Porque forma parte de tu historia
Por: Víctor Osorio. Periodista.
Crónica Digital. 30 junio, 2026
El viernes 29 de junio de 1973 ocurrió el “tanquetazo” o “tancazo”: primer intento de Golpe de Estado contra el Gobierno del Presidente Salvador Allende. Se le denominó de esa forma porque en la intentona se usaron principalmente tanques y carros de combate pesados. El levantamiento fue sofocado con éxito por las unidades militares aún leales al Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats González, y dejó un saldo sangriento de 22 muertos entre civiles y militares.
La sublevación fue liderada por el teniente coronel Roberto Souper Onfray, del Regimiento Blindado Nº 2, con la participación del Frente Nacionalista Patria y Libertad (FNPL), el cual a esas alturas había adoptado el camino del terrorismo para poner fin a la democracia. Poco antes de su fallecimiento, Roberto Thieme, quien había sido Secretario General del FNP, el 29 de junio de 2023, a medio siglo del episodio, me expresó que había llegado a la convicción de que este movimiento estaba bajo orientación de la CIA.
Pero esta historia no concluyó en junio. Se prolongó hasta más allá del golpe de Estado del 11 de septiembre, cuando hombres del “tancazo” fueron parte del comando del entonces Estadio Chile, en el cual fueron recluidos los estudiantes, académicos y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE). A uno de ellos, el cantor Víctor Jara, le arrancaron la vida en ese lugar, junto al director del Servicio de Prisiones, Littre Quiroga.
LOS HECHOS
A las alturas de junio de 1973, en la derecha se había instalado la certeza de que se habían cerrados todos los caminos institucionales para deponer al Gobierno de la UP, luego que en la elección parlamentaria de marzo de ese año la oposición, unida en la Confederación por la Democracia (CODE), no logró los dos tercios necesarios para destituir constitucionalmente a Allende. Al contrario, la izquierda había aumentado su votación respecto de la presidencial de 1970, a pesar del sabotaje económico y los intentos de desestabilización.
Para Patria y Libertad era la confirmación de que el camino era el uso de todas las formas de lucha. Tras la elección, de Patria y Libertad señaló que “las elecciones cerraron todas las esperanzas de una derrota electoral del Gobierno de la UP”. Pablo Rodríguez Grez, su Jefe Nacional, señaló que “la situación chilena no tiene una salida tradicional (institucional), y si queremos realmente librarnos del marxismo debemos romper los moldes clásicos” de la democracia. También dijo que “el poder militar y el ascendiente de las Fuerzas Armadas son los únicos capaces de oponerse a la ofensiva del marxismo”.
“En verdad, Patria y Libertad nunca creyó posible que el Gobierno de Allende terminaría por vías institucionales, y se preparó para una salida de fuerza: una guerra civil como en España o un golpe de Estado. Luego de su desconcierto inicial derecha de la victoria de Allende, la derecha tradicional se fue sumando, crecientemente, a este camino, aunque por razones diferentes”, me dijo Thieme. Agregó que “nuestra opción, por lo menos en el discurso, era una ‘revolución nacionalista’, con una evidente inspiración en el falangismo hispano y, en mi caso, del peronismo argentino”.
A mediados de junio, el Partido Nacional, principal colectividad de la derecha, dio a conocer un manifiesto en que proclamaba: “Estamos convencidos de que Chile entró en la etapa de la definición final. Más vale correr el riesgo doloroso de una definición tajante –por costosa y lamentable que ella sea– antes de aceptar pasivamente el sometimiento de la mayoría democrático a la minoría marxista”.
Así, el FNPL promovió la rebelión de cuadros del Ejército, en una conjura detectada por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), a dos días del “tancazo”.
En la mañana del 29 de junio, Roberto Souper se presentó en el Regimiento Blindado Nº 2, luego de conocer que lo relevarían de su mando por ser parte en una conspiración, y que sería reemplazado por el teniente coronel Uros Domic. Al llegar, constató que en las horas previas los oficiales subalternos habían alistado la unidad.
