¿CAMELLO O VIEJO PASCUERO? – (a propósito del Escudo de las Américas)

Por Antonio Ramírez – (economista) -  Para UTE-NOTICIAS  - 27-09-2026

Hace solo algunos días, en Nueva York se formalizó la adhesión de Chile a la iniciativa promovida por Estados Unidos, conocida como el "Escudo de las Américas". El Presidente Kast y la Cancillería han declarado que ello corresponde a la decisión de participar en un "marco de coordinación voluntaria entre gobiernos americanos", diseñado para combatir con mayor eficacia el crimen organizado transnacional, facilitar el intercambio de inteligencia y la capacitación de fuerzas de seguridad. Lo más cierto, sin embargo, es que reducir esta adhesión a una simple declaración de colaboración policial constituye una faramalla que juega con la ingenuidad geopolítica y, de manera deliberada, oculta su trasfondo real a la población.

Una lectura cuidadosa de los documentos generados por este “Escudo”, las declaraciones del Departamento de Estado de EE. UU. y el reciente discurso pronunciado por el presidente Trump en la ONU, revelan una realidad muy distinta: el Escudo de las Américas no es un escudo defensivo contra el narcotráfico, sino que constituye un instrumento de dominación neocolonial que busca reafirmar la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental. Por esta vía se busca asegurar el control unilateral de los recursos estratégicos de la región y aislar a América Latina, y a Chile en particular, de las esferas de influencia de China, Europa y otras potencias asiáticas.

De acuerdo a las publicaciones del Departamento de Estado de los EEUU, son tres los pilares principales que explican la necesidad del “Escudo de las Américas”: 1) Economía: Cooperación económica, revisión de inversiones y protección de cadenas de suministro de minerales críticos; 2) Seguridad: Combate frontal a carteles designados como organizaciones terroristas, intercambio de inteligencia y operaciones conjuntas; y 3) Coordinación Multilateral: Acciones colectivas y respaldo a marcos de consulta hemisférica (incluyendo intenciones de evaluar medidas bajo el Tratado Interamericano de Reciprocidad Asistida - TIAR).[1]

La verdadera naturaleza del Escudo de las Américas radica en su primer pilar: la Economía. Si bien la retórica pública se centra en la seguridad, el texto de la declaración conjunta suscrita por los gobiernos participantes incluye compromisos explícitos sobre la "revisión de inversiones, minerales críticos e infraestructura digital". El documento establece como objetivo el "salvaguardar las cadenas de suministro de minerales críticos a través de un abastecimiento diversificado y confiable, y promover regulaciones de proveedores de confianza para la infraestructura digital".

Para Chile, un país cuya economía y proyección futura dependen fuertemente del cobre, el litio y otros recursos estratégicos para la transición energética global, esta cláusula constituye una verdadera una trampa geopolítica. Estados Unidos lleva años intentando reducir sus vulnerabilidades en las cadenas de suministro de minerales esenciales para la electromovilidad, la electrónica y la industria de defensa. Al imponer el concepto de "proveedores de confianza" (trusted suppliers), Washington no busca simplemente una diversificación de proveedores; sino que busca excluir de manera activa a los actores que no se alineen con su arquitectura de seguridad nacional.

Aunque el documento suscrito por nuestro país, así como declaraciones previas y posteriores, no menciona explícitamente a China, sería de una gran ingenuidad -por no decir un grave error analítico- ignorar que esta política se encuadra con la estrategia norteamericana para hacer frente a Beijing. China no es un actor marginal para Chile; es su principal socio comercial. Al suscribir esta “declaración”, Chile acepta tácitamente someter sus decisiones de inversión y sus alianzas comerciales al filtro de la "seguridad hemisférica" definida por Washington. El instrumento suscrito obliga a los Estados de la región a "escoger un bando", afectando gravemente su autonomía estratégica y, particularmente en el caso de Chile, limitando su capacidad para negociar libremente con nuestro principal socio económico.

La lógica de los "proveedores de confianza" y los mecanismos de "revisión de inversiones" no solo apuntan a China. Esta arquitectura regulatoria está diseñada para crear un cordón sanitario económico que también margina a Europa y a otros países asiáticos (como Corea del Sur o Japón) cuando sus intereses comerciales o tecnológicos no se alineen al 100% con los dictados de la política exterior estadounidense.

Al exigir que la infraestructura digital y las inversiones en minerales críticos cumplan con estándares de seguridad definidos unilateralmente por EE. UU., el Escudo de las Américas desincentiva o prohíbe de facto la participación de capital europeo o asiático que pueda tener vínculos, por mínimos que sean, con cadenas de suministro globales no controladas por Washington. Esto convierte a América Latina en una reserva de recursos estratégicos cautiva, impidiendo que países como Chile aprovechen la multipolaridad del siglo XXI para maximizar su desarrollo en beneficio de su propia población, en lugar de hacerlo en beneficio de la seguridad nacional estadounidense.

El gobierno chileno intenta calmar las aguas afirmando que el Escudo de las Américas no constituye un tratado internacional y que no autoriza operaciones militares estadounidenses en territorio nacional. Sus principales autoridades caen en destempladas expresiones luego de las declaraciones emitidas por los expresidentes Bachelet y Boric, que tempranamente coincidieron para alentar a la opinión pública nacional del acto de verdadero antipatriotismo al que ha dado inicio la gestión Kast.

