Por: Omar Cid. Escritor y analista político, Máster en escritura creativa
Crónica Digital. 14 septiembre, 2026
Lejos de ser una cumbre de ideas, el encuentro en Casa Piedra fue la certificación de una claudicación. Mientras Washington pierde su hegemonía global, convierte a Chile en su refugio imperial, sacrificando la memoria histórica y los derechos humanos en el altar de la Doctrina Monroe.
Quedará en los registros de la historia, el bochorno, la vergüenza que la administración Kast y su séquito de incondicionales ha hecho pasar al Estado de Chile y a su pueblo, incluyendo a quienes lo apoyaron. La ausencia de una mirada más amplia que la propia nariz y el ombligo, ha llevado a esta derecha a expresarse en el mismo tono simplón y decadente que el “paródico emperador” instalado en la Casa Blanca.
Un dato previo, que llamaría a considerar según el profesor y economista Richard Wolff: frente a nuestros ojos y en tiempo real, como noticia en desarrollo, asistimos al ocaso del orden unipolar —vigente aproximadamente entre 1945 y 2015—. Tal orden no era un atributo intrínseco ni permanente de Estados Unidos, sino una coyuntura histórica excepcional, sustentada en la destrucción mutua de los imperios europeos y en la protección geográfica que le brindaban los océanos.
Sin embargo, la narrativa del “excepcionalismo estadounidense” ocultó esta contingencia, naturalizando una hegemonía que hoy se desmorona ante el ascenso de China, el agotamiento del modelo neoliberal y la creciente multipolaridad global. En ese contexto, la administración Trump —y las continuidades observables en ciertas políticas bipartidistas— no refleja fortaleza, sino pánico, histeria y miedo ante la pérdida de ese estatus privilegiado. Así se advierte en este escenario, presentado por el académico norteamericano, que dialoga con otros analistas de prestigio que pertenecen al mundo anglosajón.
A ello, en la cotidianidad de la región, se suma el caso de Fernando Cerimedo, el “capo de la derecha” orquestada por Marco Rubio. Sin duda, un fantasma fétido recorre y se apega a las derechas de este mundo y del “otro”, el llamado “jardín”. Visto así, lo ocurrido en Santiago adquiere un tono retorcido.
Para los despistados, entre los que me incluyo, entre el 3 y el 4 de septiembre del año en curso se materializó la versión santiaguina del Foro de Madrid, realizada en una de las dependencias del Club Deportivo Universidad Católica. Lejos de ser un simple “encuentro”, el foro se reveló como un espacio privilegiado para el hostigamiento sistemático a sus adversarios políticos.
Funcionó, además, como una plataforma de lobby transnacional y, según lo visto y escuchado, como un ejercicio de sumisión geopolítica donde la deshumanización del adversario, el maltrato a la memoria histórica nacional y el atentado contra la soberanía fueron el plato de fondo servido a los invitados. En esencia, fue la ritualidad de la impunidad desplegándose y siendo aplaudida fervientemente por una “barra brava” proveniente de los sectores privilegiados del país.
“Lo ocurrido en Casa Piedra no fue una cumbre de estadistas, sino la certificación de una claudicación: la entrega de la soberanía nacional a cambio de un lugar subordinado en la mesa del imperio en decadencia.”
Este evento no fue un hecho aislado, sino la manifestación local de lo que Wolff describe como la “nueva fase del colonialismo estadounidense”: una retirada estratégica hacia el Hemisferio Occidental, donde Estados Unidos intenta convertir a América Latina en su “refugio imperial fortificado”, compensando con agresividad la influencia perdida en otras regiones.
Chile, bajo la actual administración, se ha erigido en la punta de lanza de esa entelequia conservadora, prestando su territorio no solo para el intercambio de recursos y la injerencia descarada, sino también para la reivindicación pública de los verdugos de nuestra historia reciente.
La erosión del Estado-nación y la memoria
La premisa fundamental del Estado-nación reside en la construcción de una memoria colectiva compartida y la aplicación imparcial de la justicia. Sin embargo, lo presenciado en el Foro de Madrid opera en las antípodas de este principio.
Mientras, en los tribunales chilenos, aún se tramitan causas por crímenes de lesa humanidad —con víctimas que envejecen exigiendo verdad y justicia, sostenidas por el esfuerzo incansable de familiares, organizaciones de derechos humanos e instituciones estatales que, pese a las trabas, han logrado avances sistemáticos—, en la tribuna del Foro se aplaudió y reivindicó a los criminales condenados por nuestra propia justicia.
Cuando el mandatario argentino Javier Milei declaró desde suelo chileno que tras el derrocamiento de Salvador Allende vinieron los “años de esplendor”, no cometió un simple error de apreciación histórica.
“Escupió sobre las fosas comunes, sobre los detenidos desaparecidos y sobre los ejecutados políticos.”
Aun más grave es el contexto de impunidad doméstica que esto alimenta: mientras la retórica del foro celebra la “batalla cultural” contra el “enemigo interno”, retrocediendo décadas en la convivencia ciudadana y forzando una confrontación espuria, los traidores a la patria amplían su círculo de influencias. Se preparan para asestar golpes más profundos contra los recursos nacionales, los trabajadores, la cultura y las tradiciones populares. No somos anglosajones ni aspiramos a ser colonia de nadie.
