CENSURA Y ESTUPIDEZ COMO PARTE DEL PROYECTO

Por: Jaime Hales. Escritor y abogado

Biobío Chile.  Martes 04 agosto de 2026

En abril de este año escribí en estas páginas un artículo recordando a Goebbels, ministro de Propaganda del gobierno de Hitler en Alemania. El 1 de mayo se cumplieron 9 ciclos de 9 años desde su muerte: lo que podría ser un tiempo más que suficiente para cerrar etapas. En lugar de eso se reaviva la memoria, suceden hechos simbólicos y se repiten historias, estéticas, maneras de hacer las cosas en distintos lugares del mundo, incluido Chile. La censura, la estupidez, la banalidad son parte central de un proyecto económico, social y cultural.

Un recuerdo indeseado

No puedo evitar recordar nuevamente a Goebbels, al nazismo, a la dictadura chilena de Pinochet y sus aliados, cuando veo amagada la cultura y las artes.

Tal vez tiene que ver con los últimos sucesos de censura en la región del Maule, con los discursos del presidente de Estados Unidos, con la confusa información sobre los acontecimientos de Ceuta, con los silencios sospechosos del sudeste asiático, los misterios de lo que sucede en los estrechos caminos marítimos del petróleo, las celebraciones “democráticas” que se preparan en Cuba (100 años de Fidel) y en Santiago de Chile (encuentro de partidos de derecha del todo el mundo) y muchas otras cosas que se dicen sibilinamente o se callan de modo sospechoso.

O quizás, como decía en aquel texto de abril, con ese estilo fino, atildado, siempre sereno, con una sonrisa pronta y cierta amabilidad para referirse a todas sus intenciones, habitual en las exposiciones de los que gobiernan hoy en nuestro país, tal como lo hacía el ministro del Reich.

Los discursos: elusivos y cínicos

También hay algo en los contenidos de los discursos.

Con insistencia se habla de que todo lo malo que sucede en estos meses de gobierno de Kast deriva de los fracasos, errores, o actos directamente malintencionados del gobierno de Boric. Todo es culpa de Boric. Lo mismo que se hizo en 1932 para el triunfo electoral de Hitler, culpando a los gobernantes de los años precedentes por el “fracaso alemán”.

Pero el discurso tiene algo de cínico, cuando quien asume el Ministerio de Seguridad es una de las personas que argumentó con mayor énfasis para oponerse –en tiempos de la discusión pública y parlamentaria– a la creación de esa institución. Lo mismo cuando quien celebra la importancia del tren a Chillán como ministro de Transportes, fue quien lo criticó con acidez cuando se inauguró.

Y suma y sigue.

Podemos hablar del “crecimiento económico”, del incremento de la cesantía, de las situaciones de violencia escolar y juvenil, de las sensaciones de inseguridad en la población, de los delitos con cierta connotación pública, de las contradicciones cuando se habla de reducciones presupuestarias pero se considera aumentar el endeudamiento público en la misma cifra.

Hasta las amistades internacionales se debilitan a la luz de los nuevos aranceles que fija el gobierno de Estados Unidos para Chile (entre otros países), violentando nuevamente el Tratado de Libre Comercio que se supone vigente entre ambos países. Dos ministros de Kast, el de Defensa (Barros) y el de Agricultura (Campos, irónicamente), han denunciado la violación del Tratado, pero siguen allí pese a que el Presidente guarda silencio y su canciller dice que está estudiando soluciones.

Lo que va quedando claro

En fin, mucho paño que cortar, porque si algo va quedando claro es que este gobierno tiene rumbos confusos, salvo en su intención de profundizar en el sistema económico neoliberal y en sus parámetros culturales.

Y es en ese punto donde también tiene un tope con una parte de quienes lo apoyan. La derecha más tradicional, heredera nostálgica de las familias conservadoras y liberales de Chile, no ha conseguido hacer un trabajo consistente con sus aliados circunstanciales. Más alejados del pinochetismo que los militantes del Partido Republicano, han querido marcar ciertas diferencias y tienden a oponerse a determinadas propuestas o a exigir correcciones a algunos proyectos.

Se podría esperar que los más renuentes a las políticas radicales del partido del Presidente de la República fueran los militantes de Evópoli, organización que sólo consiguió un cupo ministerial en el área menos relevante para el nuevo gobierno: Culturas, Artes y Patrimonio.

La sede principal de este ministerio está en Valparaíso. No sé si el Ministro trabaja allá. El edificio ministerial, una desabrida estructura que se ve descuidada hasta el extremo de que tiene vidrios rotos en su fachada, nos da una idea de lo que está sucediendo en el área.

Los anuncios del ministro

Con un énfasis increíble, se anunció en un momento el fin de las obras de restauración y remodelación del edificio que alberga el Centro Cultural Gabriela Mistral en Santiago.

¿La razón? Falta de presupuesto.

Lo curioso es que para poner fin al contrato por anticipado, el Estado debe pagar como indemnización a la empresa desahuciada una cifra equivalente a lo que faltaba por construir. ¿Quién entiende eso? Probablemente el Ministro. Y la empresa que recibirá el dinero sin tener que trabajar: todo será utilidad.

