UN PAÍS EN EL QUE SE VOTA Y HAY UN PRESIDENTE ALTERADO

By Ricardo Candia – El Clarin Chile -  29 junio, 2026  

Se podría especular que la salud mental y neuronal del presidente Kast están seriamente alteradas. Es cosa de ver sus gestos nerviosos, preocupados, alertas y con un apuro innecesario en sus acciones públicas. Y, de paso, ha dejado de manifiesto su completa ignorancia respecto de su investidura, y por cierto de su valer humano cuando enfrenta de manera grosera e intimidante a un niño que no quiso darle la mano. La asimetría entre la primera autoridad y un menor de edad resulta obscena en su agresividad, en esa violencia contenida, en ese odio que debe controlar apretando sus mandíbulas.

Cerebralmente contenido. Violentamente controlado. Emocionalmente agotado.

Como enseña la psicología, cuando esa autorregulación se agota, en este caso apenas controlada por mínimas normas sociales, podría pasar a un estallido de impensables consecuencias.

Y como enseña la historia: lo que violentó a un niño que no quiso saludar por la razón que haya sido, fue un patriarcado que al presidente Kast le sale por los poros y se dibuja en su cara desencajada.

Chile vive un pasaje negro de su historia.

El hecho de que un sujeto con ese nivel de violencia reprimida a duras penas, y con severos riesgos psicológicos, llegue a ser presidente del país nos demuestra lo que voces varias y numerosas venimos diciendo hace tiempo: hay una anomalía en esta democracia que no permite desplegar los beneficios, derechos y limites que un orden realmente democrático debería garantizar.

Personas como José Antonio Kast debieron ser enjuiciadas de haberse propuesto el consenso post dictadura construir de verdad un país democrático, cuyo rasgo esencial no sea solo ir a votar cada dos años y medio, sino que poner justicia ahí donde no hubo y no ha habido.

La democracia es algo mucho más profundo y trascendente que someterse obligatoriamente a votar por quien resulta el menos malo de los malos porque la forma que adquiere el sistema limita el acceso fluido de quienes podrían competir: sin ir más lejos, prohíbe el derecho de ser candidato a senador o a diputado a dirigentes gremiales y sindicales, pero no a un empresario millonario o a un general recién retirado.

Y, tanto o más antidemocrático, las elecciones están mediadas por el poder económico que ha permitido reproducir y profundizar a niveles de tragedia las enormes brechas sociales. Cuando no es un poderoso el que se hace del ordenamiento político, este compra o arrienda a quienes necesite del sistema.

Más aún.

No puede haber un país sano democráticamente si las más gravitantes de las instituciones que forman el entramado del Estado están carcomidas por el efecto cancroide de la corrupción estructural que permea esta supuesta democracia. Un orden así de corroído no es democracia.

Kast llega a la presidencia porque hubo una serie de sucesos que, concatenados, es decir, consecuencialmente, generaron las condiciones para que alguien esencialmente antidemocrático en sus concepciones y creencias, simule un espíritu en ese sentido y burle el que se supone representa y protege un orden democrático.

Y en ese sentido destaca la responsabilidad de aquellos que, debiendo hacerlo y habiendo enunciado una decisión en ese sentido, claudicaron ante quienes no creen en este orden. Cosa diferente es que parezca que es así para su beneficio. Pero, llegado el caso de que ya no les convenga para sus negocios, van a patear la mesa y a bombardear La Moneda como una lógica de continuidad para zafarse de esa incomoda costumbre de elegir autoridades.

Chile no es un país democrático.

Si menos de doscientas mil personas se llevan la mitad de las riquezas en un país de veinte millones, imposible que se argumente algo en contrario.

En un país en que un trabajador pobre, así sea que trabaje cincuenta años, va a morir pobre, no es un país democrático. Un país en el que hay educación, salud, vivienda, barrios pensados para pobres, no puede ser democrático. Un país en que por años despliega militares para acallar las exigencias centenarias de un pueblo, no es democrático.

Un país en el que los altos mandos de las fuerzas armadas y carabineros, de la Corte Suprema, del poder legislativo, en el que uno de cada cinco alcaldes esté condenados o investigados por corrupción y en el que una cantidad ignota de sujetos que deberían estar presos pero que ejercen trabajos para el sistema político, es imposible que sea democrático.

Solo en un país no democrático puede suceder la anomalía de tener un presidente capaz de amenazar cobarde y solapadamente a un niño a la vista de todo el mundo.

Este es solo un país en el que se vota, nada más.

Ricardo Candia Cares


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