Por Capitán Cianuro – El Desconcierto - 05 de Julio 2026
Mientras las artes, la literatura y el pensamiento crítico son relegados, el poder consolida una sociedad cada vez más dócil, consumista y alejada de su propia conciencia social.
La cultura nunca ha sido un lujo. Es la expresión viva de un pueblo, el espacio donde una sociedad piensa, recuerda y construye identidad. Por eso, cuando una nación comienza a limitar sus expresiones culturales, lo que realmente se deteriora no es solo el acceso al arte: es la conciencia social la que entra en recesión.
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Las sociedades decadentes no nacen únicamente de la pobreza económica, también se construyen desde la miseria intelectual. Cuando las artes y las letras son disminuidas, cuando las bibliotecas pierden apoyo y acumulan libros que se empolvan, y los espacios culturales se restringen o desaparecen, se abre la posibilidad de que la sociedad sea más frágil y manoseable.
El neoliberalismo entendió hace tiempo que el control cultural es tan importante como el económico, y desde ahí las ultraderechas se plantean una seuda batalla cultural. No basta con dominar los mercados; también es necesario moldear ciudadanos funcionales al sistema, y para eso están herramientas como los miedos de comunicación o el alimentar influencers que, mientras más neófitos, más funcionales.
Por lo mismo, la cultura debe dejar de ser una herramienta crítica y convertirse en un producto de consumo rápido y livianito. Desde ahí el arte deja de incomodar y pasa a decorar. La literatura deja de cuestionar y se transforma en entretenimiento vacío. Cuántas veces he recibido críticas diciendo que lo mío es escribir, no andar tomando posturas políticas y menos exponerlas en mis escritos; no sé si da rabia o hastío.
Una sociedad que defiende sus diversas expresiones culturales representa un peligro para cualquier estructura de poder que dependa de la obediencia. Una persona que lee desarrolla pensamiento crítico; quien se emociona frente a una obra de teatro comprende más a fondo los conflictos humanos; quien contempla un mural aprende a interpretar la realidad social. El arte despierta sensibilidad, pero también conciencia política.
Por eso resulta preocupante el escenario cultural que comienza a instalarse bajo el gobierno de Kast. El nombramiento de Francisco Undurraga como ministro de las Culturas, quien en estos 100 días de gobierno poco o nada se ha dejado ver, solo salió a lloriquear porque lo abuchearon en el CEINA el día del patrimonio. Su designación como Ministro fue interpretada por muchos como una señal de desconexión entre el poder político y el mundo cultural.
Más allá de la figura personal del ministro, lo que se cuestiona es la lógica detrás de esa decisión: considerar que la experiencia artística, el conocimiento humanista o la sensibilidad cultural son aspectos secundarios para dirigir una de las áreas más importantes en la construcción de ciudadanía.
Este tipo de nombramiento parece responder a la misma lógica absurda de ciertos programas de televisión donde cualquier inexperto, que posea algo de vitrina, puede convertirse en jurado de canto o baile sin tener formación, trayectoria ni conocimiento artístico. La diferencia es que aquí no se evalúa un espectáculo de horario prime, sino el desarrollo cultural de un país.
Porque administrar cultura requiere sensibilidad, comprensión histórica y vínculo real con las artes, no solo obediencia política ni funcionalidad ideológica. Las consecuencias son profundas: menos acceso para los sectores populares, menos oportunidades para jóvenes creadores y mayor precarización para quienes viven de las artes. También se empobrece el debate público y se limita la capacidad de la sociedad para mirarse críticamente a sí misma.
La llamada "cultura de mall" simboliza esta transformación. No por los centros comerciales en sí, sino porque representan la sustitución de la experiencia cultural por el consumo inmediato. Estas catedrales del neoliberalismo son verdaderos templos de adoración al consumo: ya no se necesita sacerdote, solo vendedores que reflejan al pastor y que, desde sus mostradores, sirven a esta nueva secta social, convertida en un curioso rezo dominical o de cualquier día de adoración al consumo. Hoy resulta más fácil acceder a vitrinas que a bibliotecas públicas en buenas condiciones. Se promueve el entretenimiento fácil por sobre la reflexión profunda.
Mientras tanto, las expresiones culturales populares sobreviven desde la resistencia. Los murales, las bandas independientes, las ferias del libro y los colectivos teatrales siguen retratando la fractura social que muchos prefieren ignorar. Los muros hablan porque contienen memoria, denuncia y conciencia de clase.
Existe una diferencia entre apreciar el arte y usarlo como símbolo de estatus: nunca me olvido de cuando curaba la obra de una escultora y compraban sus piezas no por su significado, sino por su volumen; o sea, mientras más grande era la obra, más pequeño el aprecio por ese arte. Hay quienes compran cuadros para decorar salones privados y libros para llenar bibliotecas que jamás serán leídas: acumulan madera. El problema no es el dinero, sino reducir la cultura a mercancía.
La decadencia cultural avanza sigilosamente y comienza cuando una sociedad deja de valorar a sus artistas, cuando se ridiculiza el pensamiento crítico y cuando el conocimiento se considera innecesario. Una comunidad sin acceso real a la cultura termina aceptando cualquier manipulación y cualquier abuso de poder.
Defender las artes y las letras no es un gesto romántico; es una necesidad democrática. Una ciudadanía culturalmente activa posee más herramientas para cuestionar injusticias y resistir la manipulación política.
El mayor peligro de nuestro tiempo no es solamente económico-político. Es la normalización de la ignorancia como forma de control social. Antes ser ignorante daba vergüenza; hoy parece una suerte de estatus en la estupidez. Porque cuando una sociedad deja de pensar, otros comienzan a pensar por ella. Y entonces el poder termina inevitablemente en manos de ignorantes con autoridad y de poderosos sin conciencia, como se refleja en el propio ministro o quien lo nombró.
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