EDITORIAL: 06 DE SEPTIEMBRE 2026
El encuentro del Foro Madrid realizado en Santiago merece ser observado con atención. No solamente por las ideas allí expresadas, sino porque forma parte de una corriente política internacional que avanza electoralmente y que pretende articular una visión común sobre la libertad, la seguridad, la soberanía, la cultura y el poder.
Sería fácil responder calificando simplemente a sus integrantes de fascistas. Pero quizás esa palabra, utilizada demasiado rápidamente, termine ocultando aquello que necesitamos comprender. El problema no consiste en determinar si el fascismo del siglo XX está regresando con el mismo rostro. La pregunta verdaderamente contemporánea es otra: qué ocurre con la democracia cuando quienes llegan legítimamente al poder comienzan a modificar su relación con la verdad, con sus adversarios y con los límites que restringen el ejercicio de ese poder.
- Foro Madrid declara defender la libertad, la democracia, los derechos humanos, el pluralismo, el Estado de derecho, la separación de poderes y la libertad de expresión.
- Son principios que cualquier demócrata podría compartir.
- Pero una declaración de principios no constituye por sí sola una conducta democrática.
- La verdadera prueba comienza cuando esos principios limitan el propio poder.
Defender la independencia de los tribunales cuando investigan al adversario resulta sencillo. Lo difícil es defenderla cuando investigan a los propios. Defender la libertad de prensa cuando los medios cuestionan al gobierno contrario es cómodo; la convicción se demuestra cuando investigan al gobierno que apoyamos. Defender el Parlamento cuando aprueba nuestras iniciativas tampoco exige demasiado; la prueba comienza cuando las rechaza.
Y defender elecciones libres adquiere su verdadero significado cuando existe la posibilidad efectiva de perderlas.
Por eso conviene observar no solamente aquello que estas nuevas derechas dicen defender, sino también sus métodos. Y allí aparece una primera cuestión que no puede quedar fuera de esta discusión: la verdad.
La democracia necesita elecciones libres, pero necesita también ciudadanos capaces de formar libremente su voluntad. Esa libertad se deteriora cuando la información es deliberadamente deformada, cuando la mentira se multiplica artificialmente mediante redes digitales o cuando miles de cuentas pueden fabricar la apariencia de una opinión pública que quizás no existe.
Aquí aparece Fernando Cerimedo.
Su participación en la estrategia comunicacional que acompañó la candidatura de Javier Milei y el funcionamiento de redes digitales destinadas a amplificar mensajes, desarrollar campañas negativas y disputar la conversación pública obligan a mirar un fenómeno que ya no puede reducirse a la propaganda electoral tradicional.
En Chile, las interrogantes sobre sus vínculos y actividades han alcanzado suficiente gravedad para llegar al Congreso. Corresponde que sean investigadas y que sea esa investigación, y no nuestras sospechas, la que establezca los hechos.
Pero aquello que está en juego puede plantearse desde ahora.
Una cosa es intentar persuadir a los ciudadanos. Otra es construir mecanismos capaces de alterar artificialmente el espacio informativo en el cual esos ciudadanos toman sus decisiones. Y otra todavía más grave es convertir la mentira en una herramienta sistemática de acción política. Los políticos han mentido desde que existe la política.
Lo nuevo es la capacidad tecnológica de industrializar la mentira, multiplicarla mediante algoritmos, reproducirla desde miles de cuentas y hacerla llegar a millones de personas antes de que la verdad consiga siquiera ponerse los zapatos.
- Entonces aparece una contradicción fundamental:
- ¿de qué sirve proclamar la libertad del ciudadano si se utilizan instrumentos destinados a manipular la información con la que ese ciudadano construye su decisión?
- No estamos hablando solamente de tecnología.
- Estamos hablando de poder.
Pero durante el propio encuentro de Santiago ocurrió algo todavía más inquietante.
Javier Milei se refirió al derrocamiento de Salvador Allende y presentó el período abierto posteriormente como el comienzo de una etapa de estabilidad y crecimiento que habría convertido a Chile en una referencia económica para la región.
Aquello que comenzó el 11 de septiembre de 1973, sin embargo, no fue simplemente un cambio de orientación económica.
Fue el derrocamiento de un Presidente constitucional, la clausura del Congreso y el comienzo de una dictadura. Hubo persecución política, prisión, tortura, ejecuciones y desapariciones.
