Por: Miguel Alvarado y Víctor Osorio. Los autores son periodistas.
Crónica Digital. 24 julio, 2026
Pedro Felipe Ramírez fue Ministro de Salvador Allende hasta el 11 de septiembre de 1973. En este diálogo relata su cruda experiencia durante y después del golpe de Estado en Chile, detallando su transición abrupta desde la actividad política a la clandestinidad, posterior captura y sometimiento a crueles tormentos. Detalla su intento inicial por llegar al Palacio de La Moneda, su posterior intento de resistencia en una de las fábricas del Cordón Cerrillos, hasta su captura en octubre. Tenía entonces 31 años.
Su testimonio muestra la brutalidad sistemática de la dictadura, describiendo con sobriedad las sesiones de tortura en la Academia de Guerra Aérea y su encuentro en la Escuela Militar con figuras que serán símbolo del terrorismo de Estado como Miguel Krassnoff. Más allá del sufrimiento personal, destaca la dimensión humana de Allende y examina las acciones de Estados Unidos que precipitaron la caída del Gobierno de la Unidad Popular.
En la dictadura militar fue detenido y permaneció en varios centros de prisioneros políticos tales como la Escuela Militar, la Isla Dawson, Ritoque, Tres Álamos y prisiones como la Cárcel Pública, la Penitenciaría de Santiago y la Cárcel de Valparaíso. En esta conversación recuerda su experiencia en parte de esos lugares. Partió al exilio en 1976, a Venezuela donde realizó numerosas actividades por la recuperación de la democracia en Chile.
Esta crónica, basada en una larga conversación con Pedro Felipe, es un ejercicio de memoria histórica indispensable.
–¿Cómo viviste el 11 de septiembre de 1973?
–Mi partido, la Izquierda Cristiana, había designado dos compañeros para que fueran mis guardias. Ellos alojaban en mi casa, junto a mi mujer y mi primera hija, que en ese momento tenía seis meses. Me despertaron a las 6 de la mañana, porque escucharon en las radios que había un movimiento militar en Valparaíso y un golpe de Estado en marcha. Nos preparamos para ver qué hacíamos. El primer intento mío fue ir a La Moneda, pero al mismo tiempo sabíamos que la Izquierda Cristiana había acordado antes que en una circunstancia de esa naturaleza nos congregáramos en la industria Fensa en el Cordón Cerrillos, una empresa que había sido intervenida y cuyos trabajadores crearon el primero de los cordones industriales. La idea era intentar desde allí una defensa del gobierno constitucional.
Me parecía que, como Ministro, debería ir a La Moneda, y fue mi primera opción. Y entonces partimos hacia el centro en el auto del Ministerio que tenía a disposición. Yo vivía entonces cerca de Colón con Manquehue. Entonces consideramos mejor irnos por Avenida Matta y llegar a la altura de La Moneda por Santa Rosa y desde ahí enfilar. Cuando llegamos a ese punto vimos que tanques bloqueaban el paso al centro y asumí que no podríamos llegar. Después supe que esos tanques, del Regimiento Blindado N° 2, el mismo del “tancazo” del 29 de junio, en realidad en ese momento solo estaban protegiendo su unidad.
Entonces con los compañeros que estaban conmigo nos dirigimos a Fensa. Llegamos allá y tratamos de conectarnos con el resto de los partidos de la Unidad Popular para una actitud unitaria frente a la situación. No fue posible. Se llegaron a congregar un par de centenares de dirigentes y militantes de la Izquierda Cristiana, además de trabajadores de la empresa. Desde allí vimos por televisión el bombardeo de La Moneda y cuando sacaron al cadáver del Presidente.
–¿Qué sentiste frente a esas imágenes?
Vimos al cuerpo del Presidente cubierto con una especie de gran frazada o manta de lana con cuadros rojos y blancos. Y recordé el almuerzo del día a finales de agosto en el que me designó Ministro de Vivienda, ocasión en que Allende me invitó a almorzar. También estuvo el periodista Augusto Olivares, su principal asesor, con el que nos pusimos a jugar ajedrez mientras llegaba la comida. El Presidente se sentó al lado y se puso a dormitar, y se tapó los pies con esa manta. Entonces para mí fue muy impresionante ver esa prenda en el momento que los militares golpistas sacaban al Presidente de La Moneda.
