LA SEGUNDA INDEPENDENCIA DE CHILE: MEMORIA, SANGRE Y DIGNIDAD EN LA PLAZA DE RANCAGUA.

El Acto encabezado por el presidente Allende a un costado de la ex Intendencia de O’Higgins a mediodía el 11 de julio de 1970. Crédito: Armindo Cardoso.

Por: Edison Ortiz.  Historiador y Columnista

El Clarín Chile. 8 julio, 2026

Hay tardes frías que queman la historia y quedan esculpidas para siempre en la corteza de la memoria colectiva. El 11 de julio de 1971 fue una de ellas. Aquel mediodía dominical, el Congreso Pleno, en un acto de unanimidad transversal inédito, aprobaba la Ley 17.450 que reformaba la Constitución para devolverle a Chile sus riquezas básicas. Horas más tarde, el presidente Salvador Allende, flanqueado por el pueblo y el cardenal Raúl Silva Henríquez, elegía la Plaza de los Héroes de Rancagua para hablarle a la patria. Sus palabras no buscaban solo el aplauso de la multitud; buscaban engarzar ese presente con la gesta fundacional de la República: “Aquí se sienten el ayer y el pasado… Aquí está presente la imagen de O’Higgins y aquí podemos decirle al padre de la patria que somos sus legítimos herederos, y que fue el pueblo el que ganó esta batalla de la independencia y la dignidad nacional”. Había nacido el Día de la Dignidad Nacional, la «segunda independencia» económica de un Chile que se erguía soberano.

Pero la historia no la escriben solo las plumas presidenciales ni los decretos solemnes de La Moneda. La historia se labra con el sudor, el carbón y la consecuencia de hombres que surgieron desde el riñón del movimiento sindical minero. Es imposible evocar la epopeya de la nacionalización de la gran minería, el rescate de ese «sueldo de Chile», sin que se nos agolpen en la garganta los nombres de los gigantes de Sewell y Caletones: Héctor Olivares Solís, Luis Vergara, Orlando Moraga, Luis Arredondo, Héctor Lagos, Manuel Tapia y Marco Pezoa. Casi todos ellos han partido ya al campamento celestial de los postergados, pero su legado permanece intacto, amarrado a las vigas de El Teniente y a los adoquines de Rancagua.

Ellos personificaron el ethos de una época dorada de la política chilena: una era movilizada por grandes relatos, ideales de justicia y una mística colectiva inquebrantable. Héctor Olivares Solís, desde la mítica Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC), sembró durante las décadas de los 50 y 60 la demanda inclaudicable de la nacionalización, llevando el clamor obrero hasta los pasillos del Parlamento. Orlando Moraga, presidente de dicha Confederación, estuvo en la solemne mesa del comedor de La Moneda el 15 de julio de 1971, firmando junto al mandatario el histórico decreto. En un descuido humano nacido de la emoción, Allende lo confundió en el salón repleto con Olivares. Daba igual: ambos eran la misma carne y voz del cobre recuperado para los niños del medio litro de leche. Junto a ellos, Luis «Lucho» Vergara, Luis Arredondo y tantos otros construyeron la barricada ética que defendió el derecho de Chile a caminar hacia su definitiva independencia económica.

El camino, sin embargo, no estuvo exento de dolores e ingratitudes. El experimento de la Vía Chilena al Socialismo fue bombardeado con saña por las transnacionales norteamericanas y las oligarquías terratenientes locales. Luego sobrevino el horror del golpe militar y el silencio cómplice. Esos mismos dirigentes sindicales, que habían entregado su vida por resguardar la riqueza patria, fueron perseguidos, encarcelados, torturados o exiliados. Paradójicamente, tras el retorno a la democracia, muchos de ellos debieron sufrir el flagelo de la invisibilización. Parodiando el destino de los héroes trágicos, fueron tratados como parias por el nuevo orden económico y por antiguos compañeros de ruta convertidos en tecnócratas del Estado, quienes prefirieron mirar para el lado antes que honrar la vieja mística obrera. Pero la consecuencia de estos hombres fue de una pureza de roca: la dictadura militar escudriñó cada rincón de sus vidas y jamás pudo condenar a un solo dirigente de la Unidad Popular por coimas o enriquecimiento ilícito. Como solía recordar Adolfo Lara, citando al compañero presidente: “Podemos cometer errores, podemos meter las patas, pero jamás las manos”.

Por eso, cuando despuntaba el nuevo siglo, en el año 2001, este grupo de quijotes —viejos, cansados, pero con el orgullo de clase intacto— decidió que el olvido no ganaría la última batalla. Con las manos curtidas por el frío de la mina y los años, empujaron la instalación de una modesta pero imponente placa conmemorativa en la esquina de la Plaza de los Héroes con Germán Riesco, en el viejo edificio de la Intendencia de O’Higgins. No necesitaban grandes presupuestos ni el patrocinio de los poderosos de turno; les bastaba su propia memoria revolucionaria.

A partir de ese año, cada 11 de julio, se transformó en un rito sagrado. Convocados por el eco de Olivares, Vergara, Moraga, Arredondo, Lagos, Tapia y Pezoa, los viejos estandartes se daban cita al pie de esa placa. Bajo las nubes plomizas del invierno rancagüino, recordaban a Chile entero que las venas abiertas de nuestra tierra alguna vez vertieron su riqueza para el patrimonio nacional y no para el bolsillo foráneo. Cada aniversario, frente a ese metal grabado, volvían a entonar las consignas de la dignidad, abrazándose con la complicidad de quienes cometieron errores políticos, pero jamás horrores morales.

Hoy la plaza luce más vacía; el tiempo se ha llevado físicamente a casi todos los protagonistas de esa gesta indómita. Sin embargo, su porfía anual rindió frutos. Aquella esquina es hoy un altar de la memoria social de la Región de O’Higgins. Frente a la voracidad privatizadora que en las últimas décadas desmembró parte de ese sueldo nacional, la persistencia de esos dirigentes nos sigue penando y exigiendo consecuencia.

Esta columna no es solo una crónica de páginas amarillentas; es un grito de rebeldía épica contra el olvido. Honor y gloria eterna a los dirigentes del cobre que nos regalaron la dignidad de sentirnos dueños de nuestro propio suelo. Mientras esa placa resista el viento en la esquina de Germán Riesco, y mientras las nuevas generaciones rescaten su historia desde las provincias, Salvador Allende y sus mineros upelientos seguirán marchando invictos por la Plaza de los Héroes. ¡Viva el 11 de julio! ¡Viva la segunda independencia de Chile!

Edison Ortiz González

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