Nada de aquello desaparece porque puedan discutirse los resultados económicos posteriores.
Por eso la contradicción resulta inevitable:
¿cómo puede proclamarse la defensa de la democracia y, al mismo tiempo, presentar el derrocamiento de un gobierno democráticamente constituido como el comienzo de una etapa de estabilidad?
Pero Milei fue todavía más lejos.
En Santiago utilizó expresiones como “zurdos mugrosos” y volvió a presentar a la izquierda como un “cáncer” que debe ser quitado de las instituciones.
En Chile esa palabra tiene memoria.
La noche del 11 de septiembre de 1973, Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea y miembro de la Junta Militar que acababa de derrocar al gobierno de Salvador Allende, habló del “cáncer marxista” y de la necesidad de extirparlo “hasta las últimas consecuencias”.
Más de medio siglo después, escuchar nuevamente la imagen de una izquierda convertida en cáncer, pronunciada en Santiago mientras se reivindica el período abierto por el derrocamiento de Allende, posee una resonancia histórica imposible de ignorar.
- No es necesario afirmar que Milei pretendía citar a Leigh.
- El problema es mucho más profundo.
- Las palabras construyen maneras de comprender al otro.
- Un cáncer no es un adversario con el cual se debate.
- Es una enfermedad que debe ser extirpada.
Chile conoce demasiado bien lo que ocurrió cuando una parte de la sociedad dejó de ser considerada adversaria política y comenzó a ser presentada como una enfermedad del cuerpo nacional.
Por eso las palabras importan.
Y mucho más cuando son pronunciadas desde el poder.
La degradación del adversario no comienza necesariamente con la supresión de sus derechos. Puede comenzar mucho antes: cuando se construye un “ellos”; cuando quien piensa diferente deja de estar simplemente equivocado y comienza a ser descrito como una amenaza; cuando una posición política se transforma en una enfermedad cuya desaparición permitiría recuperar la salud de la sociedad.
Una democracia necesita adversarios. No necesita enemigos.
El adversario puede sostener ideas profundamente contrarias a las nuestras. Podemos combatirlas con toda la fuerza de nuestros argumentos, organizarnos para derrotarlas electoralmente y cuestionar radicalmente las políticas que propone.
- Pero continúa siendo un ciudadano legítimo.
- Tiene derecho a expresarse, organizarse, manifestarse, disputar elecciones y gobernar si obtiene democráticamente la mayoría.
- El enemigo pertenece a otra categoría.
- Al enemigo no se intenta convencer.
- Se intenta neutralizar.
Y cuando una sociedad comienza a recorrer esa distancia entre adversario y enemigo, la democracia puede deteriorarse mucho antes de que desaparezca una sola urna.
En Chile esta discusión ha dejado de ser solamente retórica.
El gobierno del presidente José Antonio Kast ha presentado una reforma constitucional destinada a entregar facultades extraordinarias al Ejecutivo frente a amenazas graves contra la seguridad.
El crimen organizado, el terrorismo y la violencia son problemas reales. Una democracia tiene el derecho y la obligación de proteger a sus ciudadanos.
Pero precisamente porque la seguridad importa debemos preguntarnos cuánto poder estamos dispuestos a entregar en su nombre y qué límites deben acompañarlo.
Durante la discusión apareció entonces una pregunta extraordinariamente sencilla:
¿aprobarían quienes hoy respaldan esas facultades exactamente la misma reforma si Jeannette Jara fuera Presidenta de la República?
La pregunta dejó de ser un ejercicio intelectual cuando dirigentes del propio Partido Republicano reconocieron públicamente que no la aprobarían en esas circunstancias.
Ese reconocimiento resulta revelador.
Porque una facultad constitucional no puede parecernos democrática cuando la ejerce quien apoyamos y peligrosa cuando queda en manos de nuestro adversario.
Si una facultad presidencial nos parece excesiva en manos del adversario, debería parecernos excesiva también en manos de quien apoyamos.
- Las constituciones no se escriben solamente para quien gobierna hoy.
- Se escriben también para quién gobernará mañana.
- Y para aquel que todavía no conocemos.
- Los gobernantes pasan. Las atribuciones que entregamos al poder pueden permanecer.
- Por eso las instituciones democráticas no existen porque confiemos en las buenas intenciones de quien gobierna. Existen precisamente para que nuestras libertades no dependan de ellas.
