Por Óscar Contardo – La Tercera - 27 Junio 2026
Hace algunos años entrevisté a una socióloga de gran trayectoria como investigadora del fenómeno de la movilidad social en Chile. En un momento de la entrevista ella se refirió a un aspecto de nuestra idiosincrasia muy marcado que, a ella como europea, le llamó la atención; me dijo que, en general, los chilenos y chilenas tendíamos a describir la posición que teníamos en el mundo, nuestra trayectoria en la pirámide social, usando calificativos morales sobre la cantidad de esfuerzos y sacrificios involucrados en llegar al punto que habíamos alcanzado. En lugar de entregar datos objetivos, preferíamos elaborar un relato que diera cuenta de la cantidad de escollos enfrentados en la escalada. Aquella idea he podido constatarla como un patrón en personas de distinto origen social, pero sobre todo entre quienes se consideran parte de la escurridiza y fantasmagórica clase media, en donde la narrativa del sacrificio es central.
Considerar la vida como una jornada de adversidades a las que hay que sobreponerse para luego encontrar un lugar de tranquilidad que brinda la satisfacción de una misión cumplida refleja una mentalidad muy coherente con la historia de Chile durante el siglo XX, un país que salía de una crisis económica, para luego caer en la siguiente. Medrar en la inestabilidad era una aventura improbable. En esas circunstancias la idea de que “las cosas cuestan mucho” tiene un peso cultural enorme en nuestra manera de vernos a nosotros mismos en el mundo, una mentalidad que de tan presente puede pasar inadvertida, y que, sospecho, permanece muy vinculada al valor que le damos a la educación como vía de movilidad social y a lo seductor que nos resulta pensar que todo lo logrado se debe a nuestros méritos, sin reparar que tal vez el elemento principal que explica nuestro destino pertenece a un ámbito tan pedestre como haber nacido en un determinado lugar y no en otro. Lo más habitual debiera ser una combinación balanceada de ambos elementos, pero en Chile, lo sabemos, eso no se cumple.
Creo que en nuestro país la segregación escolar por origen socioeconómico es feroz, que es un asunto de debe cambiar, pero también creo que eliminar la selección de alumnos de los llamados “liceos emblemáticos”, aunque en algunos fuera parcial, fue un error grave que está teniendo consecuencias, la más evidente, la posibilidad de que el actual gobierno desmantele los avances del sistema vigente bajo la excusa de restituir el mérito y que ese retroceso sea apoyado por un amplio sector de la población.
Los llamados “liceos emblemáticos” han representado esa cultura del sacrificio que se forjó durante el siglo XX en torno a la escuela y el liceo público, creando una identidad de clase media demográficamente acotada, pero narrativamente extendida hacia los sectores de menos recursos. Fue nuestro cantar de gesta de entrada a la modernidad. Es evidente que comparar la situación de Chile en los años 50 o 60, cuando una minoría accedía a la educación secundaria, con la realidad actual, con una educación superior masificada, resulta inconducente, pero a veces es bueno recordar de donde es que venimos para entender cómo es que interpretamos los desafíos del presente. El problema no es que los más ricos abandonaran el liceo público -idealizando un pasado de convivencia entre hijos de obreros e hijos de millonarios que nunca existió-, sino que quienes huyeran hacia la educación privada o subvencionada fueran los sectores medios cuya identidad se fraguó en el hábitat del liceo.
Ese fenómeno viene ocurriendo de manera persistente desde la dictadura y fue agudizado en democracia. En adelante lo único que sostendría la narrativa del valor de la escuela pública chilena serían los resultados de los liceos emblemáticos en el rito anual de los mejores puntajes de la prueba de selección universitaria en sus distintas versiones, desde la PAA a la PAES. El buen nombre de esos liceos brindaba identidad, pertenencia, los exalumnos se reconocían del mismo modo en que lo suelen hacer en Chile los exalumnos de colegios privados distinguidos. El fin de la selección en los liceos emblemáticos, por lo tanto, destruyó el último vestigio simbólico de esa cultura, y en lugar de impulsar los cambios para resucitar la educación pública, ofreció argumentos para desestimarlos. Este hecho, sumado a los episodios de violencia interna en algunos de esos establecimientos, ha provocado, además, una fractura expuesta que desde la política es irresponsable ignorar.
Es bueno mirar ejemplos exitosos de otras latitudes para emprender cambios, pero es aún mejor cuando esos ejemplos se ponderan con la historia y la realidad local. Habría que balancear los análisis y estudios de la técnica con un relato convincente para quienes potencialmente confiarían a sus hijos a la educación pública, de otra manera será muy difícil contrarrestar el desprestigio sostenido durante décadas. La facilidad con la que la derecha instaló en la opinión pública la idea de “tómbola” para describir el Sistema de Admisión Escolar a través de un algoritmo, sugiriendo la idea de que se trata de un proceso tan azaroso como una lotería, tiene que ver, creo yo, con una debilidad de base: el proceso establecido no resulta coherente con la cultura local del sacrificio, algo que por definición depende de la voluntad de los padres que buscan tener el control sobre el destino escolar de sus hijos, porque hacerlo significa tener la seguridad de que se hizo cuanto se pudo –sacrificios incluidos- por darles una educación acorde con sus expectativas. Despojar a los padres de ese “control”, por más imaginario que sea, sin atender a los aspectos culturales que se alimentan de símbolos cercanos que funcionen como ejemplos a seguir, debilita la posibilidad de que ellos comprendan y apoyen las transformaciones a largo plazo que buscan mejorar el sistema y darle nueva vida a la educación pública.
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