CHILE NO ES EL PATIO TRASERO DE NADIE

Por Apolo Olivares -  para ute-noticias – 17 de agosto 2026

Hay momentos en que un país necesita detenerse y mirar lo que está ocurriendo más allá de sus fronteras. No para buscar enemigos ni para romper relaciones con nadie, sino para comprender el mundo en que vive y preguntarse qué lugar quiere ocupar en él.

Chile está viviendo uno de esos momentos.

La política internacional está cambiando rápidamente. Estados Unidos y China disputan espacios de influencia económica, comercial y estratégica. América Latina vuelve a ocupar un lugar importante en esa disputa y Washington está mostrando una renovada voluntad de ejercer influencia sobre nuestro continente.

Frente a este escenario aparece una pregunta que parece sencilla, pero que no lo es:

¿Chile quiere relacionarse con las grandes potencias como un país soberano o como un país que debe acomodarse a las decisiones de los poderosos?

Los acontecimientos recientes permiten hacerse esta pregunta.

Chile mantiene desde hace años una estrecha relación comercial con Estados Unidos. Existe un Tratado de Libre Comercio y nuestras economías tienen vínculos profundos. Sin embargo, Washington decidió aplicar a Chile un arancel adicional de 12,5%.

La medida forma parte de una política arancelaria estadounidense más amplia y no fue dirigida exclusivamente contra nuestro país. Pero eso no disminuye sus efectos ni deja de ser una señal que Chile debe observar con atención.

Y hay algo que resulta particularmente significativo: la cercanía política entre el gobierno de Kast y la administración de Trump no impidió que esta decisión afectara a nuestro país.

Hay aquí una lección que conviene no olvidar.

En las relaciones entre Estados no existen amistades eternas. Existen intereses.

  • Los países poderosos defienden sus intereses.
  • Chile también debe defender los suyos.

Pero hay algo todavía más profundo.

Estados Unidos observa con creciente preocupación la presencia de China en América Latina. La disputa ya no se limita al comercio. Incluye puertos, infraestructura, minerales, energía, cadenas de suministro, seguridad y posiciones estratégicas.

Washington busca recuperar influencia en una región que durante buena parte de su historia consideró dentro de su esfera de interés. Y en los últimos meses esa orientación se ha hecho cada vez más visible en materias comerciales, diplomáticas y de seguridad.

  • Esto debería llevarnos a mirar la situación con atención.
  • No porque Estados Unidos no tenga derecho a defender sus intereses.
  • Por supuesto que lo tiene.
  • Pero Chile también tiene derecho a preguntarse:

¿Cuáles son nuestros intereses?

  • ¿Queremos que la disputa entre Washington y Beijing determine nuestras relaciones comerciales?
  • ¿Queremos que las grandes potencias decidan qué países pueden ser nuestros socios?
  • ¿Queremos que nuestra política exterior quede condicionada por la competencia entre ellas?
  • ¿Queremos convertirnos en una pieza más de una confrontación que no iniciamos y cuyos objetivos no necesariamente compartimos?
  • Son preguntas incómodas.
  • Precisamente por eso debemos formularlas.

América Latina conoce esta historia.

Durante más de un siglo, nuestra región ha vivido bajo la influencia y las presiones de grandes potencias. Estados Unidos tuvo una participación decisiva en numerosos episodios de nuestra historia y durante décadas América Latina fue considerada, en la práctica, parte de una zona privilegiada de influencia estadounidense.

  • Chile también conoce esa experiencia.
  • Por eso la expresión “patio trasero” no debería ser utilizada como una simple consigna.
  • Debe recordarnos algo esencial:
  • ningún país latinoamericano nació para ser el patio trasero de otro.
  • Ni de Estados Unidos.
  • Ni de China.
  • Ni de ninguna otra potencia.
  • La soberanía no consiste en cambiar de dueño.
  • Consiste en no tener dueño.

Y aquí aparece una cuestión que quizás debiéramos discutir con mayor serenidad.

