EL CRETINISMO PARLAMENTARIO TIENE DOMICILIO EN EL SENADO

Por : Álvaro Ramis Olivos Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad. -El Mostrador  - 18 de julio 2026

Al final de la obra no hay vencedores: solo actores que negociaron racionalmente puertas adentro y que, precisamente por eso, dejaron de actuar políticamente puertas afuera.

Marx acuñó un concepto para nombrar una enfermedad muy específica de la política moderna: el cretinismo parlamentario.

No es estupidez individual —los senadores del PPD que la semana pasada negociaron, perdieron y volvieron a perder un acuerdo con el ministro de Hacienda no son tontos— sino una patología institucional: la incapacidad de ver más allá de la sala, de la indicación, del voto disponible. Un mundo imaginario donde la correlación de fuerzas parlamentarias sustituye a la realidad social que ese Parlamento debería representar.

El episodio de esta semana es casi un manual de caso.

Primer acto: la pérdida de la realidad. Los senadores Pedro Araya, Loreto Carvajal y Ricardo Celis cerraron con Jorge Quiroz un acuerdo sobre invariabilidad tributaria en la megarreforma sin informar antes a la directiva de su partido ni al resto de la oposición. Horas después, el diputado José Montalva debió salir a aclarar que ese acuerdo no representaba ni al partido ni a la bancada de diputados; la directiva nacional reafirmó el rechazo al proyecto y la intención de recurrir al Tribunal Constitucional. Tres senadores decidieron que la realidad del PPD era la que ellos negociaban en un pasillo del Congreso, mientras el partido —como sujeto colectivo— seguía viviendo en otra. Ese es el síntoma primario: confundir el acuerdo táctico con el mandato político.

Segundo acto: la hipocresía como método. El doble discurso no corrió por una sola vía. El PPD rompió la unidad opositora —reforzada esa misma semana por los presidentes de partido— para negociar en solitario; el senador Diego Ibáñez calificó el pacto de “pésimo acuerdo”: peor, dijo, que la invariabilidad fiscal de Pinochet. Cuarenta y ocho horas después, el propio PPD se sintió traicionado cuando el Ejecutivo ingresó una indicación no pactada que bajaba el impuesto corporativo un punto adicional. Su reclamo fue elocuente: “se firma una cosa y se ejecuta otra”. Correcto, pero tardío y desde el lugar equivocado: quienes rompieron la lealtad de bloque para negociar solos invocan ahora la buena fe que ellos mismos habían vulnerado dos días antes. Es la doble moral que describía Marx: la fidelidad no es a un principio, sino al grupo de turno, y cambia de bando según convenga.

Tercer acto: el oportunismo disfrazado de gestión. Cuando el error explotó, Quiroz no ofreció una explicación política sino una fórmula de manual: “ambas partes, de buena fe, han entendido un tema algo distinto”. Retiró las indicaciones, volvió a la tasa del 23% y esperó que el ritual bastara. No bastó: Araya declaró el acuerdo muerto. Lo que queda no es una definición sobre qué modelo tributario conviene a Chile, sino una novela de agravios entre negociadores, donde el objeto real de la disputa —un punto porcentual, las mineras con royalty— es secundario frente a quién controla el relato de haber negociado bien.

Hablar de cretinismo parlamentario no cuestiona la inteligencia de estos actores, sino su estupidez política. Su incapacidad —o su indiferencia— para ver que cada indicación retirada, cada “buena fe” invocada después del hecho, no es gestión sino teatro: una puesta en escena que se representa mientras el reloj sigue corriendo sobre un proyecto que, en lo sustantivo, sigue votando contra los intereses de las personas más modestas.

Al final de la obra no hay vencedores: solo actores que negociaron racionalmente puertas adentro y que, precisamente por eso, dejaron de actuar políticamente puertas afuera.


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