En Chile se observa con espanto cómo los responsables de violaciones a los derechos humanos son progresivamente reivindicados por quienes gobiernan hoy el país. Buscan su indulto y libertad bajo la mirada complaciente de un poder judicial y político que ha decidido cerrar los ojos. La ciudadanía chilena, heredera de una democracia frágil, tutelada y colonial, ha sido vulnerada hasta el tuétano.
Ahora se nos pretende convencer de que el terror de Estado fue una “necesidad civilizatoria” a la que se debe recurrir cuando el imperio en decadencia ordene su aplicación contra los habitantes de esta tierra. Para implementar ese requerimiento, el olvido, la manipulación y la tergiversación son instrumentos de uso común. Pasar por alto una fecha tan significativa como el Golpe de Estado para moros y cristianos se inserta en esta apuesta servil y peligrosa de la élite conservadora.
La “barra brava” del poder
Lo ocurrido en Casa Piedra distó de ser una cumbre reflexiva; fue una reunión penosa, carente de profundidad intelectual y sobrada de insultos. Se instaló una atmósfera de “barra brava” compuesta por dirigentes políticos, ejecutivos corporativos —identificados con insignias de grandes conglomerados como CMPC— e incluso representantes de instituciones deportivas y universitarias, como la Pontificia Universidad Católica, cuya rama deportiva prestó sus instalaciones para legitimar este circo mediático.
En este clima de intoxicación, el “otro” dejó de ser un conciudadano para convertirse en un desecho. La retórica del foro redujo a la disidencia, a las manifestaciones sociales y a los migrantes a la categoría de alimañas. Bajo etiquetas como “zurdo mugroso”, “comunista”, “andrajoso” o “invasor”, se tejió un consenso de odio.
Los migrantes —blanco de las políticas de cacería promovidas por la ultraderecha europea, ejemplificada por figuras como el diputado de Vox José María Figaredo, quien llamó a “cazarlos”— y quienes rechazan este desquiciamiento fueron unificados en la bolsa del “resentimiento” que, según la subsecretaria estadounidense Sarah Rogers, “quiere que pierdas tu riqueza”.
“Es la lógica del matón de escuela, elevada a doctrina de Estado.”
Quizás el episodio de mayor vergüenza nacional fue la validación explícita de la injerencia extranjera. Cuando Brandon Judd celebró que Chile ya estaría aplicando la “Doctrina Monroe” (adaptada al estilo MAGA), esa afirmación no solo vulneró nuestra soberanía y ridiculizó nuestro sistema diplomático, porque es la confirmación de que la Cancillería chilena ha dejado de representar los intereses nacionales para convertirse en una sucursal de los lineamientos de Washington.
Bajo la fachada del “poder blando” —entregando fondos para observatorios astronómicos o becas de diplomacia espacial—, Sarah Rogers y Judd coordinaron la seguridad hemisférica, el control migratorio y la persecución ideológica. En la práctica, somos un territorio abusado, prestado para el intercambio de recursos (incluyendo los millones de dólares del gobierno húngaro de Viktor Orbán a través de la Political Network for Values) para financiar la desestabilización y el lobby de la extrema derecha global.
Frente a la barbarie verbal de sus invitados, el presidente José Kast intentó jugar su única carta de supervivencia política: la delicadeza del administrador. Quiso librar el evento bajando el tono, maquillando la jornada con su obsesión por la persecución al crimen organizado. Fue su intento de presentar una cara “institucional” entre tanto matón del lenguaje. Sin embargo, su discurso apagado no logra ocultar que él es el anfitrión que abre las puertas de la casa para que otros hagan y deshagan a su antojo.
Sin ánimo de ahondar la herida, el discurso de Javier Milei fue la encarnación del veneno ideológico. Aquí se perciben claramente los prejuicios e impudicias de Axel Kaiser, cuya aura siniestra parece actuar tras la ópera bufa del presidente argentino. La insistencia de Milei en reducir a Salvador Allende a la mera etiqueta de “comunista” —o sea, en la jerga libertaria, “un dictador totalitario”— está lejos de ser una imprecisión histórica; es una maniobra deliberada.
Al intentar dañar el matiz democrático y popular de la experiencia de la Unidad Popular, se busca alterar el sentido histórico de cómo se construyó una mayoría social para luego equiparar a socialistas, comunistas, mapuches, migrantes, feministas y estudiantes bajo una misma etiqueta totalitaria. Es la táctica del “enemigo único”, que busca imponer la vieja dicotomía de buenos y malos que justifica futuras atrocidades.
El Foro de Madrid en Santiago —por donde se le mire— es un certificado de claudicación. Demuestra que, bajo la actual administración, el territorio nacional ha sido secuestrado para servir de plataforma a una guerra cultural extranjera, financiada con recursos opacos y ejecutada con la complicidad de élites empresariales e institucionales que han perdido todo pudor.
Frente a esto, la ciudadanía chilena —aquella que recuerda a sus muertos, exige justicia por las víctimas del terrorismo de Estado, rechaza la xenofobia y defiende la autonomía de su república— tiene la obligación moral e histórica de no ceder ni un milímetro. Porque cuando un gobierno permite que su suelo sea usado para insultar a sus habitantes, cazar a los migrantes y obedecer ciegamente una doctrina imperial, renunciando a las instancias que le corresponden por la Constitución y la ley y abandonando su rol, se inaugura una nueva era colonial, ahora de carácter anglófono y sionista.
En este escenario, el señor Judd oficia de gobernador de zona fronteriza y el embajador de Israel actúa como un corregidor, todo ello por obra y gracia de Su Merced Donald Trump.
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