Los hechos solo ponen de relieve la felonía en curso. Los dichos oficialistas chocan frontalmente con el contenido del proceso en curso y con la retórica de la administración Trump. El documento del Escudo de las Américas establece explícitamente la intención de los Estados firmantes de solicitar formalmente al Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA) la convocatoria de una reunión de consulta para adoptar acciones colectivas bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) contra organizaciones narco-terroristas. El TIAR es un instrumento de la Guerra Fría que, en la práctica, ha sido históricamente utilizado para legitimar intervenciones militares o presiones coercitivas lideradas por EE. UU. en la región.

Esta dimensión militar se vio reforzada durante el discurso pronunciado por el presidente Trump en la ONU, donde declaró que su administración ha resuelto denominar a los cárteles de la droga como "organizaciones terroristas extranjeras", al tiempo que informó haber llamado a las Fuerzas Armadas de su país a "eliminarlos", calificándolos como "enemigos en guerra con la civilización" que deben ser "asesinados, exiliados o detenidos como combatientes enemigos". Trump también amenazó directamente a México, afirmando que es "inaceptable" compartir una frontera con un territorio controlado por cárteles y que México "debe recuperar el control de su suelo de los enemigos de la humanidad", mientras reafirmaba que EE. UU. "utilizará su poder militar inigualable para asegurar los intereses vitales de la nación" [2].

En este contexto, la adhesión de un país al Escudo de las Américas no es un acto de soberanía, sino una cesión de facto de la autonomía en materia de defensa y seguridad interior. La sola invocación del TIAR bajo estos parámetros podría llegar a imponer obligaciones multilaterales que rocen la integridad territorial y la seguridad de defensa nacional de los países firmantes.

Adicionalmente, los personeros de la Cancillería chilena y personeros del oficialismo argumentan que las declaraciones políticas o el “soft law” no comprometen la soberanía, ya que el Estado decide voluntariamente adherirse a ellas. Sin embargo, esta visión ignora la realidad del poder asimétrico. La soberanía se manifiesta no solo en la existencia o no de documentos vinculantes. Más importante aún, la soberanía es la capacidad real de un Estado para tomar decisiones independientes en beneficio de su pueblo.

Sin embargo, cuando una superpotencia condiciona la "cooperación en seguridad" y el "acceso a inteligencia" a la adopción de sus políticas económicas (como la exclusión de ciertos inversores extranjeros) y a la alineación diplomática automática, la "voluntariedad" se convierte en una ficción. La presión política y moral para cumplir con estos compromisos es enorme, aunque no haya coerción legal directa, el incumplimiento de estos principios acarrea costos reputacionales, pérdida de influencia y tensiones diplomáticas que, en la práctica, fuerzan la subordinación.

Chile, al pasar de ser un mero observador a un adherente pleno de esta coalición, ha cruzado una línea roja. Ha aceptado que su política exterior y económica sea evaluada bajo la lupa de la "seguridad hemisférica" definida por Washington, renunciando así a una política de equilibrio que reconocía la importancia de mantener relaciones constructivas tanto con Estados Unidos como con otras potencias globales.

El Escudo de las Américas no es un pacto de buena vecindad contra el crimen organizado. Es la materialización de una doctrina de dominación hemisférica actualizada para el siglo XXI. Su objetivo principal no es salvar vidas en las calles de Santiago, Lima o Bogotá, sino asegurar que los minerales críticos necesarios para la próxima revolución tecnológica fluyan exclusivamente hacia las industrias de defensa y tecnología de los Estados Unidos, mientras se cierran las puertas a la influencia china, europea y asiática en la región.

Al militarizar la lucha contra el narcotráfico y vincularla a mecanismos de intervención colectiva como el TIAR, esta iniciativa socava la soberanía real de los Estados latinoamericanos, transformándolos en peones de una agenda de seguridad extranjera y constituye una estrategia que no puede desvincularse del contexto global actual. El discurso agresivo, unilateral y expansionista de la administración estadounidense, que incluye amenazas directas de acción militar en el hemisferio occidental y una confrontación abierta con otras potencias nucleares, demuestra que el Escudo de las Américas es una pieza más de un tablero de ajedrez mucho más peligroso. Esta búsqueda obsesiva de la hegemonía absoluta y la contención militarizada de sus rivales geopolíticos corresponde a una estrategia global de dominación que, al cerrar las vías al diálogo multilateral y al equilibrio de poderes, no excluye el riesgo real de una conflagración mundial. América Latina, y particularmente Chile, debe reconocer que bajo este "escudo" no se protege su soberanía, sino que se la sacrifica en el altar de una nueva Guerra Fría que no nos pertenece.

Por este motivo, las declaraciones del gobierno chileno, así como de los principales líderes del oficialismo, respecto de su ingreso al club de amigos del presidente Trump, solo llevan a recordar el sabio proverbio que sindica que si algo huele como camello, se mueve como camello, tiene joroba como camello, tiene el cuerpo de un camello…. entonces, lo más probable es que no sea el Viejito Pascuero.

[1]              https://www.adnradio.cl/2026/09/23/escudo-de-las-americas-esta-es-la-declaracion-completa-a-la-que-adhirio-chile-en-estados-unidos/

[2]              https://www.youtube.com/watch?v=-O7F0hDz0mI


LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.