El oficial salió en una columna de 16 vehículos armados, incluyendo tanques M41 Walker Bulldog, y más de ochenta soldados. La columna avanzó por la Avenida Santa Rosa, con dirección a Santiago centro. En su recorrido los tanques respetaron los semáforos, y uno de ellos se detuvo a recargar combustible en una estación de servicio. La columna cercó el Palacio de La Moneda y el cercano edificio del Ministerio de Defensa. A las 8:58 horas, los tanques abrieron fuego contra los edificios. La sede de gobierno recibió alrededor de 500 impactos de bala. Los tanques sólo dispararon sus ametralladoras y no sus cañones, puesto que sus frenos de retroceso no disponían del líquido necesario.
Un tanque irrumpió en la entrada principal del Ministerio, y comenzó un ataque intenso en contra de las oficinas, con el objetivo de rescatar al capitán Sergio Rocha Aros, uno de los arrestados a raíz de la conspiración. El sargento 1° Rafael Villena Cabello, perteneciente a la II División del Ejército, fue asesinado cuando miraba desde su ventana del noveno piso.
En la cercanía de Agustinas con Moneda, frente a la sede central del Banco Central, el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen filmó su propia muerte a manos de un grupo de soldados al mando del cabo 2° Héctor Bustamante Gómez. Estuvo internado hasta el golpe de Estado, fue absuelto tres días después y pasado a retiro tras un paso por el Estadio Nacional donde se dedicó a golpear a los prisioneros en ese lugar. Unas décadas más tarde, el periodista Ernesto Carmona, tras publicar el libro “Morir es la Noticia”, logró identificarlo. Falleció en la impunidad.
LA RESISTENCIA CONSTITUCIONALISTA
Inmediatamente de conocida la noticia de un alzamiento del Regimiento Blindados, el comandante de la Guarnición de Santiago y de la II División, General Mario Sepúlveda Squella, llamó al General Guillermo Pickering Vásquez, Comandante de Institutos Militares, ordenando a las tropas leales sofocar la rebelión. Estos efectivos procedían del Regimiento de Infantería N° 1 Buin, al que se asignó cubrir el terreno al norte de La Moneda; la Escuela de Telecomunicaciones, a la que se ordenó avanzar desde sus cuarteles en la precordillera al centro de la ciudad por la Alameda; y las Escuelas de Suboficiales e Infantería quienes debían rodear a los rebeldes por el sur. El Regimiento de Infantería N° 18 “Guardia Vieja” y la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales fueron asignados como reserva táctica, quedando a la espera en Peldehue. Sepúlveda también ordenó al Regimiento de Artillería N° 1 Tacna cercar y ocupar el cuartel de los amotinados en avenida Santa Rosa.
Después de asegurar las tropas, llamó al Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats, con un plan ya diseñado para neutralizar a las fuerzas golpistas. Prats lo aprobó de inmediato y partió a visitar los regimientos militares próximos a Santiago para garantizar su ayuda contra el alzamiento. Solo encontró cierta resistencia en la Escuela de Suboficiales, pues algunos no deseaban disparar contra compañeros de armas. Prats les expresó que era “una orden”, pues tenía el deber de reprimir el movimiento sedicioso contra el gobierno constitucional y los oficiales debían obedecerle. Tras un breve momento de indecisión, decidieron apoyarlo y a las 10:30 las unidades salieron del cuartel a enfrentar la sublevación.
En la Escuela Militar, un grupo de alumnos le propuso al entonces Teniente Miguel Krassnoff Marchenko que se plegaran al levantamiento, ante lo cual Krassnoff debió ordenar el arresto de dos alféreces por insurrección.