- Nada de esto permite afirmar que Chile se encamina inevitablemente hacia una dictadura, ni corresponde atribuir intenciones que no podemos demostrar.
- No hace falta.
- Hay algo mucho más importante que observar: el poder concreto.
- Cómo se construye.
- Qué relación mantiene con la verdad.
- Cómo trata a quienes discrepan.
- Qué facultades reclama cuando gobierna.
- Qué ocurre cuando los tribunales lo contradicen.
- Qué controles acepta del Parlamento.
- Cómo responde frente a una prensa incómoda.
- Y, fundamentalmente, si continúa reconociendo al adversario como un ciudadano legítimo que mañana puede volver a gobernar.
- Ahí se demuestra la democracia.
- No en una declaración de principios.
- No en un encuentro internacional.
- No en un discurso.
- En el ejercicio concreto del poder.
Pero comprender el crecimiento de estas nuevas derechas exige reconocer también aquello que las democracias tradicionales, incluida la izquierda, no han sabido resolver.
La inseguridad, la precariedad laboral, los problemas derivados de procesos migratorios mal administrados, la desigualdad, el deterioro de los servicios públicos, la incertidumbre económica y la desconfianza hacia las instituciones son problemas reales.
- Estas nuevas derechas no los inventaron.
- Encontraron un espacio político abierto por la incapacidad de otros para resolverlos.
- Comprenderlo no significa aceptar sus respuestas.
- Significa reconocer por qué encuentran audiencia.
- El peligro comienza cuando problemas extraordinariamente complejos reciben explicaciones demasiado simples y, junto con ellas, aparece la necesidad de encontrar culpables.
- El inmigrante, el progresista, el comunista, el periodista, el juez, el académico, el opositor.
- Entonces dejamos de discutir cómo resolver nuestros problemas y comenzamos a determinar quiénes serían responsables de que la sociedad haya perdido su rumbo.
- Se construye un “nosotros”.
- Y frente a ese nosotros aparece un “ellos”.
- Es allí donde el lenguaje deja de ser inocente.
- Y es allí donde el adversario comienza a transformarse en enemigo.
Quienes participaron en Foro Madrid tienen pleno derecho a reunirse en Chile, expresar sus ideas, combatir políticamente al socialismo, organizarse, disputar elecciones y gobernar cuando las ganen.
- Defender la democracia significa defender también esos derechos.
- Precisamente por eso corresponde formularles la pregunta que atraviesa toda esta reflexión:
- ¿reconocen exactamente esos mismos derechos a quienes consideran sus adversarios?
- No necesitamos calificarlos de fascistas para formularla.
- Tampoco necesitamos conocer sus intenciones ocultas.
- Tenemos algo bastante más concreto para observar:
- sus métodos, sus palabras, su relación con la verdad, su relación con nuestra memoria democrática, las facultades que reclaman cuando gobiernan, los límites que están dispuestos a aceptar y la legitimidad que reconocen a quienes piensan exactamente lo contrario.
- Proclamar la libertad mientras se intenta conquistar el poder es relativamente sencillo.
- La verdadera prueba comienza cuando esa libertad limita el poder que finalmente se ha conquistado.
Por eso la pregunta que deja el Foro Madrid en Santiago no es solamente si antiguas formas autoritarias pueden regresar.
- La pregunta es más cercana y posiblemente más peligrosa:
- ¿puede una democracia conservar sus elecciones y comenzar, al mismo tiempo, a perder aquello que la hace verdaderamente democrática?
- Una democracia necesita elecciones.
- Pero necesita también verdad.
- Necesita memoria.
- Necesita límites y contrapesos.
- Y necesita reconocer la legitimidad de quien piensa diferente.
- Ese principio no pertenece a la derecha ni a la izquierda. Debe valer cuando gobiernan los nuestros y cuando gobiernan los otros.
- Porque ganar una elección concede el derecho a gobernar.
- Nunca concede el derecho a construir un sistema en el que los demás ya no puedan ganar.
- Mientras quien piensa distinto continúe siendo un adversario al que debemos convencer o derrotar democráticamente, seguiremos habitando una democracia.
- Cuando comencemos a considerarlo una enfermedad que debe ser extirpada, una amenaza que debe ser silenciada o un enemigo que debe ser neutralizado, habremos comenzado a cruzar una frontera mucho más peligrosa.
- Chile ya conoce el significado de algunas de esas palabras.
- Por eso no puede permitirse volver a escucharlas con indiferencia.
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