–¿Hasta qué hora estuviste en esa industria del Cordón Cerrillos?
Los golpistas anunciaron que habría toque de queda para ese día, así que alrededor de las 18 horas decidimos partir. Comenzaron a ser transmitidos bandos de la Junta Militar que llamaban a personeros del Gobierno y la Unidad Popular a presentarse a las nuevas autoridades. No aparecí en ninguno y por cierto que no me habría presentado en caso de haber sido mencionado. Pero evidentemente sabía que por prudencia no era posible volver a mi casa.
Caí detenido el día 10 de octubre de 1973, prácticamente un mes después.
BREVE CLANDESTINIDAD Y ABRUPTA DETENCION
–Aunque no aparecieras en los bandos militares, eras una persona conocida por haber sido Ministro de Allende hasta el mismo martes 11. ¿Pasaste entonces a la clandestinidad?
Así es. Pasé un mes escondido, aunque previo al golpe de Estado no había preparado un escondite propiamente tal. Primero, me contacté con Juan Enrique Miquel, un dirigente nacional de la Izquierda Cristiana que, al igual que yo, había sido presidente de la FECH, y partimos a la casa de un compañero socialista que había conocido en Cuba y que me había señalado que por cualquier cosa que necesitara acudiera a su persona. Pero me di cuenta cuando amanecimos que su familia está muy pero muy nerviosa por nuestra presencia.
–Tenían un Ministro de Salvador Allende en su casa el día después del golpe de Estado.
Claro. Entonces recuerdo que luego de un breve paso por casa de mis padres, fui donde de un compañero de curso de mi colegio, que era hijo de un hombre de derecha muy famoso: Francisco Bulnes Sanfuentes. Mi amigo se llamaba Cristian Bulnes Ripamonti y me alojó unos tres días. Después me fui a casa de mis padres que vivían en una parcela en La Pintana: fue la última vez que me encontré con mi mujer antes de mi detención. Creo que en ese lugar y ocasión fue concebida mi segunda hija. No me volví a reunir con ella hasta mucho tiempo después, cuando estaba por nacer mi segunda hija.
Después partí a casa de una hermana mía. Y a la una de la mañana rodearon la casa por lo menos unos 80 carabineros. Ya tenía una ruta de escape que había preparado, pero cuando estábamos cercados por ese contingente policial era imposible implementarla. Así que ahí me tomaron detenido.
–¿Cuál fue la causa de ese despliegue?
Pareciera que esta detención fue el resultado de una publicación en la revista “Ercilla”, que señalaba que había sido visto el 11 de septiembre en una caravana armada. ¿Qué había pasado? Después del golpe, el general Óscar Bonilla fue designado Ministro del Interior por Augusto Pinochet. Era quizás el general de Ejército más cercano a la Democracia Cristiana, pues había sido edecán del Presidente Eduardo Frei Montalva. Con el tiempo, Pinochet ordenó matarlo, haciendo que cayera un helicóptero en que se transportaba. Bueno, poco después del 11 de septiembre visitó Fensa y un dirigente sindical de la Democracia Cristiana se acercó a Bonilla y le dijo que el 11 de septiembre unos 200 militantes de la Izquierda Cristiana se habían reunido ahí, encabezados por Pedro Felipe Ramírez, y habían salido en una caravana de camionetas con armamento, incluso dijeron que el convoy tenía al final una ambulancia. Había muchos demócrata cristianos resentidos con la Unidad Popular y en particular con nosotros, la Izquierda Cristiana, por haber abandonado el partido y habernos sumado a la Unidad Popular.
Creo que Bonilla no creyó ese cuento, porque me conocía muy bien porque dos de los fundadores de la Izquierda Cristiana, Luis Maira y yo, éramos jóvenes diputados de la Democracia Cristiana en los años 60, casi los alfiles predilectos de Frei. Entonces entrábamos a La Moneda como Pedro por su casa y nos llegamos a conocer muy bien con Bonilla que era edecán presidencial. Bonilla no creyó en ese cuento y no hizo nada. Pero días después en la revista “Ercilla” apareció un parrafito en que recogía esa imputación.