Prats se propuso sofocar el motín antes de mediodía. Salió de su automóvil a la calle cerca del Palacio de La Moneda llevando un subfusil Thompson, con la decisión de acercarse a las unidas de los amotinados. El coronel Julio Canessa llegó a la zona con fuerzas de la Escuela de Suboficiales, y Prats le pidió que desplegara sus hombres y emplazara artillería pesada por la Alameda.
El comandante en jefe resolvió hablar con los soldados amotinados en un riesgoso esfuerzo por desarticular la sublevación y evitar que el enfrentamiento escalara. En sus memorias, Prats relató: “Decido avanzar, entonces, acompañado solo por el subdirector de la Escuela (de Suboficiales), teniente coronel Osvaldo Hernández, por el capitán Roger Vergara y el sargento Omar Vergara. El capellán Villaroel, muy conmovido, nos da la absolución”.
A las 11:10 horas, Prats y sus hombres se encaminaron resueltamente hacia el tanque más próximo. El comandante del tanque apuntó con su ametralladora, pero no disparó. Prats le ordenó bajar del tanque y cumplir sus órdenes y se rinda a los efectivos de la Escuela de Suboficiales. En forma sucesiva repitió la acción con los otros tanques y carros de combate, hasta que al llegar al tanque del teniente Garay, que se resiste a cumplir las órdenes de Prats, retrocediendo y apuntando al general. En ese momento, el mayor Osvaldo Zavala saltó por detrás de Garay, le apuntó en la sien y lo desarmó.
Otros tres tanques escaparon y fueron a entregarse al Regimiento Blindado, y que ya estaba al mando del nuevo comandante: el general Oscar Bonilla Bradanovic.
El rescatado capitán Sergio Rocha asumió el mando de los sublevados y se enfrentó con los efectivos del Regimiento Tacna, resultando herido. Algunos de los tanques escaparon, pero Souper con un grupo de tanques y carros se mantuvo al sur de la Moneda. Sin embargo, tras la llegada de refuerzos constitucionalistas del Regimiento de Infantería Nº 1 Buin, huyó en su tanque hacia el sur de Santiago, seguido por sus hombres.
EL DESENLACE
Las tropas constitucionalistas del Regimiento de Infantería Nº 1 Buin venían encabezadas por el general Augusto Pinochet Ugarte, casco en la cabeza y fusil en la mano. Era el segundo en el mando del Ejército, hombre de confianza de Prats y un reconocido constitucionalista. Cuando Pinochet vio a Prats, corrió a abrazarlo.
En tanto, el general Pickering había dispersado a los rebeldes del sector occidental de La Moneda. Allende llegó a La Moneda cerca del mediodía, siendo recibido por el general Prats.
Poco antes de bajarse de su automóvil el Mandatario, junto con su comitiva, instruyó a los hombres del Dispositivo de Seguridad Presidencial, conocido como GAP, que por prudencia no mostraran sus armas. Boris Rodríguez, uno de los miembros de la escolta, recuerda que, en un hecho inédito, su edecán naval, Arturo Araya Peeters, contradijo a Allende y dio una contraorden, en base a su formación militar: “¡Todos abajo con las armas en la mano!”.
En esos momentos, según relató Allende después, “todavía había francotiradores (…) Estaba saludando al general Prats y todavía seguían los disparos. Más de 20 dieron en La Moneda en el sector de la calle Teatinos”.
Rodríguez reflexiona que “es probable que ese hecho sellara el destino del constitucionalista comandante de la Armada”, quien fue acribillado la madrugada del 27 de julio, cuando se iniciaba un nuevo Paro de camioneros y gremios opositores, al tiempo que Patria y Libertad desencadenaba una ola de atentados terroristas a lo largo del país. Roberto Thieme me dijo que todo ese movimiento, para logar el definitivo derrocamiento de Allende, fue coordinado por la Armada. Pero esa es otra historia.
