EDITORIAL: 01 DE SEPTDIEMBRE 2026
La democracia tiene una fragilidad que pocas veces reconocemos: para funcionar necesita que exista alguna posibilidad de distinguir entre un hecho, una opinión y una mentira deliberadamente construida.
No necesita una verdad oficial. Tampoco ciudadanos que piensen de la misma manera. Todo lo contrario. La democracia vive del desacuerdo, de la confrontación de ideas y de proyectos políticos diferentes, muchas veces profundamente enfrentados.
Pero algo distinto comienza a ocurrir cuando la mentira deja de ser ocasional y comienza a organizarse.
El caso de Fernando Cerimedo obliga a Chile a mirar este problema de frente.
Su nombre ha vuelto a ocupar la discusión pública a raíz de su situación judicial en Bolivia. Paralelamente han reaparecido interrogantes acerca de sus actividades políticas y comunicacionales en América Latina y particularmente en Chile, donde su nombre ha estado relacionado con trabajos desarrollados durante el proceso constitucional.
También han surgido preguntas acerca de eventuales vínculos con campañas políticas posteriores. José Antonio Kast ha reconocido conocer a Cerimedo, pero ha negado que este haya trabajado en sus campañas.
Esa declaración debe ser consignada, corresponde considerar una investigación seria, no basta con la declaración de Kast.
Porque el verdadero problema es mucho mayor que Fernando Cerimedo.
- Industrializar la mentira
- La mentira no nació con las redes sociales.
- Ha acompañado a la política desde tiempos remotos. Ha servido para desacreditar adversarios, esconder responsabilidades, provocar temores o conquistar voluntades.
- Pero lo que estamos observando hoy pertenece a otra dimensión.
- Una cosa es mentir. Otra muy distinta es industrializar la mentira.
Industrializarla significa disponer de recursos económicos, tecnología, conocimiento de los algoritmos y miles de cuentas capaces de repetir coordinadamente un mismo mensaje hasta conseguir que una falsedad adquiera apariencia de realidad.
Ya no se trata solamente de convencer.
Se trata de intervenir artificialmente el escenario dentro del cual las personas construyen sus convicciones.
Un ciudadano puede enfrentarse críticamente a un político que miente. Puede escucharlo, desconfiar, contrastar sus palabras y finalmente rechazarlo.
Pero la situación cambia cuando durante días o semanas recibe cientos de mensajes aparentemente provenientes de personas diferentes que repiten una misma acusación, un mismo temor o una misma falsedad.
- Entonces comienza a producirse algo mucho más profundo:
- la fabricación artificial del consenso.
- Lo minoritario puede parecer mayoritario.
- El rumor puede adquirir apariencia de noticia.
- La sospecha puede transformarse en certeza.
- Y una mentira repetida miles de veces puede terminar confundida con la realidad.
- Porque cuando diez mil cuentas hablan, no necesariamente existen diez mil ciudadanos expresando libremente una opinión.
- Puede existir una sola estructura detrás de ellas.
- Entonces aparece la pregunta que debería preocuparnos:
- ¿Quién está detrás de la pantalla?
- ¿Quién financia?
- ¿Quién coordina?
- ¿Quién decide qué mensaje debe repetirse?
- ¿Quién selecciona al adversario que será atacado?
- ¿Quién determina el miedo que debe instalarse?
- ¿Y quién espera obtener un beneficio político de todo aquello?
- Chile tiene derecho a saberlo.
Una democracia sometida a prueba
Durante los últimos años nuestro país atravesó uno de los períodos políticos más intensos desde la recuperación de la democracia.
El estallido social de 2019 abrió una profunda crisis política e institucional. Después llegaron el acuerdo constitucional, la Convención, el plebiscito de 2022, un segundo proceso constitucional, otro plebiscito y posteriormente una nueva elección presidencial.
- Millones de ciudadanos participaron en esos acontecimientos.
- Millones votaron de acuerdo con sus convicciones.
- Eso debe respetarse.
- Sería irresponsable sostener que Cerimedo, una campaña digital o una granja de bots determinaron cualquiera de aquellos resultados.
- No podemos demostrarlo.
- Pero sería igualmente irresponsable ignorar las preguntas que hoy existen.
- Durante esos mismos años circularon informaciones falsas, campañas anónimas, videos manipulados, acusaciones sin fundamento y mensajes destinados a provocar temor.
La discusión constitucional conoció ejemplos particularmente graves. La propiedad de las viviendas, las pensiones, la seguridad, la migración y los derechos sociales fueron objeto no solamente de legítimas diferencias políticas, sino también de afirmaciones falsas o engañosas.
- Más tarde, durante la campaña presidencial, volvieron las denuncias sobre ataques digitales contra candidatos y adversarios políticos.
- Nada de esto permite atribuir automáticamente responsabilidades.
- Pero sí obliga a investigar.
- Y precisamente porque estamos escribiendo sobre fake news debemos imponernos una obligación todavía mayor:
- no podemos combatir la mentira inventando nuestras propias certezas.
- No podemos denunciar una manipulación atribuyendo responsabilidades que todavía no han sido demostradas.
- La rigurosidad no debilita nuestra denuncia.
- La fortalece.
La elección comienza antes de la urna
- Una elección democrática no comienza cuando el ciudadano entra a la cámara secreta.
- Comienza mucho antes.
- Comienza cuando intenta comprender lo que ocurre.
- Cuando escucha una noticia.
- Cuando abre su teléfono.
- Cuando conversa con su familia o con sus compañeros de trabajo.
- Cuando siente miedo.
- Cuando comienza a desconfiar.
- Cuando cambia de opinión.
- Cuando finalmente decide qué creer.
- Después toma un lápiz y marca una preferencia.
