EL CORREDOR TUNISIA–LIBYA: DONDE LOS CUERPOS SE CONVIERTEN EN MERCANCÍA

Por: Elena Rusca. Periodista, corresponsal en Ginebra

El Clarín Chile. 22 julio, 2026

La frontera como arquitectura de violencia

En el extremo oriental del Magreb, la frontera entre Túnez y Libia ha dejado de ser una línea geográfica para convertirse en una arquitectura de violencia. Desde junio de 2023, más de 7.400 personas —migrantes, refugiados, solicitantes de asilo, familias enteras, niños no acompañados— han sido atrapadas en un engranaje que combina detención arbitraria, expulsiones colectivas y redes de trata que operan con la complicidad de actores estatales y no estatales. Los expertos de Naciones Unidas describen un sistema que no surge de la improvisación, sino de una lógica organizada donde la vulnerabilidad humana se explota y la movilidad se castiga.

Las denuncias recibidas muestran que las fuerzas de seguridad tunecinas detienen a personas sub‑saharianas en operaciones sistemáticas, las trasladan a zonas fronterizas y las entregan a actores libios que operan en un vacío de legalidad. La frontera se convierte así en un espacio donde la ley se suspende y donde la violencia se normaliza como herramienta de gestión migratoria.

El cuerpo como territorio de castigo

Los testimonios recogidos por los expertos revelan un patrón de violencia física y psicológica que se ejerce con intención disciplinaria. Las personas detenidas son golpeadas con barras de hierro, sometidas a descargas eléctricas, atacadas por perros y amenazadas con armas de fuego. La violencia no es un exceso: es un método. Las búsquedas repetidas, las humillaciones, la confiscación de teléfonos y documentos, la privación de alimentos y la ausencia de atención médica forman parte de un proceso de deshumanización que busca quebrar cualquier resistencia.

Las mujeres denuncian violaciones; los hombres, agresiones severas. La frontera se convierte en un espacio donde el cuerpo es tratado como un objeto sobre el cual se ejerce poder, donde la dignidad se destruye y donde la vulnerabilidad se explota con impunidad.

La economía clandestina de la trata

El traslado hacia Libia abre la puerta a un sistema de trata que funciona como una economía paralela. Los expertos describen un circuito donde las personas son intercambiadas por dinero, combustible, hachís u otros bienes, según su “valor percibido” para el rescate. Quienes no pueden pagar quedan atrapados en ciclos de explotación continua.

En Libia, las mujeres y niñas son sometidas a esclavitud sexual, explotación repetida y violencia extrema. Los hombres son obligados a trabajos forzados en condiciones que recuerdan a los peores momentos de la historia contemporánea. Las víctimas son movidas de centros de detención a casas privadas, vendidas y revendidas en un circuito clandestino que opera con la lógica de un mercado: oferta, demanda, precio, mercancía.

La frontera deja de ser un espacio de tránsito para convertirse en un corredor donde los seres humanos son tratados como bienes fungibles, donde la vida se negocia y donde la explotación se institucionaliza.

La desaparición como política de frontera

Las denuncias incluyen elementos aún más graves: muertes bajo custodia, desapariciones forzadas y la posible existencia de fosas comunes cerca de instalaciones militares libias. La frontera se convierte en un territorio donde la violencia no solo se ejerce, sino que se oculta. La desaparición se convierte en una política de frontera, un mecanismo para borrar rastros, eliminar responsabilidades y perpetuar la impunidad.

La ausencia de mecanismos de protección, la falta de acceso a procedimientos de asilo y la criminalización de la movilidad alimentan un escenario donde miles de personas quedan atrapadas en un limbo jurídico y humanitario. La frontera se transforma en un espacio donde la vida humana se vuelve prescindible.

El vacío de responsabilidad estatal

El comunicado de los expertos de la ONU es un llamado urgente a Túnez y Libia para que investiguen de manera independiente y transparente, garanticen justicia y ofrezcan reparación a las víctimas. Pero también es un recordatorio de que la frontera tunecino‑libia se ha convertido en un laboratorio de políticas migratorias violentas, donde la externalización del control, la securitización y la impunidad producen un sistema que viola simultáneamente el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho humanitario, el derecho penal internacional y las normas de protección de refugiados.

La frontera ya no es solo un límite territorial: es un espacio donde se experimenta con cuerpos vulnerables, donde la movilidad se castiga y donde la vida humana se negocia. En este corredor, la violencia no es un accidente: es el método.

Un sistema que interpela a la comunidad internacional

La frontera Tunisia–Libya revela una tendencia global: la transformación de las políticas migratorias en sistemas de contención basados en la violencia, la externalización y la negación de derechos. La complicidad entre actores estatales y no estatales, la ausencia de mecanismos de protección y la normalización de la trata muestran que la crisis no es solo regional: es estructural.

El comunicado de los expertos de la ONU no solo denuncia un sistema, sino que interpela a la comunidad internacional. La frontera Tunisia–Libya es un espejo que refleja la deriva de las políticas migratorias contemporáneas, donde la seguridad se impone sobre la humanidad y donde la vida de miles de personas queda atrapada en un engranaje que las reduce a mercancía.

LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.