EDUCACIÓN, POLÍTICA, PODER Y UN SUEÑO REPARADOR

Platón, sentado debajo de un árbol, rodeado por sus discípulo. Ilustración de Greuter Johann Friedrich. 1600.

Por: Ricardo Candia

El Clarín Chile. 8 agosto, 2026

Desde el punto de vista de la ultraderecha, es decir del sector más rico y peligroso de la sociedad, la educación chilena en sus diferentes versiones y vertientes es de una perfección que raya en lo celestial. De lo contrario, no les habría ido tan bien en este medio siglo en que los teóricos, especialistas, investigadores, historiadores y dirigentes gremiales del sector, han tratado de identificar un diagnóstico, proponer soluciones y tentar horizontes que cambien el paradigma imperante.

Sin resultados alentadores. ¿Será que la cosa va por otro lado?

Curiosamente quienes siempre han tenido claro que la cosa en lo que respecta a educación está mal, han sido los estudiantes que se han lanzado intuitivamente a las calles esgrimiendo consignas radicales que muchas veces apuntan a lo que corresponde en términos de denuncia, pero que, en poco tiempo, ya sin ser estudiantes, dejan las consignas para los que vengan al no encontrar salidas simplemente porque no buscaron la entrada.

Algunos más avispados, han utilizado ese productivo ímpetu juvenil, más instinto que ideas, más pasión que proyecto, y han capitalizado su transitoria popularidad para ascender en puestos, posiciones, barrios y honorarios. Para muestra un botón: el expresidente Gabriel Boric.

Pero de proyecto estratégico que cambie las cosas no se ha sabido desde los remotos tiempos de la Unidad Popular.

Porque mucho antes de que se intente cambiar la educación se debe proponer una idea que mueva al país en una construcción que nos permita saber para qué nos organizamos como nación, para donde vamos como país, de qué va eso que se llama Estado, qué queremos como unidad territorial situada en un espacio y tiempo, con cierto orden social, económico y cultural.

Quizás, por qué no, si se tuviera un artilugio que midiera esas simples preguntas, podríamos encontrarnos con la sorpresa de que la mayoría quiere un país que solo cumpla con entregar sus riquezas y patrimonio a quien la necesite en el mundo, contentándonos con ser pobres como un destino manifiesto inmutable. Y que solo interesa que sus hijos se instruyan lo necesario para ser buenos trabajadores que vivan con lo justo y que mueran con menos.

Visto así, estaríamos mucho más que a medio camino de transformarnos en un país que tiene por propósito trascendente hacer que el norte rico sea más rico aportando aquello que ellos, en su propio territorio, no tienen o no quieren tocar.

Pero también en este país, habida cuenta que en él hay veinte millones de personas, debería haber gente a la que no le guste este panorama no muy auspicioso.

Para esta gente, minoritaria si se consideran las últimas elecciones, podría ser que cuando se habla de educación, cosa que se olvida a veces interesadamente, se hable del modo en que se dirige, se impone, se intenta organizar un país, quizás ya no como un emporio barato para los poderosos, sino como un proyecto que se proponga algo tan elemental como que sus habitantes sean lo más felices posible.

Y quizás se entienda a la educación como el dispositivo encargado de establecer las condiciones de reproducción y defensa de lo que haya.

En pocas palabras, se trata de hablar del poder.

Eso sí. Al tratarse de un proyecto tan ambicioso, tan radical, tan extremo y excéntrico que ni más ni menos se proponga la felicidad de la gente, se transformará necesariamente en uno revolucionario que pondrá en tela de juicio y contradecirá al capitalismo salvaje que asola casi al mundo entero y, por lo tanto, detonará el odio de los poderosos.

Eso ya lo vimos un martes nublado hace casi cincuenta y tres años.

Y es en ese momento cuando sus impulsores pasan a ser enemigos de los poderosos porque deberán definir la educación y todas sus infinitas variables, como centrada en que en el nuevo orden será otra la cultura que va a reproducir con la misma precisión cuántica con la que reproduce esta cultura que explota, que envilece y que mata.

Para hablar de educación, es preciso primero hablar de política, es decir, de poder.

Que es como diseñar un país desde la gente con ella y para el que quiera, en el que simplemente los niños nazcan para ser felices y los viejos mueran cuando les llegue la hora y no cuando no tengan como comprar el medicamento.

Y que definitivamente todo esto solo vale si es con la decisión de matar o morir en el intento. Si es por mejores sueños, ya se inventó el Bisciglinato de Magnesio.

Ricardo Candia Cares

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