LA NECESIDAD DE PREVENIR PARA NO LAMENTAR: LA GESTIÓN DE RIESGOS DE DESASTRES EN SANTIAGO ANTE EL TEMPORAL QUE SE AVECINA

                                                                                       Foto: Municipalidad de Santiago

Por: Diego Durán Toledo (*)

Interferencia. 16/07/2026

Cada vez que un sistema frontal de gran magnitud es anunciado para Santiago, la conversación pública suele concentrarse en la cantidad de lluvia esperada, la velocidad del viento o la posibilidad de interrupciones del suministro eléctrico. Sin embargo, el verdadero problema no es la lluvia. El problema es la vulnerabilidad acumulada en nuestra ciudad, que convierte un fenómeno meteorológico normal o intenso en un desastre con consecuencias humanas.

El temporal pronosticado para las próximas horas en nuestra ciudad vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hemos aprendido realmente de los eventos recientes? Basta recordar las inundaciones en sectores habitacionales emblemáticos, los deslizamientos de tierra en la precordillera o el colapso de ciertas vías como Gran Avenida, para constatar que, pese a los avances, seguimos reaccionando antes que previniendo.

La gestión del riesgo de desastres parte de un principio ampliamente reconocido por la comunidad científica y por organismos internacionales: los desastres no son naturales. Naturales son las lluvias. El desastre aparece cuando esos fenómenos impactan sobre territorios vulnerables, donde existen deficiencias en la planificación urbana, infraestructura insuficiente, ocupación de zonas de riesgo, desigualdad social y capacidades institucionales limitadas para anticipar y reducir sus efectos.

Santiago constituye un ejemplo evidente de esta realidad. La expansión urbana ha impermeabilizado extensas superficies, reduciendo la capacidad natural del suelo para absorber el agua. A ello se suma una infraestructura de drenaje que, en muchos sectores, fue diseñada para condiciones demográficas y climáticas distintas a las que hoy experimentamos.

Chile ha avanzado significativamente en materia institucional, con la existencia de un marco normativo robusto, pero no garantiza por sí solo territorios más seguros. La verdadera eficacia depende de su implementación cotidiana y de la coordinación entre instituciones nacionales, gobiernos regionales, municipios, empresas de servicios básicos y ciudadanía.

En este escenario, las medidas preventivas adquieren un valor incalculable. La limpieza de sumideros, el monitoreo permanente de cauces, la poda preventiva de árboles con riesgo de caída, el aseguramiento del tendido eléctrico, la fiscalización de construcciones en zonas críticas y la actualización constante de los planes comunales de emergencia son acciones que suelen pasar desapercibidas cuando funcionan correctamente, pero cuya ausencia se hace evidente apenas comienzan las lluvias.

La ciudadanía también desempeña un papel fundamental. Informarse por canales oficiales, evitar desplazamientos innecesarios durante eventos extremos, mantener despejados los sistemas de evacuación de aguas en viviendas y respetar las instrucciones de las autoridades forman parte de una cultura preventiva que todavía necesita consolidarse. La gestión del riesgo no es responsabilidad exclusiva del Estado; constituye una responsabilidad compartida que requiere corresponsabilidad social..

Frente al temporal que se aproxima, es razonable que las autoridades concentren sus esfuerzos en la preparación inmediata y en la respuesta operativa. Pero una vez que pase la lluvia, la discusión no debería desaparecer junto con las nubes. Cada evento extremo debe convertirse en una oportunidad para evaluar nuestras capacidades, corregir debilidades y fortalecer políticas públicas orientadas a reducir el riesgo antes de que ocurra la emergencia.

Porque la diferencia entre una intensa lluvia y un desastre no la determina únicamente la naturaleza. La determina, sobre todo, el grado de preparación de la sociedad. En tiempos de cambio climático, prevenir deja de ser un gasto para convertirse en la inversión pública más rentable. Solo cuando entendamos que la gestión del riesgo debe integrarse de manera permanente a la planificación del desarrollo podremos dejar atrás la lógica de lamentar después de cada temporal y avanzar hacia ciudades verdaderamente resilientes. La mejor emergencia es, precisamente, aquella que nunca llega a convertirse en desastre.

(*) El autor de esta columna es Administrador Público, Magíster en Gobierno y Gerencia Pública de la Universidad de Chile, académico e investigador del Laboratorio de metodologías, análisis e interpretación multidisciplinaria para el estudio del clima y los desastres. (LAB MULTIDES) de la Universidad Autónoma de Chile.

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