–En aquellos tiempos, “Ercilla” era una revista orientada o controlada por la Democracia Cristiana.
Así es y entonces sale esta esta historia del convoy armado en una nota, que obviamente fue leída por la inteligencia militar y esa misma noche me ubicaron y detuvieron.
–¿Y quién escribió eso?
Una periodista. Mira, prefiero no ahondar en aquello, porque ella se pasó al campo de los demócratas y los perseguidos, porque enfrentó una experiencia una experiencia familiar muy muy dolorosa, pues su padre, que era un dirigente sindical de la Democracia Cristiana importante en el gremio de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales, fue detenido y desaparecido.
–Estamos hablando de Patricia Verdugo.
Sí, sí, estamos hablando de ella, pero después ella se dio cuenta de todos los dolores de Chile. Por ejemplo escribió “Los Zarpazos del Puma”.
–El general Sergio Arellano Stark, que también fue edecán de Frei Montalva, fue quien encabezó la Caravana de la Muerte de la que trata esa investigación periodística.
Sí, fue edecán. Lo conocí al igual que Bonilla. Pienso que llegó a ser un hombre de la CIA en el Ejército. De la misma manera que el “Plan Zeta”, ese supuesto autogolpe marxista de que habló la dictadura en el primer período posterior al golpe de Estado, también inventado por Estados Unidos a través de la CIA. Ambas cosas se encuentran relacionadas, porque tenían un propósito fundamental: ensangrentar el golpe de Estado y garantizar una dura reacción del mundo militar.
MIGUEL KRASSNOFF Y LA ESCUELA MILITAR
–¿El primer lugar de detención en que fuiste recluido fue la Escuela Militar?
Claro. Ahí estábamos detenidos cinco dirigentes del Gobierno y de la Unidad Popular, entre ellos don Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista de Chile.
Allí me interrogaron por primera vez. Empezaron a hacer una serie de preguntas muy raras. De pronto me dijeron: “Bueno, lo sabemos todos, pero cuéntenos en detalle sobre el “Plan Troya”. Me pregunté de dónde sacaban eso. Entonces, recordé que cuando fui nombrado Ministro me vestía como un joven de ese tiempo. Un día el Presidente me llamó la atención, porque un hombre muy formal, muy elegante y me dijo: “Pedro Felipe, que quiere que le diga, usted es Ministro, es importante su presentación personal”. Le respondí: “Presidente, no se preocupe, estuve recién en Punta Arenas y allá hay una empresa textil muy buena y compré unas telas de lana para hacerme unas chaquetas buenas”. Así lo hice y mandé a hacerlas donde un sastre de nuestra familia.
Lo que había pasado con las preguntas de los militares es que me habían sacado el talonario de cheques, en que había varios girados al sastre, cuyo apellido era “Troya”. “Cuéntenos, lo sabemos todos”, insistía. Entonces les respondí: “Troya no es un plan, es un sastre”… Observé como los militares hicieron esfuerzos para no reír.
Uno de los militares me llevó a tirones desde el primer piso, donde estaban interrogándome, al cuarto de reclusión, hizo pasar al guardia que estaba en la en la puerta para que se sentara delante de mí, le dijo que pasara bala y que no me dejara dormir toda la noche. ¿Saben quién era?
–¿Quién?
Miguel Krassnoff. El mismo que, más tarde, se hizo conocido como represor de la DINA y hoy está condenado a cientos de años de presidió. Lo conocí en esas circunstancias. Era teniente. Y era brutal.
En la Escuela militar estaba solo en mi en la pieza, que tenía un baño interno. Entonces, estaba aburrido todo el día. La rutina era que nos levantaban super temprano, a las 6 de la mañana, y teníamos que estar listos a las 6:30 horas, hasta las 8 que nos traían el desayuno.
Me habían quitado todo, incluyendo el reloj que me había regalado mi suegro (Radomiro Tomic, ex candidato presidencial en 1970), que era un Omega maravilloso y antiguo. Me lo quitaron y nunca me lo devolvieron. En una ocasión me dejaron pasar unos chicles. Nunca me gustaron los chicles, pero con ellos hice las figuras de un de un ajedrez. Entonces jugaba conmigo mismo. Un día entró Krassnoff a la pieza y vio el ajedrez. ¿Qué es esto?, dijo. Y lo rompió en forma agresiva. Tenía gestos de sadismo absurdo de ese tipo.