- Por eso alguien puede intentar intervenir una elección sin tocar jamás una urna, sin cambiar un voto y sin alterar un escrutinio.
- Puede intentar intervenir algo anterior:
- el proceso mediante el cual una persona construye su decisión.
- Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Sigue siendo completamente libre una decisión cuando el escenario informativo sobre el cual fue construida ha sido deliberadamente manipulado?
No existe una respuesta sencilla.
Pero precisamente porque no la tenemos, una democracia responsable no puede considerar normal la existencia de organizaciones capaces de construir miles de identidades ficticias destinadas a modificar artificialmente la conversación pública.
- El poder detrás de la pantalla
- Aquí el problema adquiere una dimensión todavía mayor.
- Cerimedo enfrenta además una grave investigación judicial en Bolivia relacionada con una denuncia de violencia contra una mujer cercana a él. Es una causa que corresponde resolver a la justicia y sobre la cual no corresponde anticipar culpabilidades.
- Pero este hecho nos permite formular otra pregunta, sin afirmar que haya ocurrido en este caso.
- ¿Qué sucede cuando una persona denuncia a alguien que dispone, eventualmente, de conocimientos, recursos o estructuras capaces de influir sobre miles de cuentas digitales?
La pregunta trasciende completamente a Cerimedo.
¿Qué ocurre cuando las mismas tecnologías utilizadas para construir poder político pueden utilizarse también para atacar, desacreditar o silenciar a una persona que denuncia a quien controla esas herramientas?
- No afirmemos que eso ocurrió.
- Preguntémonos si puede ocurrir.
- Porque entonces comprenderemos que ya no estamos hablando solamente de campañas electorales.
- Estamos hablando de poder.
- El poder de instalar una versión.
- El poder de destruir una reputación.
- El poder de multiplicar una acusación.
- El poder de hacer desaparecer otra bajo miles de mensajes.
- El poder de conseguir que una persona aparentemente enfrente no a un adversario, sino a una multitud.
- Una multitud que quizás nunca existió.
- Ese es el poder detrás de la pantalla.
- Y probablemente sea uno de los grandes problemas políticos de nuestro tiempo.
- No necesitamos un Ministerio de la Verdad
- La respuesta frente a este peligro tampoco puede ser la censura.
- No necesitamos una autoridad que determine qué deben pensar los ciudadanos ni un organismo encargado de establecer una verdad política oficial.
- Eso podría terminar siendo tan peligroso como aquello que pretendemos combatir.
- No queremos que las redes sociales piensen como nosotros.
- Queremos saber quién intenta hacernos pensar a través de ellas.
Existe una diferencia fundamental entre miles de ciudadanos expresando espontáneamente una opinión y una organización que fabrica miles de identidades digitales para producir la apariencia de que esos ciudadanos existen.
- La primera situación pertenece a la democracia.
- La segunda pertenece a la manipulación.
- Por eso tampoco estamos ante un problema exclusivamente de izquierda o de derecha.
- La derecha tiene derecho a defender sus ideas.
- La izquierda también.
- Quienes votaron Rechazo tenían derecho a hacerlo.
- Quienes votaron Apruebo también.
- Quienes votaron por José Antonio Kast ejercieron un derecho democrático exactamente igual que quienes votaron por sus adversarios.
- Precisamente por respeto a todos ellos debemos saber si alguien intentó intervenir artificialmente en aquella conversación.
- No queremos modificar retrospectivamente ningún resultado electoral.
- No queremos decirles a millones de ciudadanos que votaron equivocadamente.
- Eso sería una arrogancia imperdonable.
Queremos algo mucho más elemental:
- que cada ciudadano pueda construir su opinión sabiendo, al menos, quién intenta convencerlo.
- Cerimedo pasará
- Fernando Cerimedo pasará.
- Vendrán otros.
- Y probablemente serán mucho más difíciles de descubrir.
La inteligencia artificial ya permite fabricar imágenes, voces y videos cada vez más convincentes. Los bots aprenderán a conversar como personas. Las identidades artificiales tendrán fotografías, historias, opiniones y aparentemente hasta emociones.
Las operaciones que hoy todavía dejan huellas serán progresivamente más difíciles de reconocer.
Por eso Chile necesita comenzar ahora una discusión que probablemente acompañará a todas las democracias durante las próximas décadas:
¿Cómo protegemos la libertad de elegir sin permitir que esa libertad sea manipulada desde las sombras?
- No tenemos todas las respuestas.
- Pero podemos comenzar por algunas exigencias elementales.
- Investigación.
- Educación.
- Pensamiento crítico.
- Responsabilidad para quienes deliberadamente organicen estructuras destinadas a engañar.
- Y ciudadanos que nunca renuncien al derecho de preguntar:
- ¿Quién está hablando?
- ¿Quién paga?
- ¿Quién se beneficia?
- Porque el día en que una sociedad ya no pueda distinguir entre una ciudadanía verdadera y una ciudadanía artificial, el problema habrá dejado definitivamente de ser tecnológico.
- Será un problema de democracia.
- La urna continuará allí.
- Las elecciones seguirán realizándose.
- Los votos serán contados.
- Los presidentes asumirán sus cargos.
- Todo parecerá funcionar normalmente.
Pero una pregunta inquietante habrá comenzado a acompañar cada elección:
¿Quién construyó la realidad sobre la cual decidimos nuestro voto?
- Ese es el verdadero peligro.
- No solamente la mentira.
- El poder de fabricar realidad desde detrás de una pantalla.
- Investigar ese poder no debilita la democracia.
- La fortalece.
- Y exigir conocerlo no pertenece a la izquierda ni a la derecha.
- Es defender el derecho de una sociedad a pensar por sí misma.
CORPORACION SOLIDARIA UTE-USACH
