CRECER NO ES DESARROLLARSE

By Simon Del Valle – El Clarin Chile -  30 junio, 2026  

La discusión económica chilena sigue atrapada en una vieja pregunta —cómo crecer más— mientras el desafío del siglo XXI es otro: cómo desarrollar una economía más compleja, innovadora y menos dependiente de la extracción de recursos naturales. Esa diferencia define el verdadero alcance del proyecto económico de José Antonio Kast

Hay palabras que parecen sinónimos, pero no lo son. Crecimiento y desarrollo son quizá el mejor ejemplo. El gobierno de José Antonio Kast habla todos los días del primero. Del segundo, casi nunca. Y esa diferencia permite entender mejor el sentido profundo de la megarreforma, de la ofensiva contra la llamada «permisología» y, en general, del proyecto económico que hoy impulsa La Moneda.

La discusión pública se ha concentrado en dos medidas concretas: reducir los impuestos a las empresas y acelerar la aprobación de proyectos de inversión mediante la simplificación de permisos ambientales y administrativos. El debate parece técnico. ¿Cuántos meses demora una evaluación ambiental? ¿Cuántos puntos debe bajar el impuesto corporativo para incentivar la inversión?

Pero esas preguntas apenas rozan la superficie.

La pregunta importante es otra.

¿Qué tipo de economía quiere construir Chile durante las próximas décadas?

Porque una cosa es crecer y otra muy distinta es desarrollarse.

El crecimiento mide cuánto aumenta la producción de bienes y servicios. El desarrollo pregunta qué tipo de bienes produce una economía, cuánto conocimiento incorpora, qué capacidades crea, qué empleos genera, cómo distribuye la riqueza y qué impacto deja sobre el territorio y el medio ambiente.

No son diferencias semánticas.

Son dos maneras completamente distintas de pensar el futuro de un país.

Si uno observa la trayectoria reciente de la inversión en Chile descubre un dato que obliga a matizar muchos lugares comunes. La inversión no ha desaparecido. Después del ajuste de 2023 y 2024, la formación bruta de capital fijo volvió a crecer con fuerza en 2025, impulsada principalmente por maquinaria, minería y obras de ingeniería. La inversión representó nuevamente cerca del 24% del PIB, una proporción muy similar a la de hace una década.

Entonces el problema no parece ser simplemente la falta de inversión.

El problema es en qué estamos invirtiendo.

Los datos muestran que la mayor parte del gasto de capital sigue concentrándose en minería, energía, infraestructura, transporte y proyectos inmobiliarios. La inversión extranjera reproduce exactamente ese patrón: minería, electricidad, servicios financieros y, más recientemente, hidrógeno verde asociado a la disponibilidad de recursos naturales y energía.

Nada de eso es negativo por sí mismo.

Chile seguirá siendo una potencia minera.

Necesitará más energía.

Requerirá carreteras, puertos, transmisión eléctrica y desaladoras.

Sería absurdo sostener lo contrario.

Pero el desarrollo comienza cuando un país se hace otra pregunta.

¿Basta con profundizar esa especialización para asegurar el bienestar de las próximas generaciones?

Esa es precisamente la pregunta que parece ausente en el debate económico chileno.

  • La agenda del gobierno ofrece una respuesta bastante clara.
  • Su prioridad consiste en acelerar la inversión existente.
  • La rebaja tributaria busca elevar la rentabilidad esperada de los proyectos.
  • La reforma a la permisología pretende reducir tiempos de tramitación.
  • Las mayores certezas regulatorias buscan disminuir riesgos para los inversionistas.
  • Es una estrategia coherente.
  • Pero también extraordinariamente limitada.
  • Porque no apunta a transformar la estructura productiva del país.
  • Apunta a acelerar la que ya existe.

Aquí aparece una paradoja que merece mayor atención.

Chile lleva más de veinte años enfrentando un problema persistente de productividad. La innovación empresarial sigue siendo baja. La inversión en investigación y desarrollo permanece entre las más reducidas de la OCDE. La economía continúa dependiendo fuertemente de la exportación de recursos naturales con distintos grados de procesamiento. Sin embargo, frente a ese diagnóstico, la principal respuesta vuelve a ser la misma que se escucha desde los años ochenta: menos impuestos, menos regulación y un Estado más pequeño.

Es una respuesta que mira principalmente los costos de invertir.

No necesariamente las capacidades para desarrollarse.

Y esa diferencia es decisiva.

Porque una economía puede crecer durante muchos años sin modificar las relaciones de poder que la organizan.

Si las nuevas inversiones se concentran en los mismos sectores, es razonable esperar que también se fortalezcan los mismos actores económicos que históricamente los han dominado. Si la estrategia sigue descansando sobre actividades extractivas, los conflictos ambientales continuarán formando parte del paisaje. Si el país no incorpora nuevos conocimientos, nuevas industrias y mayor sofisticación tecnológica, la productividad difícilmente cambiará de manera sustantiva.

No es una cuestión ideológica.

Es una pregunta sobre el tipo de capitalismo que Chile quiere construir.

Hay capitalismos que compiten por conocimiento, innovación y complejidad tecnológica.

Y hay otros que descansan principalmente en la explotación eficiente de recursos naturales.

Chile ha sido exitoso en este último camino.

La duda es si ese camino basta para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Porque un país puede exportar más cobre, más litio, más energía y más celulosa.

Puede incluso crecer más rápido.

Pero eso no garantiza, por sí solo, una economía más compleja, una sociedad menos desigual, una estructura productiva más diversificada ni una democracia económicamente más equilibrada.

Quizá el verdadero debate económico chileno no sea cuánto debemos crecer.

La verdadera discusión es para qué queremos crecer.

Si el objetivo consiste únicamente en acelerar la economía que ya tenemos, entonces la agenda del gobierno resulta perfectamente coherente.

Pero si el desafío es construir un país más innovador, más diversificado, con mayor productividad y capaz de distribuir mejor los frutos del crecimiento, entonces la discusión apenas comienza.

Porque crecer puede hacer más grande una economía.

Desarrollarse significa transformarla.

Simón del Valle


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