En ese momento no sabía cómo se llama. Lo supe mucho más tarde, porque se hizo famoso como represor de la DINA. Se trataba de un tipo que odiaba a los a los comunistas porque era descendiente de rusos antibolcheviques. Tenía una herida histórica ahí y que justificaba matar comunistas.
Desde allí me llevaron a la Academia de Guerra, el 17 de octubre, lugar en que conocí la tortura y que era un infierno.
TORTURA EN LA ACADEMIA DE GUERRA
–Cuéntanos de tu experiencia en la Academia de Guerra. ¿Fue el lugar de detención en el que experimentaste mayores vejaciones?
En la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea (FACH), que se había preparado para enfrentar con la violencia a la izquierda, luego que descubrieran que al interior de la institución se había organizado un grupo de oficiales y suboficiales que pretendían resistir la participación de la FACH en el golpe de Estado, a partir de lo cual es detenido el general Alberto Bachelet. Para los golpistas, eran “infiltrados del marxismo”, operadores del “Plan Zeta”. En verdad, eran uniformados respetuosos de la Constitución y las instituciones democráticas.
Cuando yo llegue ya esa unidad se había especializado en la represión de los hombres de la FACH antigolpistas, también comenzó a torturar otras personas. Me vendaron y amarraron las manos antes de salir de la Escuela Militar, o sea, yo no sabía para dónde me llevaban.
Tenía solamente el sentido de orientación por las vueltas que daba la camioneta que me llevaba. Sabía que estábamos en ruta como hacia la cordillera, pero no sabía nada más. En el lugar, las primeras cosas que me permitieron sentir algo fue el sonido. Empecé a escuchar muchos quejidos de gran dolor. Me dije: “Esto es igual que el infierno”. Mi sensación era que estaba llegando al infierno.
–Era un centro de tortura.
La Academia de Guerra era un centro de tortura. Para eso me llevaron para allá. Lo primero es que sentí, siempre vendado, era que había llegado a un espacio muy grande, en el que me mantuvieron de pie por horas y en que cada cierto tiempo un tipo me daba un puñetazo en la espalda. Después que me introdujeron a un espacio muy chico. Ahí me desnudaron, me colocaron encima de una camilla metálica y empezaron a ponerme los electrodos en varias partes del cuerpo. Primero, sin preguntas: el operador del magneto estaba probando.
Me colocaron electricidad directa al cuerpo. Se piensa que los genitales son lo más doloroso, pero lo que más me afectó a mí fueron los electrodos en las sienes. En medio de la tortura empezaron a hacer preguntas, mientras un tipo daba vuelta a una manilla con un magneto. Pienso que lo hacían con 80 watts, que no mata. En cambio, en la DINA, a partir de su creación en el Regimiento de Tejas Verdes en San Antonio, lo hacían a 220 watts y se moría la gente.
En el segundo día hicieron lo mismo, pero pasó una cosa notable. De repente, algún militar llamó a los interrogadores y me dejaron solo con el operador de la manilla. Y entonces el tipo me dijo: “Perdóneme, jefe, pero en esta huevada yo me gano los porotos”… Creo que no era militar, sino de la Policía de Investigaciones.
Después continuaron los interrogatorios. Apareció un supuesto médico, que me preguntó su tenía problemas cardíaco. Cuando dije que no, señaló a los torturadores: “Sigan”… Más de una vez perdí la conciencia: una de ellas desperté producto de las patadas que alguien me propinaba para que me levantara.
El 19 de octubre, el día de mi cumpleaños, me inyectaron pentotal. Perdí la conciencia. Al momento de despertar dos tipos me arrastraban de las axilas, mientras lloraba y llamaba a mi esposa.
–¿Sentías miedo? ¿O se pierde todo noción de miedo y solamente se quiere sobrevivir?
Exactamente. Diría que el verbo fundamental era sobrevivir. Eso era muy potente, muy potente. Y la otra cosa que fue dominante era la familia, pensar en mi familia.
–¿Hasta cuándo estuviste en ese infierno?
