defendido, nada merece ser construido y nadie merece nuestra confianza. Y cuando una sociedad llega a ese punto, ya no necesita enemigos externos: comienza a destruirse desde adentro.
Frente a ese cáncer moral, la respuesta no puede ser una alegría superficial ni un optimismo publicitario. Debe ser una esperanza adulta, severa, responsable. Una esperanza que sabe que la historia pesa, que los errores existen, que los fracasos duelen, pero que aun así insiste. Porque toda gran transformación humana comenzó cuando alguien se negó a aceptar que lo injusto era inevitable.
La política necesita recuperar esa energía. No la euforia irresponsable, sino la convicción de que todavía podemos hacer algo grande juntos. Una sociedad sin esperanza se administra; una sociedad con esperanza se construye. Y Chile, más que administradores del desencanto, necesita dirigentes, ciudadanos y comunidades capaces de volver a creer que el futuro no está escrito por el miedo, sino por la voluntad moral de quienes se atreven a imaginarlo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