  • ¿Es posible construir un mundo diferente al que nos están ofreciendo?
  • Cuando se observa la política internacional actual, pareciera que muchos conflictos terminan siendo llevados al terreno militar.
  • Más armas.
  • Más gasto militar.
  • Más sanciones.
  • Más amenazas.
  • Más países obligados a tomar partido.

¿Realmente ese es el único camino?

  • Estados Unidos posee un poder económico, científico, diplomático y militar extraordinario.
  • ¿Por qué ese enorme poder debería estar orientado fundamentalmente a prepararse para la guerra?
  • ¿Por qué no utilizar una parte mucho mayor de esa capacidad para construir las condiciones de la paz?
  • Quizás sea hora de formular una pregunta que puede parecer ingenua, pero que merece ser tomada en serio:

¿Por qué los Estados necesitan instituciones capaces de preparar guerras, pero no instituciones con el mismo poder dedicadas a construir la paz?

Estados Unidos denomina oficialmente a su principal organismo militar Department of Defense. La discusión no está en el nombre.

Está en la lógica.

Una cosa es tener capacidad de defensa y otra muy distinta es construir una política internacional donde la amenaza militar termine convirtiéndose en la principal herramienta para enfrentar los conflictos.

La historia debería habernos enseñado algo.

Las guerras pueden ganarse militarmente y, sin embargo, perderse humanamente.

  • Después de tantas guerras, ¿no deberíamos estar buscando algo diferente?
  • Una política de paz no significa ingenuidad.
  • No significa abandonar la defensa.
  • No significa ignorar las amenazas reales.
  • Significa preguntarse si la seguridad de los pueblos puede construirse solamente con armas.
  • ¿No es también seguridad tener alimentos?
  • ¿Tener agua?
  • ¿Tener energía?
  • ¿Tener trabajo?
  • ¿Tener educación?
  • ¿Tener vivienda?
  • ¿Tener sistemas de salud capaces de proteger a las personas?
  • ¿No sería una forma mucho más profunda de seguridad reducir las desigualdades que alimentan la violencia, la desesperanza y los conflictos?

Quizás el mundo necesita comenzar a entender la seguridad de otra manera.

Quizás la verdadera fortaleza de una potencia no debería medirse solamente por el número de aviones, barcos o misiles que posee, sino también por su capacidad para evitar que los conflictos lleguen a convertirse en guerras.

Y aquí América Latina podría tener algo que decir.

Nuestra región tiene enormes problemas, pero también tiene una experiencia histórica de convivencia entre países con intereses y orientaciones políticas diferentes.

  • No necesitamos elegir entre Washington y Beijing.
  • Necesitamos relacionarnos con ambos.
  • Y también con Europa, India, África y el resto del mundo.
  • Una América Latina integrada podría negociar mejor con las grandes potencias que una América Latina dividida y compitiendo entre sí por su favor.

Chile tiene además una responsabilidad particular.

Nuestro país mantiene relaciones comerciales profundas tanto con Estados Unidos como con China. Y eso debería llevarnos a una conclusión bastante sencilla:

no tenemos por qué convertir nuestra política exterior en una elección entre dos bandos.

  • Podemos comerciar con Estados Unidos.
  • Podemos comerciar con China.
  • Podemos cooperar con Europa.
  • Podemos profundizar nuestras relaciones con América Latina.
  • Podemos buscar nuevos socios en Asia, África y otras regiones.
  • Eso no es indefinición.
  • Eso es autonomía.
  • El problema comienza cuando un país acepta que otro determine con quién puede comerciar, qué inversiones puede recibir o qué posiciones internacionales debe adoptar.
  • Ahí ya no estamos hablando solamente de relaciones diplomáticas.
  • Estamos hablando de soberanía.

Y aquí aparece una responsabilidad que también corresponde a Chile.