Souper se entregó en la tarde de ese 29 de junio, luego que unidades del Regimiento Tacna cercaran el batallón en que se refugió. Se abrió un proceso en la justicia militar en contra de los implicados, tenido como Fiscal al coronel Francisco Saavedra. Aparte de Souper eran el capitán Sergio Rocha y los tenientes Edwin Dimter Bianchi, Raúl Jofré González, René López Medina, Antonio Bustamante Aguilar y Mario Garay Martínez. Además, los civiles Carlos Souper Quinteros, sobrino de Roberto, y Claudio Gasset Ojeda.
Durante la tarde del 29, el Presidente Allende convocó a una manifestación frente al Palacio de La Moneda. Salió al balcón acompañado de los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas. En la ocasión, el Mandatario dijo: “Rindo homenaje a la fuerzas leales del Ejército de Chile, la Armada Nacional y la Aviación”.
La mayor parte de los jerarcas de Patria y Libertad se asilaron en la Embajada del Ecuador, y pudieron salir del país una semana después gracias a los salvoconductos otorgados por el Gobierno. Entre ellos estaba Pablo Rodríguez. Desde la embajada, emitieron un comunicado reconociendo ser promotores del alzamiento.
La noche del sábado 30 de junio de 1973, al día siguiente del Tanquetazo, los comandantes en jefe de las tres ramas de las Fuerzas Armadas y otros altos mandos mantuvieron una reunión en las dependencias del Estado Mayor de la Defensa Nacional. El general Prats expresó que la grave situación política que vivía el país debía solucionarse a través de un acuerdo entre los poderes del Estado para evitar un enfrentamiento armado y rehusó de manera tajante la posibilidad de una intervención militar, puesto que esta opción, advirtió, “arrastraría a las Fuerzas Armadas, sin retroceso posible, a imponer una tiranía con un gran derramamiento de sangre”. La reunión se cerró con acuerdo en torno a esta posición.
Entre los participantes, se encontraban generales como Augusto Pinochet, Óscar Bonilla y Sergio Arellano Stark del Ejército; vicealmirantes como José Toribio Merino Castro y Patricio Carvajal Prado por la Armada y el contraalmirante Ismael Huerta Díaz; y generales como Gustavo Leigh Guzmán y Nicanor Díaz Estrada por la Fuerza Aérea.
LA TRAICION Y EL TERROR
Es impactante revisar el camino que recorrieron las personas que fueron parte de la historia del “tancazo” y que hemos mencionado a lo largo de este trabajo. La mayoría traicionó su juramento de apego a la Constitución y por tanto al gobierno constitucional, transgrediendo la conducta que habían exhibido durante el “tancazo”.
Augusto Pinochet fue nombrado comandante en jefe del Ejército por el Presidente Allende el 23 de agosto de 1973, a sugerencia de Carlos Prats, quien había presentado la renuncia. Y en septiembre se sumó en la última hora a la conspiración en marcha para perpetrar el golpe de Estado, el que ya estaba liderado por Merino desde la Armada y por Leigh por la Fuerza Aérea, los que junto a Pinochet fueron parte de la Junta Militar que emergió luego del fin de la democracia.
Con impudicia, Pinochet señaló más tarde que el “tanquetazo” sirvió para que los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas midieran la capacidad de respuesta de las fuerzas de la Unidad Popular.
En el Ejército, los que encabezaban la conspiración eran los generales Oscar Bonilla y Sergio Arellano. El segundo pasó a la historia por encabezar la llamada “Caravana de la Muerte”, como delegado de la Junta Militar, la que entre septiembre y octubre de 1973 asesinó a lo menos a 93 personas y además se encargó de purgar a los residuos de oficiales militares constitucionalistas o que imaginaban un golpe de Estado de otras características. Con todo, Pinochet se encargó de llamarlo a retiro de la institución casi tres años después.
