CEUTA: CUANDO LA HISTORIA LLAMA A LA PUERTA DE EUROPA

EDITORIAL: 02 DE AGOSTO 2026

Cada vez que una embarcación alcanza las costas de Ceuta, Lampedusa, las Islas Canarias o las islas griegas, Europa vuelve a preguntarse cómo detener la inmigración. Se habla de fronteras, de seguridad, de mafias dedicadas al tráfico de personas y de los límites de la capacidad de acogida de los Estados. Casi nunca, sin embargo, se formula la pregunta más importante: ¿dónde comenzó realmente esta historia?

La respuesta más habitual sitúa el origen del problema en la pobreza, los conflictos armados, la inestabilidad política o la acción de las redes de tráfico de personas. Todo ello forma parte de la realidad. Pero esa explicación resulta incompleta porque deja fuera un elemento decisivo: la historia.

La historia no comenzó cuando miles de africanos intentaron llegar a Europa. Comenzó siglos antes, cuando fueron las potencias europeas las que cruzaron el Mediterráneo y los océanos para conquistar África, ocupar sus territorios y reorganizar sus economías en función de los intereses de los imperios.

Durante siglos, el continente africano fue incorporado al sistema económico mundial como proveedor de materias primas indispensables para el desarrollo europeo. Oro, diamantes, caucho, cobre, petróleo, uranio, cacao, algodón y, en tiempos más recientes, minerales estratégicos como el coltán y el cobalto impulsaron la industrialización de Europa mientras gran parte del valor generado abandonaba el continente donde esos recursos eran extraídos.

El desarrollo europeo y el subdesarrollo africano no fueron procesos independientes, sino historias profundamente conectadas. No se trata de afirmar que el pasado determina por completo el presente, sino de reconocer que muchas de las desigualdades contemporáneas tienen raíces históricas.

La Conferencia de Berlín de 1884-1885 simboliza esa lógica. Sin un solo representante africano, las potencias europeas dividieron el continente trazando fronteras que ignoraban pueblos, culturas y formas tradicionales de organización. Aquellas decisiones no solo modificaron mapas: alteraron equilibrios políticos y sociales cuyas consecuencias todavía pueden observarse.

Las independencias conquistadas durante el siglo XX constituyeron una victoria histórica de los pueblos africanos. Sin embargo, la independencia política no siempre significó independencia económica. Persistieron relaciones comerciales profundamente asimétricas, mecanismos de influencia financiera, presencia militar, control sobre recursos estratégicos y formas de dependencia que diversos autores han denominado neocolonialismo.

Sería un error analizar la corrupción, el autoritarismo o la fragilidad institucional que aún afectan a diversos Estados africanos como fenómenos completamente desvinculados de la experiencia colonial. En muchos territorios, las potencias europeas no solo extrajeron recursos; también construyeron estructuras políticas destinadas a garantizar el control del territorio, proteger sus intereses estratégicos y asegurar la continuidad de un modelo económico. Aquellas instituciones no fueron concebidas para fortalecer la participación democrática ni para promover el desarrollo de las sociedades africanas, sino para administrar la colonia y preservar el poder.

Sería igualmente incompleto atribuir todos los problemas actuales de África exclusivamente al colonialismo. La corrupción, el autoritarismo, los conflictos internos, las malas decisiones de numerosos gobiernos, la captura del Estado por élites locales y las tensiones geopolíticas contemporáneas también forman parte de la explicación. La historia condiciona, pero no determina de manera absoluta el destino de las sociedades. Los pueblos siguen siendo protagonistas de su propio futuro.

El colonialismo dejo heridas políticas, sociales y culturales que no desaparecían con la independencia, no solo degradó a los pueblos colonizados: también erosionó los valores democráticos de las propias sociedades colonizadoras.

A ello se suma una contradicción difícil de ignorar. Muchos países que durante siglos vieron salir enormes cantidades de riqueza desde sus territorios continúan soportando el peso de una deuda externa cuya legitimidad moral ha sido ampliamente discutida.

  • Existe una diferencia entre la deuda financiera y la deuda histórica.
  • La primera aparece en los balances de los bancos.
  • La segunda permanece inscrita en la memoria de los pueblos.
  • Pero la historia tampoco explica por sí sola las migraciones del siglo XXI.
  • El cambio climático acelera la desertificación y compromete la seguridad alimentaria de millones de personas. Los conflictos armados destruyen comunidades enteras. La globalización permite conocer oportunidades que antes permanecían invisibles. Las tecnologías de comunicación reducen las distancias entre continentes. Todo ello influye en las decisiones de quienes abandonan su tierra.
  • Europa también vive sus propias contradicciones.

Mientras una parte importante del debate político reclama controles migratorios cada vez más estrictos, numerosos sectores económicos dependen del trabajo de inmigrantes para sostener la agricultura, la construcción, el cuidado de las personas mayores, los servicios y diversas actividades esenciales. Al mismo tiempo, el envejecimiento demográfico europeo plantea un desafío estructural que difícilmente podrá afrontarse sin algún nivel de inmigración.

Esta tensión alimenta el crecimiento de movimientos nacionalistas que entienden la inmigración como una amenaza para la identidad cultural y la seguridad. Frente a ellos, otros sectores insisten en que los derechos humanos y las obligaciones internacionales exigen una política de acogida más amplia. El desafío consiste en conciliar dos principios igualmente legítimos: el derecho de los Estados a proteger sus fronteras y la dignidad inherente a toda persona que migra.

Las fronteras contemporáneas son espacios donde también se decide quién puede circular, quién debe esperar y quién queda excluido. Ceuta, Melilla y Lampedusa son hoy escenarios donde convergen siglos de historia con los dilemas políticos del presente.

Europa tiene derecho a proteger sus fronteras. Todo Estado soberano lo tiene. Pero también tiene la responsabilidad de mirar la historia completa. Porque la riqueza de unas regiones y la pobreza de otras no siempre evolucionaron por caminos separados. Durante siglos formaron parte de un mismo proceso histórico.

"La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado."

Las preguntas verdaderamente incómodas no son cuántas personas llegan hoy a Europa, sino qué procesos históricos, económicos y políticos siguen empujando a millones de seres humanos a abandonar la tierra donde nacieron.

La historia no absuelve ni condena por sí sola. Pero sí exige memoria. Y una sociedad que renuncia a comprender su pasado difícilmente podrá construir respuestas justas para su presente.

Porque la historia rara vez desaparece. Permanece en las instituciones, en las fronteras, en las economías y en la memoria de los pueblos.

Y cuando hoy miles de personas llaman a las puertas de Europa desde Ceuta, quizá no solo estén buscando un futuro mejor.

Tal vez sea también la propia historia la que ha vuelto a llamar a la puerta.

CORPORACION SOLIDARIA UTE-USACH