  • No basta con mirar a Washington y preguntarnos qué pretende Estados Unidos.
  • También debemos mirar hacia Santiago.
  • Porque una potencia extranjera puede intentar ejercer influencia.
  • Pero un país soberano decide cuánto de esa influencia acepta.
  • La soberanía no se defiende solamente protestando contra las presiones externas.
  • Se defiende teniendo una política exterior clara.
  • Defendiendo los intereses nacionales.
  • Diversificando los mercados.
  • Fortaleciendo la integración latinoamericana.
  • Protegiendo nuestros recursos estratégicos.
  • Y teniendo la suficiente dignidad para decir cuando corresponde y no cuando nuestros intereses lo exigen.

Hay algo que quizás nunca deberíamos olvidar.

  • Las grandes potencias pueden cambiar de gobierno.
  • Pueden cambiar sus discursos.
  • Pueden cambiar sus alianzas.
  • Pero sus intereses estratégicos permanecen.
  • Por eso Chile no puede construir su futuro esperando que Washington sea siempre nuestro amigo.
  • Tampoco esperando que Beijing lo sea.
  • La verdadera relación entre países solamente puede sostenerse cuando existe respeto mutuo.
  • Y el respeto comienza cuando cada país reconoce al otro como igual.
  • Chile no necesita enemigos.
  • Necesita socios.
  • No necesita aislamiento.
  • Necesita integración.
  • No necesita elegir un imperio.
  • Necesita construir su propia voz.

Quizás por eso la frase “Chile no es el patio trasero de nadie” tenga hoy un significado mucho más profundo.

  • No es una declaración contra Estados Unidos.
  • No debería serlo.
  • Es una afirmación de dignidad.
  • Chile puede y debe mantener relaciones con Estados Unidos.
  • Pero también debe poder decirle que no.
  • Puede mantener relaciones con China.
  • Pero también debe poder decirle que no.
  • Puede cooperar con cualquier país del mundo.
  • Pero las decisiones fundamentales sobre Chile deben tomarse en Chile.
  • Porque la soberanía no consiste en elegir a quién obedecer.

Consiste en tener la capacidad de decidir.

  • Y quizás ese sea el gran desafío que enfrenta América Latina en este nuevo escenario internacional.
  • No convertirse nuevamente en territorio de disputa de las grandes potencias.
  • No aceptar que nuestra región sea utilizada como escenario de una guerra comercial, política o militar que responde a intereses ajenos.
  • No permitir que nuestras diferencias internas sean utilizadas para dividirnos.
  • Sino construir una América Latina capaz de defender sus intereses y relacionarse con el mundo desde una posición de mayor autonomía.
  • Una América Latina que dialogue con todos.
  • Que comercie con todos.
  • Que coopere con todos.
  • Pero que no obedezca a nadie.
  • El mundo está cambiando.
  • Estados Unidos busca recuperar influencia.
  • China aumenta su presencia.
  • Las grandes potencias compiten por recursos, mercados, rutas estratégicas y posiciones geopolíticas.
  • Y en medio de esa disputa está América Latina.
  • Está Chile.
  • La pregunta ya no es si podemos permanecer al margen.
  • Probablemente no.

La pregunta es cómo queremos participar.

  • Como territorio de influencia.
  • Como pieza de una disputa ajena.
  • Como mercado.
  • Como proveedor de recursos.
  • como un país que comprende que también tiene derecho a pensar su propio futuro.
  • El mundo no necesita solamente países que sepan defenderse.
  • También necesita países capaces de construir paz.
  • América Latina puede tener algo que decir en esa tarea.
  • No queremos una nueva guerra fría.
  • No queremos ser plataforma de ninguna potencia.
  • No queremos que nuestras riquezas sean motivo de nuevas dependencias.
  • Queremos cooperación.
  • Queremos integración.
  • Queremos desarrollo.
  • Queremos paz.

Y queremos que Chile pueda sentarse frente a las grandes potencias no como un subordinado que espera instrucciones, sino como un país que conoce sus intereses y está dispuesto a defenderlos.

Porque finalmente la pregunta no debería ser si estamos con Estados Unidos o con China.

  • La pregunta es qué quiere ser Chile en el mundo que viene.
  • Chile no es el patio trasero de nadie.
  • Chile debe ser dueño de su propio destino.

Apolo Olivares – Ex dirigente de la Universidad Técnica de estado


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