Por: Verónica Aravena Vega. Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional.
El Ciudadano. 22/06/2026
Prende la tele a las nueve de la mañana. El matinal abre con un asalto y remata, cuatro horas después, con la encuesta de siempre: ¿usted se siente segura? Lo mismo cada día, durante años. Le dicen información. Es adiestramiento.
El miedo entra por la guata. Primero el apriete, después la respiración corta, al final la orden silenciosa de quedarse quieta. Así se aprende a caminar por una ciudad que alguien diseñó para que la temas: pegada a la cartera, midiendo al que viene de frente. El cuerpo entiende antes que la cabeza, y una vez que entendió ya no discute.
Ese apriete es la materia prima del gobierno de Kast. No es que el miedo sea puro invento: el portonazo existe, el asalto pasa, la señora del cuarto piso de verdad no pega ojo. La jugada viene después, cuando ese miedo real se siembra en las vocerías y se cosecha en las encuestas, inflado hasta que no quepa nada más en la cabeza. Un país asustado vota distinto, consume distinto, agacha el lomo sin que nadie se lo pida. Da igual cuánto del miedo sea verdad. Importa que la guata lo lleve puesto todo el día.
Baruch Spinoza ya lo había visto. La tristeza, decía, te achica: te baja la potencia, te deja menos capaz de pensar y de juntarte con otra gente. Un cuerpo triste rinde poco y obedece harto. Deleuze lo repitió siglos después: todo poder necesita la tristeza de sus súbditos. Un tirano le tiene terror a la gente alegre. Prefiere la que anda con miedo, esa que confunde su impotencia con el orden.
Prende la tele a las nueve de la mañana. El matinal abre con un asalto y remata, cuatro horas después, con la encuesta de siempre: ¿usted se siente segura? Lo mismo cada día, durante años. Le dicen información. Es adiestramiento. La señora que mira aprende a tener miedo con la misma disciplina con que un perro aprende a sentarse. Para cuando llega la elección, ya no hay nada que convencerle. El miedo votó por ella mucho antes.
La alegría es ingobernable. La gente contenta, con tiempo libre y con plata para llegar a fin de mes, levanta la cabeza, pregunta, molesta. Por eso ningún gobierno de derecha gasta un peso en que estés bien. Gasta en que estés alerta. La precariedad rinde: te deja tan reventada que no te sobra energía para la rabia. El insomnio gobierna. La deuda gobierna. El cálculo de cuánto queda en la cuenta el día 23 gobierna más que cualquier ministro.
Mira el carro del supermercado, cada semana más liviano, y la cuenta que revisas tres veces antes de pasar la tarjeta por miedo a que la rechacen. Ese miedo chico, el de todos los días, es el que mejor funciona. No necesita salir en el matinal. Ya lo llevas puesto.
El resentimiento es lo último que el modelo reparte gratis, y la derecha lo administra con manos de orfebre. Te señala a quién odiar.
Wendy Brown le puso nombre a la versión chilena de todo esto. Cuando un país lleva décadas desarmando cada red que te sostenía, la salud, la vejez sin miseria, queda un sujeto herido. Alguien al que le quitaron tanto que ya no pide vivir mejor: pide que al de al lado le vaya peor. El resentimiento es lo último que el modelo reparte gratis, y la derecha lo administra con manos de orfebre. Te señala a quién odiar. El que se cuela en el torniquete, el que rayó el muro, el que cruzó por Colchane, el que sale a protestar. Tu pena venía de arriba y te la devuelven apuntando hacia el lado.
Octubre fue muchas cosas, y varias dieron miedo de verdad: el saqueo, la farmacia quemada, la noche sin Metro y sin saber cómo volver a la casa. Nada de eso es lo que la derecha no pudo perdonar. Lo que no les cabía en el cuerpo era otra cosa: que durante unas semanas la gente perdiera el miedo y se descubriera, toda junta, capaz. Esa alegría, la de un millón de cuerpos sueltos en la calle, valía más que cualquier programa, y por eso había que borrarla. Vino la maquinaria entera a reducir todo a vandalismo, a convencernos de que lo que sentimos esos días daba lo mismo. El Registro de Vándalos es la venganza fría contra el día en que dejamos de tener miedo. Ninguna de esas listas arregla nada. Calma la guata un rato, como un Tapsin, y al poco vuelve el apriete, peor.
El miedo tampoco se reparte parejo. Se pega a unos cuerpos y deja libres a otros. Sara Ahmed lo dijo de otra forma: el temor se adhiere a la piel más oscura, al acento que delata el cruce. La señora que se cambia de vereda es la misma que de noche cuenta las llaves entre los dedos. Le teme al cabro moreno de la esquina, ese al que ya le cargaron encima todo el pánico que el país produce en serie. El cuerpo de él aguanta el miedo de ella. Esa es la repartición.
Vivir así tiene una textura. Despiertas y revisas el celular para saber qué hay que temer hoy. El grupo de WhatsApp de la familia viene repleto de audios sobre la inseguridad. Llega la reja nueva, después la cámara en la entrada, después el botón de pánico que te venden como cariño. Compras tranquilidad en cuotas y a la casa llega más miedo con forma de electrodoméstico. La industria de la seguridad es el brazo comercial de la tristeza de Estado.
La izquierda muchas veces le compra el tono. Habla también desde la urgencia y la culpa, desde la catástrofe que siempre viene, y te invita a militar como quien te invita a un velorio. Se le olvida la otra mitad de la frase de Spinoza: la alegría te aumenta la potencia. Un cuerpo que dejó de tener miedo se vuelve capaz de cosas. Junta a otros, exige de vuelta el tiempo y el techo que le robaron. Esa potencia sí le asusta a Kast, mucho más que cualquier saqueo. Por eso prefiere tenernos en la guata, calculando peligros, demasiado rotos para querer algo grande.
El Gobierno da por hecha tu guata apretada, como se da por hecho el invierno. No lleva en sus cuentas el día en que un cuerpo, reventado de tener miedo, deja de obedecer. No avisa. Una mañana cualquiera caminas derecha por la calle que te enseñaron a temer, y la ciudad, por un rato, vuelve a ser tuya.
Verónica Aravena Vega
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