Al final después de siete días en la Academia de Guerra Aérea, me regresaron a la Escuela Militar, hasta que el 22 de noviembre me llevaron a la Isla Dawson, en el extremo austral del país, donde los militares recluyeron a buena parte de los dirigentes del Gobierno y la Unidad Popular. Pero fue solo otro de una serie de campos de concentración en que estuve recluido por unos tres años, hasta 1976.
LA LIBERTAD Y EL FUTURO
–¿Cómo fue tu liberación?
Unos años después, en Valparaíso me sometieron a un supuesto juicio. Un actuario se me presentó y me leyó la resolución del juez. Dijo: “Habiéndose comprobado fehacientemente que el señor Pedro Felipe Ramírez incurrió en delito ‘de subversión nacional’, considerando”, y entonces precisó, “para que le voy a leer todos los considerandos”, y concluyó: “Este juez deja en libertad a don Pedro Felipe Ramírez, por ahora”.
Me invitó entonces a cenar el cardenal Raúl Silva Henríquez a su casa, a quien conocía. No éramos amigos, pero compartimos varias veces con ese gran prelado. Mi esposa, que había visitado a la mujer de don Lucho Corvalán, me pasó a buscar a la casa del cardenal.
Me transmitió lo siguiente: “Los comunistas te envían un mensaje: te van a volver a detener, están por volver a detenerte”. No tuve dudas de que la información de los compañeros era fidedigna. Entonces le dije: “Bueno, vámonos a la residencia del embajador de Panamá”. Llegué a la una de la mañana y el hombre salió en bata. Le conté y me dijo: “Bueno, quédese aquí, pero no como decir asilado, sino como huésped”.
En la mañana, me informó: “Voy a hablar con el Ministerio del Interior para que pueda sacar su pasaporte y al mismo tiempo para que autorice la salida”. La gestión fue exitosa y me dieron pasaporte sin la “L”, que era la indicación oprobiosa de prohibición de reingreso al país. No fui expulsado, salí libremente de Chile. Me refugié en Venezuela, donde colaboré con la solidaridad con la causa democrática chilena. Y en cuando pude retorné a Chile, para seguir la lucha y me correspondió encabezar la Izquierda Cristiana en los dos primeros años de Jornadas de Protesta Nacional.
–¿Cuál es el recuerdo que no solamente histórico y político, sino humano, del Presidente Salvador Allende?
Bueno, Allende desde muy temprano sabía que venía a hacer un gobierno transcendente para Chile. Que su programa y su vocación era, efectivamente, hacer una transformación estructural muy importante y profunda, que radicaba básicamente en la nacionalización del cobre, en la profundización de la reforma agraria, en la liquidación de los monopolios del mundo industrial y comercial, la creación de un nuevo orden social sostenido en los trabajadores y un Estado fuerte que garantizara un proceso de creciente igualdad. Creo que siempre estuvo consciente de que ese programa era muy importante para el país.
Pienso que valió la pena poner la vida y el cuerpo al servicio del proyecto allendista.
En este contexto, el Gobierno de Estados Unidos, al mando de Nixon y Kissinger, estimaban que el Gobierno de Allende era un peligro por su “efecto demostrativo”, pues era el primer Presidente de pensamiento marxista y con apoyo comunista que era elegido en una elección democrática en el mundo. Eso tenía, en efecto, un efecto demostrativo muy peligroso para Estados Unidos en por lo menos tres países de Europa Occidental, el que era su principal aliado. Había países donde los partidos comunistas eran muy importantes, como los casos de Italia, Francia y España. Por eso Estados Unidos se jugó entero por, primero, tratar de que Allende no saliera primero en la elección; segundo, tratar de que la Democracia Cristiana no confirmara su elección en el Congreso pleno; y en tercer lugar, hacer todo lo posible por dar un golpe de Estado. Estados Unidos se la jugó entera. Y además con una alianza estrecha con toda la derecha chilena.
–Te agradecemos por compartir este testimonio, sobre todo de una persona que vivió para contarlo.
Yo agradezco a ustedes, porque creo que es muy importante que esta historia no se pierda nunca. Me parece que hay mucha gente joven que se interesa por conocer esos tiempo que no vivieron. Es necesario preservar la memoria.
Santiago, 24 de julio de 2026.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