Luego del golpe de Estado, Bonilla fue designado Ministro del Interior y luego de Defensa. Murió en un extraño accidente aéreo el 3 de marzo de 1975, cuando el helicóptero que lo traía a Santiago se desplomó poco después de despegar. Siempre han existido presunciones de que fue un atentado, por sus conflictos con el director de la DINA, Manuel Contreras y sus desacuerdos con las violaciones a los derechos humanos, y por ser la figura más popular de la dictadura, cuando Pinochet trabajaba por concentrar la totalidad del poder.
Carlos Prats, como se sabe, partió al destierro a Buenos Aires, y fue asesinado junto a su esposa Sofía Cuthbert en un atentado explosivo en el barrio de Palermo, que fue perpetrado por la DINA, según se ha acreditado judicialmente. Murió como un militar constitucionalista, camino que siguieron Mario Sepúlveda, Guillermo Pickering y Osvaldo Zavala, los cuales renunciaron a la institución castrense junto a Prats.
Thieme me confirmó que parte importante de los militantes de Patria y Libertad terminaron prestando servicios a los aparatos represivos (como la DINA y el Comando Conjunto), y que su temprana ruptura con la dictadura lo alejó de Pablo Rodríguez, quien terminó como el último abogado defensor de Pinochet luego de su detención en Londres.
No pocos de los hombres de uniforme aquí mencionados sirvieron a la dictadura, como Julio Canessa (miembro de la Junta Militar desde 1985 y senador designado tras el regreso a la democracia), Roger Vergara (director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, hasta que fue acribillado por el MIR en 1980), y Osvaldo Hernández Pedreros (quien estuvo a cargo del Consejo de Guerra en el Regimiento Tacna inmediatamente después del golpe, después fue agregado militar en la Argentina e Intendente de la Región Metropolitana en los 80).
Un caso emblemático fue Miguel Krassnoff, quien se hizo cargo, después del golpe, de las autoridades de la Unidad Popular que inicialmente fueron recluidos en la Escuela Militar. Pedro Felipe Ramírez, Ministro de Vivienda de Allende, nunca ha olvidado su duro encuentro con el entonces teniente en ese lugar.
El mismo 11 de septiembre Krassnoff participó en el asalto de la residencia presidencial de Tomás Moro. Luego se convirtió en uno de los principales represores y criminales de la DINA, acumulando hoy centenares de condenas, que sumaban a octubre de 2025 más de 1060 años de cárcel, por su participación en crímenes de lesa humanidad.
También fueron activos colaboradores de la dictadura Patricio Carvajal (Canciller y Ministro de Defensa), Ismael Huerta (el primer Canciller de la dictadura) y Nicanor Díaz (Ministro del Trabajo).
EN EL ESTADIO CHILE
La primera y más completa investigación sobre la participación de hombres del “tancazo” en la represión posterior al 11 de septiembre de 1973, y específicamente en el asesinato de Víctor Jara, fue publicada por la periodista Mónica González, luego que el caso inspirara en parte uno de los capítulos de la segunda temporada de la serie “Los Archivos del Cardenal”.
La investigación judicial logró acumular una cantidad sustantiva de información al respecto, con fallos judiciales en los años 2012, 2018 y 2021, hasta la sentencia definitiva por la Corte Suprema, resuelta en fallo unánime el 28 de agosto de 2023.
La sentencia definitiva condenó, entre otros militares, a dos de los oficiales de la sublevación del 29 de junio de 1973, Raúl Jofré González y Edwin Dimter Bianchi, por los delitos de delitos de secuestro calificado y homicidio calificado del cantautor Víctor Jara Martínez y el director del Servicio de Prisiones, Littré Quiroga Carvajal. Habría que agregar que el 26 de diciembre de 2012, el ministro Miguel Vásquez Plaza sometió a proceso a ambos, junto al hombre clave del “tancazo”, Roberto Souper Onfray, como cómplices de delito de homicidio calificado de Víctor Jara.
Souper murió el 24 de agosto de 2015, por lo que no fue afecto al curso de las investigaciones judiciales. Previamente había sido sobreseído por “demencia incurable”.