Luego y sin ningún lamento, el Ministro se allana a rebajar el presupuesto en curso por la “petición” del Ministro de Hacienda, sin anunciar qué parte de ese presupuesto deberá padecer el recorte (Tal vez haya sido la reposición de vidrios quebrados en el Ministerio).

No contento con eso, el ministerio anuncia la reducción del presupuesto para 2027 en un porcentaje total de nueve por ciento, pero que será más de un cincuenta en promedio para los fondos de apoyo al desarrollo de las artes y la cultura. Algunos bajan a casi un tercio.

Cuando algunos ilusos podíamos esperar un aumento y los realistas la mantención de las cifras, se nos sorprende con una reducción que significará menos proyectos aprobados o menos dinero para cada proyecto. O ambas cosas.

La censura llegó

Si bien hasta aquí las cosas no se ven bien para el rubro, todo se hace peor con un recuerdo de Goebbels que resulta patético y hasta irónico.

Durante la última semana se recibió una invitación para el primero de agosto a las 11 de la mañana. En el Museo O’Higginiano de Talca se presentaría el libro del escritor y periodista Gabriel Rodríguez, destacado intelectual de la zona, presidente de la filial de la Sociedad de Escritores de Chile por años, Gabriel Rodríguez Bustos, que lleva por título Auschwitz, Colonia Dignidad y más.

Con gran sorpresa, en el anochecer del 31 de julio el autor se enteró por intermedio de la SECH que el Museo había suspendido el acto. Los funcionarios del organismo público supieron de esto por una instrucción emanada de un funcionario de la Secretaría Regional Ministerial de Cultura. Hechas las consultas finalmente se llegó a la conclusión de que la decisión era del secretario regional ministerial, señor Pablo Amaro.

Sin explicaciones, el sábado por la mañana las puertas del Museo permanecieron cerradas y en la vereda se realizó un acto de presentación y protesta.

¡Censura! Tal fue el calificativo, porque la decisión no merece otro. Como no se puede impedir la aparición del libro, este funcionario estimó que por lo menos podía impedir su presentación pública, quizás para demostrar su afecto a lo que fue Colonia Dignidad durante la dictadura.

Gabriel Rodríguez se siente impactado, porque ni en plena dictadura sus libros fueron censurados ni perseguidos. Cuando, en 1983, se terminó la censura previa para libros y revistas, todos pudimos publicar y en Talca muchos escritores comenzaron a hacerlo, Gabriel entre ellos.

¿Qué se protege con la censura?

Colonia Dignidad representa un enclave de horror en la región del Maule, cuyos ecos no se apagarán jamás. El lugar existe, pero ahora nada de lo que allí sucedía se repite.

La Colonia tuvo muchos “amigos” y apoyos en tiempos de dictadura y la DINA utilizó sus instalaciones. Políticos pinochetistas –posteriormente senadores, diputados, ministros– fueron, tal como jueces incluso de la Corte Suprema, importantes protectores de esta organización tenebrosa, visitantes asiduos, amistades íntimas y beneficiados incluso económicamente.

¿Eso es lo que el secretario regional ministerial quiere proteger? ¿O al menos poner problemas para difusión de la verdad?

El neoliberalismo necesita un marco cultural

Es posible entender que para el proyecto social y económico del actual gobierno, inspirado en las mismas ideas que el pinochetismo, la cultura sea un peligro.

Es la línea que nos recuerda a Goebbels que dijo: “Cuando alguien me nombra la palabra cultura, pongo la pistola sobre la mesa”. Pensar, crear, escribir, divulgar ideas, puede ser peligroso y por eso se constituyó un modelo cultural de superficialidad, banalidad, vulgaridades, de lo cual la televisión chilena ha dado cuenta suficientemente durante décadas.

Distraer a las personas con asuntos de menor importancia y negar espacios para el arte, la cultura, la reflexión, la filosofía, el pensamiento, el diálogo, es una estrategia que, salvo contadas excepciones, no se ha conseguido cambiar.

Puras estupideces

José Antonio Neme, conductor de un programa de mañana, reclamaba hace unos días, refiriéndose a la televisión chilena y los matinales en particular, incluido el suyo: “Hasta cuando hablamos de puras estupideces. Una semana hablando de Naya Fácil y su carrera a 270 kilómetros por hora”.

La denuncia de Neme, que fue una crítica y autocritica muy dura, enciende alarmas. ¿Podremos esperar un cambio? Difícil, porque el diseño neoliberal requiere de eso: que las personas piensen poco y que haya menos espacio para la crítica centrada y sólida.

¿Qué hará el ministro Undurraga? Si la decisión fue del secretario regional, debería pedirle la renuncia. Si la decisión fue suya, debería renunciar. La censura a este lanzamiento del libro de Gabriel Rodríguez termina siendo una señal peligrosa: si todo pasa como si nada, estaremos entrando en la peor de la realidades.

Una reacción podría hacernos mantener algunas esperanzas.

Jaime Hales

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