DOCE AÑOS DE SERMÓN, 100 DÍAS DE REALIDAD

Por: Marcelo Brunet. Abogado.

El Mostrador. 3 julio, 2026

La física y la política son inmisericordes. Si durante años dices que negociar es cobardía, cuando necesitas votos ajenos para aprobar tus propios proyectos no puedes evitar parecerte, según tu propio diccionario, a un cobarde.

Doce años es mucho tiempo para sostener un sermón y Republicanos lo hizo con envidiable disciplina. Mientras la centroderecha era la “derechita cobarde”, ellos eran la derecha que no transaba, la que llamaba las cosas por su nombre.

La fórmula era simple y rentable: endilgar cobardía a cualquiera que negociara y, así, convertir la intransigencia en virtud política. Era difícil refutarlos, porque la ventaja de la oposición es que sermonear no tiene costos.

El concepto no fue original. Santiago Abascal lo estrenó en España la década pasada contra el Partido Popular. José Antonio Kast lo importó con fidelidad para deslegitimar acuerdos que, aunque imperfectos, resolvieron problemas reales.

Desde la minoría identitaria era fácil exigir pureza sin pagar costos. Así, rechazaban la Ley Nain-Retamal, el acuerdo de pensiones, el acuerdo de 2019 para la paz, el rol de la oposición a Bachelet en la pésima reforma tributaria que pudo ser aún peor. La superioridad moral del concepto no admitía discusión porque el sermón no necesita resultados, sino fe.

Pero el 11 de marzo de 2026 esa ventaja se terminó. Republicanos entró a La Moneda como columna vertebral de un gobierno sin mayorías propias y que necesitaba votos caso a caso, aliado a aliado.

Lo que siguió fue una ironía exquisita: los mismos que durante años condenaron la democracia de los acuerdos empezaron a forzar acuerdos, los que llamaron cobardes a quienes negociaban comenzaron a negociar y los que amenazaban con “responder ante el electorado” a quienes cedían cedieron.

La física y la política son inmisericordes. Si durante años dices que negociar es cobardía, cuando necesitas votos ajenos para aprobar tus propios proyectos no puedes evitar parecerte, según tu propio diccionario, a un cobarde.

El PP español entendió esto en 2023: cuando VOX se abstuvo en la reforma de pensiones de Sánchez, el portavoz Borja Sémper le devolvió la etiqueta sin pestañear: VOX era ahora la “derechita cobarde”, la que le daba oxígeno a la izquierda. El insulto había completado su trayectoria circular.

En Chile el ciclo tardó meses en vez de años. Ahora que negocian para obtener una reforma tributaria, una acusación constitucional o manejar la agenda de seguridad, en el vocabulario que instalaron, hacen exactamente lo que haría un cobarde.

La ironía es trágica y no tiene salida: construyeron una identidad sobre un insulto y ese mismo insulto ahora los empieza a definir mejor a ellos que a quienes alguna vez apuntaron con el dedo.

Pasaron 12 años predicando inflexibilidad y en 100 días de gobierno mostraron que gobernar es negociar, que la realidad obliga a hacerlo, y que quien se pasó más de una década insultando a los que hacían política real, ahora debe hacer esa misma política, de prisa, sin el lujo del púlpito.

El problema de Republicanos no es que haya cambiado de posición, sino que su posición original siempre fue solo una pose y las poses no sobreviven el contacto con la realidad. Solo sobreviven en la oposición, que es exactamente el lugar desde el que predicaron durante 12 años. El lugar cómodo, el lugar sin consecuencias.

Se agotó el tiempo de los sermones. Bienvenidos al club de los “cobardes”.

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