En el proceso se acreditó que todos ellos permanecieron recluidos en el Regimiento de Telecomunicaciones del Ejército a raíz de su participación en el “tancazo” hasta el la tarde del mismo martes 11 de septiembre, al Ministerio de Defensa, oportunidad en que se les asignaron labores militares. La mañana del jueves 13 de septiembre, todos los oficiales que participaron en la sublevación del 29 de junio (Souper, Rocha, Jofré, Bustamante, López y Garay) fueron recibidos por el propio Pinochet, el mismo que los había reprimido meses antes en defensa del gobierno constitucional. El dictador les dirigió una palabras. Les dijo que, por los nuevos acontecimientos acaecidos en el país, la investigación judicial por esos hechos, se encontraba terminada.
Una parte de ellos (Souper, Jofré y Dimter), recibieron instrucciones de constituirse en el Estadio Chile. Allí se pusieron a disposición del al jefe del recinto, el Teniente Coronel Mario Manríquez Bravo, miembro del Comando de Apoyo Administrativo del Ejército. Pasaron a integrarse el comando del lugar.
Más tarde, cuando los prisioneros del Estadio Chile fueron remitidos al Estadio Nacional, el 16 de septiembre, Jofré se convirtió en ayudante del jefe del coliseo transformado en campo de concentración, coronel Jorge Espinoza Ulloa, junto al que permaneció hasta el día del cierre del recinto en diciembre de 1973.
Dimter y Jofré, por cierto, negaron cualquier relación con los crímenes investigados. Dijeron que solamente realizaron labores administrativas o logísticas en el Estadio Chile; por lo que nunca efectuaron interrogatorios a prisioneros. Aseguraron que no conocían a Víctor Jara y tampoco a Littré Quiroga, por lo que no podían acreditar que hubieran estado en el recinto, ni menos que hubieran tenido algún contacto con alguno de ellos.
Fue inútil. Las pesquisas judiciales, acompañadas por la Brigada de Derechos Humanos de Investigaciones, así como los numerosos testimonios de sobrevivientes de ese sitio de terror, sepultaron sus alegaciones.
Unos de los testimonios fue entregado por César Fernández Carrasco, quien fue detenido el 12 de septiembre al interior de la UTE, en la que era profesor, la que fue allanada y atacada por un contingente militar. Fue llevado junto a gran grupo de detenidos al Estadio Chile e ingresados al recinto en una fila única, donde recibieron golpes a su llegada. Fue ubicado en la tribuna sur del Estadio, y vio a Víctor Jara, que quedó a unos metros atrás y fue reconocido de inmediato por un oficial castrense y separado del grupo, siendo llevado al subterráneo. Añadió que el 13 de septiembre, lo vio de vuelta en las graderías, visiblemente golpeado y con la cara hinchada. Refiere que entre los oficiales militares, “había dos que recuerda especialmente, porque eran los más violentos, uno de mediana estatura, macizo de cabello oscuro, y el segundo, alto, rubio de ojos claros, de contextura atlética, de alrededor de treinta años, de voz muy potente, que permanentemente los insultaba y daba órdenes a los detenidos”, los que lo apodaron como “El Príncipe”.
Contó que a los pocos días se reorganizaron a los prisioneros en grupos para trasladarlos al Estadio Nacional, y que cuando esto se llevaba a cabo, vio al Oficial de aspecto germánico al frente de un pequeño grupo de soldados, que estaban al lado de Víctor Jara, quien estaba tirado en el suelo, boca abajo sobre un charco de sangre, al parecer muerto, dirigiéndose el Oficial a los presos, gritándoles que correrían la misma suerte por su afiliación comunista.
Había pasado medio siglo, pero la justicia rompió la impunidad de que habían disfrutado los criminales de Víctor Jara y Littre Quiroga, los mismos que un 29 de junio intentaron derrocar a Salvador Allende.
Santiago, 30 de junio de 2026.
Crónica Digital.
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