JORGE GONZÁLEZ, EL SOCIÓLOGO POPULAR DEL CHILE NEOLIBERAL

Por Jorge Olguín Olate – El Desconcierto  - 11 de julio de 2026

Jorge González sigue siendo necesario. Porque su obra nos obliga a mirar el país desde abajo, desde quienes sobran en los discursos oficiales, desde quienes pagan el costo de cada experimento económico.

Hay artistas que cantan una época. Jorge González hizo algo más difícil: la diagnosticó antes de que Chile se atreviera a mirarse al espejo. Mientras el país aprendía a llamar “modernización” a la precariedad, “mérito” a la desigualdad y “libertad” al abandono, Los Prisioneros ya estaban cantando el Chile que todavía no terminamos de entender.

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Por eso Jorge González no envejece. No porque sus canciones pertenezcan a una nostalgia generacional, sino porque muchas de las heridas que retrató siguen abiertas. Fue “la voz de los 80”, sí, pero también una voz incómodamente actual. No fue sociólogo de universidad, no escribió informes ni papers, pero escuchó como pocos el ruido profundo de una sociedad que empezaba a quebrarse por dentro.

La dictadura no solo destruyó la democracia. También refundó económicamente el país. Instaló un modelo donde la educación, la salud, las pensiones, la vivienda y hasta la seguridad comenzaron a organizarse bajo una lógica de mercado. La vida empezó a medirse por capacidad de pago. Quien podía comprar, accedía. Quien no, esperaba, se endeudaba o quedaba fuera.

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En ese Chile nació la lucidez de Jorge González. Cuando el discurso oficial hablaba de progreso y crecimiento, él miraba otra cosa: jóvenes compitiendo en una carrera desigual, familias atrapadas en la promesa del consumo, barrios segregados y una sociedad donde el fracaso individual ocultaba una estructura profundamente injusta. “Quieren dinero” no era solo una provocación pop; era una lectura brutal del nuevo sentido común que se estaba instalando en el país.

Luego vino la transición. Y es importante decirlo con justicia: la democracia recuperó libertades políticas indispensables. Chile volvió a votar, a organizarse, a hablar sin el miedo absoluto de los años más oscuros. Eso no fue menor. Pero la democracia política no desmontó el corazón económico heredado. Lo administró, lo hizo más presentable y lo sostuvo con políticas sociales graduales.

En los años 90 y 2000 Chile creció, consumió y se endeudó. Se multiplicaron las universidades, los malls, el retail, los créditos, las tarjetas, los sueños de ascenso. El país parecía integrarse, pero muchas veces esa integración era una vitrina. La ciudadanía fue reemplazada por el consumo, y la promesa de dignidad por una cuota mensual. Ahí “La cultura de la basura” dejó de ser solo una crítica a la televisión o al espectáculo: fue también una advertencia sobre una sociedad que confundía modernidad con apariencia.

El modelo funcionaba para algunos y agotaba a demasiados. Permitía comprar, pero no siempre vivir mejor. Permitía estudiar, pero no siempre encontrar un futuro. Permitía endeudarse, pero no necesariamente avanzar. Chile parecía ordenado, pero acumulaba rabia. Parecía estable, pero bajo esa estabilidad crecía una pregunta incómoda: ¿cuánto aguanta una sociedad cuando el esfuerzo no alcanza para vivir con dignidad?

El 2019 no fue una anomalía. Fue el coro tardío de una canción que Jorge González había escrito más de treinta años antes. “El baile de los que sobran” no era solo una canción sobre jóvenes frustrados. Era un diagnóstico de la promesa rota de la educación, del mérito y de la movilidad social. Chile no despertó de golpe; venía escuchando esa canción desde hacía décadas, aunque muchos prefirieran no entenderla y en su obsecuencia se limitan a hablar solo de lo delictual.

El estallido social fue la explosión de un síntoma acumulado: pensiones bajas, salud desigual, sueldos insuficientes, abusos cotidianos, endeudamiento, segregación y una sensación transversal de abandono. Después vinieron procesos, promesas, acuerdos, fracasos y nuevas frustraciones. Pasó mucho en la superficie política, pero bastante menos en la arquitectura profunda del modelo.

El gobierno de Gabriel Boric intentó abrir algunos respiraderos sociales. Hubo avances y ajustes importantes: jornada laboral, salario mínimo, agenda previsional, derechos sociales discutidos con más fuerza. Pero no se clausuró el neoliberalismo. Apenas se empujaron correcciones parciales dentro de una estructura que siguió intacta. El viejo edificio se pintó en algunas paredes, pero sus cimientos continuaron casi en el mismo lugar.

Y ahora, bajo el discurso del orden, la seguridad y la reconstrucción, vuelve a asomar una gramática conocida. La llamada megarreforma de Kast, hoy en plena tramitación legislativa, propone reducir impuestos permanentes al mundo empresarial, flexibilizar regulaciones, acelerar permisos y confiar otra vez en que el crecimiento futuro resolverá las heridas presentes. Es el viejo relato: menos Estado, más mercado, más inversión y la promesa de que algún día el beneficio llegará hacia abajo.

El problema no está solo en los números. Está en lo que esos números significan. Cuando se reducen ingresos permanentes del Estado, los derechos sociales dejan de ser garantías y vuelven a ser gastos ajustables. Cuando la gratuidad se posterga, cuando el financiamiento municipal se tensiona, cuando la protección social depende de una recaudación futura incierta, no estamos ante una discusión técnica: estamos ante una pregunta política sobre quién sostiene la dignidad en Chile.

Muchos votaron buscando seguridad, pero los engañaron, porque el delito, el desorden y a la incertidumbre cotidiana son reales, porque el mismo modelo que la genera es real.

Por eso Jorge González sigue siendo necesario. Porque su obra nos obliga a mirar el país desde abajo, desde quienes sobran en los discursos oficiales, desde quienes pagan el costo de cada experimento económico. Tal vez el mejor homenaje no sea cantarlo con nostalgia, sino escucharlo con responsabilidad histórica.

Sus canciones nos recuerdan que una sociedad no se fractura de un día para otro: se va erosionando cuando normaliza que unos pocos bailen arriba, mientras demasiados, como ha ocurrido a lo largo de los más de 200 años de República, permanecen abajo, relegados a patear piedras.

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